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| 7/23/1984 12:00:00 AM

LA SEMILLA DE LA PAZ

Después de La Uribe, el problema agrario pasa a ser el centro de la polémica

LA SEMILLA DE LA PAZ LA SEMILLA DE LA PAZ
Después del cese al fuego del 28 de mayo, el problema de la paz se volvió un asunto ambiguo y gaseoso para la gran mayoría de los colombianos que no alcanzaban a imaginar qué iba a pasar con aquellas regiones y con aquellos hombres acostumbrados hasta ese momento al fragor de los combates. Para algunos, la simple desaparición de las balas era ya la paz. Para otros --más escépticos--, las peticiones de cambios sociales, económicos y políticos hechas por los comandantes de las FARC eran tantas y de tan difícil cumplimiento, que la paz a la postre iría a resultar un imposible práctico.
De ahí que unos y otros recibieron con sorpresa los planteamientos del ex presidente López Michelsen el 14 de junio en el congreso de Fedegán de Cartagena. Al afirmar que "la reforma agraria es la clave de la guerra o de la paz", López no estaba sino diciendo una verdad de perogrullo, que resultó poniendo el dedo en la llaga y diciendo las cosas por su nombre en medio del mar de confusiones posterior a La Uribe. En efecto, de todas las reformas políticas exigidas por los guerrilleros, la unica que toca la propiedad privada es la reforma agraria y ya la historia se ha cansado de enseñar que la burguesía es más dada a ceder derechos que a ceder terrenos.
Una polémica anacrónica
Más se demoró López en volver a poner de moda el tema, que los originales protagonistas de la misma en armar una polvareda de padre y señor mío alrededor de la evolución y de las características de la misma. Y es que la experiencia también ha demostrado que hay expresiones como ésta de la reforma agraria, o como la de la justicia social, con las que todos están de acuerdo en abstracto y nadie en concreto.
La polémica --una verdadera "sacada de cueros al sol" de la clase dirigente-- enfrentó inicialmente a López con el ex ministro de Agricultura de Pastrana, Hernán Jaramillo Ocampo, padre del famoso Acuerdo de Chicoral y de su correspondiente Ley 4a de 1973, más conocida como Ley de Aparcería. López se fue lanza en ristre contra Chicoral, retomando los argumentos que los críticos de la reforma agraria le han venido haciendo: "Este acuerdo acabó por invalidar la reforma agraria".
Jaramillo Ocampo, en un arranque de paternidad responsable más que legítimo, echó el agua sucia sobre la administración López Michelsen acusándola de haberle quitado los dientes a la Ley de Aparcería. López en carta posterior alegó con lujo de detalles que la culpa no había sido suya, sino de la misma Ley 4a cuya conformación condujo a que el Consejo de Estado rechazara los intentos de reglamentación que en varias oportunidades había hecho su gobierno. "Fue el Consejo de Estado el que sepultó el Acuerdo de Chicoral", concluyó López.
Apenas diez días antes del discurso de López en Cartagena, otro ex presidente, Carlos Lleras Restrepo, responsable de la confección de la original Ley 135 de Reforma Agraria, había planteado en un editorial de Nueva Frontera opiniones divergentes de las de su colega y copartidario.
Lleras defendió la eficacia de la ley original de reforma agraria, que "produjo un gran beneficio para el aumento de la producción agrícola y el mejoramiento de las explotaciones ganaderas". Estas palabras contrastaron abiertamente con las de López quien afirmó que la reforma agraria "es posiblemente el mayor fracaso en la historia de nuestra economía".
El país percibió en esta disputa entre los máximos responsables de la reforma agraria un cierto olor a rancio. Términos como "Ley de Aparcería", "predios adecuadamente explotados" o "Acuerdo de Chicoral" habían dejado de circular hace mucho tiempo entre la opinión pública. Y todo parece indicar que 23 años después de la Ley 135 Colombia es un país tan diferente que las discusiones sobre el agro de entonces pocas luces pueden arrojar sobre la realidad rural de hoy y mucho menos sobre la del año dos mil.
Vale más usarla que tenerla
