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| 7/25/2009 12:00:00 AM

La encrucijada de Colombia

¿Se puede superar el dilema de ser aliado de los gringos pero ser visto como enemigo por los vecinos? Cómo manejar a Chávez.

La encrucijada de Colombia El viernes Chávez ordenó a todas las cadenas nacionales divulgar su discurso sobre la necesidad de emprender una carrera armamentista
En Bananas, la película clásica de Woody Allen, el victorioso comandante revolucionario anuncia emocionado al pueblo congregado en la plaza sus dos primeras medidas: A partir de este momento, el idioma oficial de San Marcos es sueco y todos los menores de 16 años, a partir de hoy, tienen 16 años. A pesar del entusiasmo del caudillo y los aplausos de los manifestantes, no pasa nada. Ni su pueblo se vuelve políglota, ni los bebés, adolescentes.

En noviembre de 2007, tras ser despedido como mediador de paz por Álvaro Uribe, el presidente venezolano Hugo Chávez gritó a los cuatro vientos: "Yo ahora en vez de comprar en Colombia, me iré a Brasil, a Centroamérica, a Nicaragua. Esa relación comercial que podría rondar este año los 5.000 millones de dólares, estoy seguro de que se va a lesionar". Unos 20 meses después, las exportaciones colombianas, lejos de caer, hoy sobrepasan los 7.000 millones de dólares.

Siempre ha existido una brecha entre lo que dice y lo que hace Chávez; a veces emula a la perfección la caricatura del caudillo de Woody Allen (como cuando ordenó el envío de 10 batallones a la frontera que nunca llegaron); y en otras ocasiones cumple a la letra lo anunciado (como cuando impuso restricciones a la importación de vehículos desde Colombia). Sin embargo, Chávez es más predecible de lo que parece. Hay dos temas que lo sacan de casillas: cualquier cosa relacionada con el gobierno de Estados Unidos y las acusaciones sobre su cercanía con las Farc. Y cuando se suman los dos, la erupción es inevitable.

La semana pasada, Chávez volvió con sus bravuconadas: "Las cosas que nosotros compramos de Colombia habrá que comprarlas en otra parte porque no podemos (...). Lo lamento mucho, pero eso es una realidad. A pesar del tono enérgico, es difícil que pueda hacer efectiva su amenaza. Por lo menos en el corto plazo. Como lo destaca la revista Dinero en su más reciente edición, en el mundo actual no hay nadie en capacidad de "suplir rápidamente los volúmenes de importaciones que Venezuela hace desde Colombia".

Casi todas las crisis entre Colombia y Venezuela, en estos siete años de cohabitación con el gobierno de Uribe, han brotado del coctel explosivo Estados Unidos-Farc. Desde las pequeñas declaraciones de algún ministro colombiano en Washington sobre Chávez, hasta las grandes como la que se generó tras el ataque al campamento de 'Raúl Reyes' y la revelación de los documentos del computador del miembro del Secretariado de las Farc. Dados estos antecedentes, estaba cantada la reacción de Chávez a las últimas noticias provenientes de la capital

estadounidense y de Bogotá. En Washington, se conoció un informe oficial que incriminaba al gobierno venezolano de tener relaciones non sanctas con las Farc que puso un freno en la normalización diplomática entre esos dos países. El día siguiente se filtró un video del 'Mono Jojoy' que no sólo salpica a Rafael Correa hoy aliado incondicional de Venezuela, sino que menciona varias veces a Chávez. Y en esa misma semana, el gobierno colombiano ratificó que piensa facilitar el uso de por lo menos cinco bases militares a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. A Estados Unidos: el enemigo ideológico de la revolución bolivariana, cuyos funcionarios, según Caracas, conspiran día y noche para derrocar al coronel-Presidente. El mismo país que los chavistas dicen es el responsable de todos los males de la humanidad.

Chávez no ahorró palabras el jueves por la noche para expresar su disgusto: "La decisión que ha tomado el gobierno de Colombia de permitir que tropas yanquis ahora ocupen cuatro bases militares más de las que ya tienen, y que traigan nadie sabe cuántos soldados, mercenarios, aviones espía, CIA, paramilitares, es un acto que no voy a llamar de agresión porque es muy prematuro, sino inamistoso de Colombia". Pero, al mismo tiempo, dijo que "vamos a traernos (de Rusia) y estamos adelantando varios nuevos batallones de tanques para tener una fuerza blindada del doble de los que hoy tenemos".

