Desde el 26 de septiembre de 2016, Medellín había salido a votar masivamente, con rabia —sobre todo—, con esperanza. Esa vez fue el miedo de entregarle el país a las Farc que, después de cuatro años de negociaciones con el gobierno de Juan Manuel Santos, esperaban aterrizar a la vida civil con la aprobación del país, entonces ganó el No con gran apoyo paisa. Después llegaron las elecciones parlamentarias y en Medellín estuvo el miedo de que el Senado se llenara de “izquierdosos y enmermelados corruptos”, entonces el Centro Democrático ganó apoteósico con el gran caudal electoral antioqueño. La historia se repitió el 27 de mayo y el 17 de junio cuando el hoy presidente de la república, Iván Duque, se llevó la mayoría de los votos del país con un gran apoyo de los antioqueños —casi 2 millones de sufragios—, quienes votaron con miedo de ver al país “convertido en un Venezuela”.
Pero con la consulta anticorrupción toda esa indignación, ese miedo, esa esperanza, se hizo polvo, desapareció. Esta vez no hubo calles cerradas por cuenta de la cantidad de carros estacionados, ni ciudadanos corriendo para llegar puntuales a la cita democrática. Aunque los puntos de votación se movían, todo era con lentitud, como un cuentagotas. A la una de la tarde una mujer que hacía las veces de jurado de votación en la Institución Educativa Inem José Félix de Restrepo, decía que por su mesa no habían pasado más de quince votantes, “y eso es muy triste”.
Horas después, casi al filo del cierre de las urnas, votando a una hora inusual, el alcalde de Medellín dijo: “Yo voté la consulta anticorrupción, todos los colombianos nos tenemos que unir en ese propósito. Es importante entender que la gente todavía tiene la posibilidad de votar. Todavía queda tiempo y lo que he visto es baja participación, siento que la gente se quedó en una discusión política, más que en la discusión de una política anticorrupción”, y agregó que era necesario que la ciudadanía se integrara a la discusión de las leyes que terminarán con la corrupción del país.
La soledad era tal que hasta en las afueras desoladas del Politécnico Jaime Isaza Cadavid un muchachito de 15 años se atrevió a robarle de un raponazo el morral a un deportista que pasaba por el andén: no había multitud que lo persiguiera, aunque terminó cayendo por la patada de un hombre fornido. La escena hubiera sido impensada meses atrás cuando empresarios llegaban a la zona a votar acompañados de guardaespaldas y la Policía resguardaba la tranquilidad con fuertes esquemas de seguridad.
Entre los pocos votantes estaba el exrector de la Universidad de Antioquia, Alberto Uribe Correa, que dijo: “Vine a votar la consulta anticorrupción porque es el principal flagelo que sufre nuestro país y los ciudadanos que consideramos que las cosas tienen que cambiar tenemos que poner nuestro grano de arena. Muy pobre la votación, uno pensaría que Colombia con esa gran corrupción que existe, pues la gente debería haber salido como salieron la vez pasada con rabia a votar el plebiscito, ahora a votar contra los corruptos que tiene al país sumido en la pobreza, en la desigual, es inexplicable”.
Los comentarios entre quienes votaban eran muchos, todos de indignación ante la indiferencia del electorado, ante el poco interés en un tema que hasta las elecciones presidenciales fue el caballito de batalla de todos los candidatos, que fue el boca a boca cuando se habló de la “mermelada santista”. Quedó entre muchos un razonamiento: que en tierras paisas no prospera una iniciativa política si el senador Álvaro Uribe Vélez no enarbola su bandera.