La revolución que se ha operado en los últimos tiempos en las relaciones económicas del campo se puede calificar sin miedo de copernicaoa. Todo antes giraba en torno de la tierra y de su valor como bien inmueble. Hoy, el sistema agrario gravita sobre el eje de los elevados costos de la producción de alimentos. Es decir, en la actualidad vale más usar la tierra que tenerla.
Hace diez años si un algodonero perdía su cosecha, esta pérdida equivalía a la cuarta parte de lo que valía su tierra. Hoy la tierra le vale solamente la mitad de lo que necesita para cultivarla en algodón. Por eso los bancos, que antes le facilitaban créditos contra la hipoteca de la tierra, hoy no le aceptan como garantía su pedazo de terreno.
Un entusiasta jornalero caqueteño se aventuró a colonizar 160 hectáreas en cercanías de la localidad de Remolinos y las sembró de maíz. Cuando la cosecha generosa dio su fruto,nuestro hombre se llevó la gran sorpresa porque el transporte por el río Caguán desde su finca hasta Cartagena del Chairá, sitio todavía no final del mercadeo, le costó $ 1.500 por carga y el precio de cada carga era de $ 3.500. Este primer paso hacia la civilización le había costado ya el 42% de lo que le valía el producto.
La mencionada revolución copernicana en el campo hace prever que la discusión sobre reforma agraria estará planteada de ahora en adelante en términos muy diferentes de los utilizados por los gestores y protagonistas de la misma.
Hay un primer punto en que parecen estar de acuerdo todos los observadores: la reforma agraria de los años sesenta, con su modelo de expropiación, ha fracasado por obsoleta. Detrás de esta afirmación está otra, en la cual ciertamente no hay acuerdo. Es la de que en Colombia no existe el latifundio. En su oportunidad, Lleras Restrepo lo había dicho con su habitual tono de sentencia: "la gran concentración territorial es falsa completamente".
Es previsible que no sólo las FARC sino los demás grupos armados y los partidos de izquierda, también con su habitual tono de consigna, rechacen de plano eso de que no hay terratenientes en el país, a pesar de que reconozcan la nueva realidad de que vale más el uso que la propiedad de la tierra. ¿Cómo dirimir esta disputa si no es con base en cifras confiables acerca de la distribución de la tenencia de la tierra y de la repartición del ingreso en las zonas rurales? Pues bien, hoy en día es imposible contar en el país con esos datos confiables. Los investigadores en asuntos agrarios desconfían del último censo agropecuario del año 70 y lamentan que el del año 80 no se haya realizado.
El regreso a la semilla
Pero no son sólo los términos de la polémica los que deben cambiar. Si se acepta la nueva relación entre la tierra y el costo de su cultivo, tendrá que ponerse en el centro de la mira la política de inversiones en la tierra, y en este punto sí que hay mucha tela qué cortar.
Los institutos descentralizados del sector agrario han visito disminuídos sus presupuestos originales y han sufrido una lentitud pasmosa en el desembolso de los dineros. Mientras los recursos para el agro se miden con cuentagotas, otros sectores de la economía son generosamente irrigados. Solamente con el 15% de los recursos destinados al sector eléctrico hasta el año dos mil se podrían adecuar 900.000 hectáreas para la producción. Y la adecuación de nuevas tierras es una urgencia de prioridad uno A, si se tiene en cuenta que desde hace 15 años el país mantiene congelada su frontera agrícola.
En estas condiciones de desprotección del campo, el problema desborda la cuestión sobre qué tipo de reforma se necesita y toca el más amplio tópico del modelo de desarrollo y de las prioridades de inversión del país. Aquí es donde se forma Troya. En efecto, si sobre aspectos históricos ya enfriados por el anestesiante velo del tiempo no se ponen de acuerdo dos ex presidentes de un mismo partido, uno de los cuales fue ministro del otro, y un ex ministro que sirvió como puente entre las dos administraciones de aquéllos, ¿qué se podrá esperar de un debate, ya hoy a la orden del día, entre terratenientes reaccionarios y guerrilleros comunistas en torno no ya de entelequias como justicia social o reforma agraria, sino de la carne y hueso que le darán sustancia a esas entelequias para que se conviertan en, la semilla de la paz?.--

EDICIÓN 1893

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