Aunque era previsible la ira del gobierno venezolano, pareció coger con los calzones abajo al colombiano; éste, en cabeza del canciller Jaime Bermúdez, defendió el acuerdo militar con los gringos, e hizo una comparación desafortunada con los lazos que tiene Venezuela con Rusia y China. Fue

desafortunada porque, como lo señaló el mismo Chávez, Colombia no tiene diferencias con esas dos potencias. Mas sí Estados Unidos. Aunque no parece ser una estrategia acertada comprar conflictos ajenos, sí refleja un giro fundamental en la política exterior colombiana; su creciente militarización.

Durante décadas, el manejo de las relaciones exteriores era el resorte exclusivo de la Presidencia y de la Cancillería; de un tiempo para acá, en especial tras el paso de Juan Manuel Santos, el eje se trasladó al Ministerio de Defensa. No es un cambio menor; aunque los intereses estratégicos del país son los mismos, su tratamiento y su priorización dependen de la óptica con que se mira. Para la lucha contra las Farc, la cooperación militar con Estados Unidos es fundamental y explica la emoción con la cual el general Freddy Padilla, ministro encargado, mostraba las ultramodernos aviones Awac durante un debate en el Congreso. Y en parte explica también por qué el gobierno colombiano ha accedido a reemplazar la base gringa de Manta en el Pacífico por permitir a los estadounidenses usar de cinco a siete instalaciones militares en el territorio nacional.

En esta guerra contra el terrorismo, una terminología que Uribe sigue utilizando pero que Barack Obama ha ido desechando, los enemigos no sólo son internos, sino que tienen cómplices en el exterior. Fue esa filosofía de "legítima defensa" la que sustentó el ataque al campamento de 'Raúl Reyes' en Ecuador. Una acción que posiblemente sea recordada como el día que se les rompió el espinazo a las Farc.

Es también evidente, como quedó demostrado con el descubrimiento de cohetes antitanque de fabricación sueca y propiedad del Ejército venezolano (ver artículo anterior) en manos de las Farc, que hay razones de peso para desconfiar del vecino. Y más aun si se tiene en cuenta la avalancha de compras de armas, aviones y tanques que ha emprendido Venezuela en los últimos años (100.000 fusiles AK-103, 24 cazabombarderos Sukhoi-30, y medio centenar de helicópteros MI-17, MI-26 y MI-35). En ese escenario, dirían algunos, "welcome marines".

Pero la lógica militar tiene límites; si bien es disuasiva, no es claro cómo sirve para resolver el objetivo estratégico que con Venezuela es la captura y la entrega a Colombia de los miembros del Secretariado que viven allí, y con Ecuador, que no haya complicidad con las Farc. Hasta ahora, la estrategia colombiana ha sido más mediática que sutil: a punto de filtraciones se ha buscado obligar a Caracas y a Quito a portarse bien. No ha dado los resultados esperados. Según fuentes de inteligencia, las Farc siguen mandando en la frontera ecuatoriana y sus jefes viven tranquilos en Venezuela.

El Presidente venezolano y sus súbditos de Bolivia, Ecuador y Nicaragua dicen que Colombia va camino a ser la Israel de la región; sin amigos y un Estado en constante conflicto. Sin duda, es una caricatura. Pero si el gobierno continúa minimizando la importancia de la diplomacia como parte integral de la política exterior, el riesgo de quedar solos es alto.

Desde cuando llegó Jaime Bermúdez a la Cancillería, se ha intentado establecer una relación especial con Brasil, la potencia regional y el único país con capacidad para influir sobre Chávez, y por interpuesta persona, sobre Correa. Pero esa audaz iniciativa se podría ir a pique con el acuerdo de bases con Estados Unidos; lo último que quiere Brasilia es que Washington tenga una presencia militar permanente en Suramérica. Una posición que puede acercar a Lula más a Chávez, que a Uribe.

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