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Proceso de Paz: ¿qué puede esperar Colombia de Joe Biden?

El presidente electo conoce a Colombia y las negociaciones con la guerrilla, mejor que cualquiera de sus antecesores. Igual que Iván Duque a Estados Unidos. Por: Rodrigo Pardo García-Peña


La campaña presidencial en Estados Unidos trajo dificultades para Colombia. Por razones accidentales, el país salió al centro del debate electoral de una manera curiosa y limitada, pero con consecuencias políticas reales. En la Florida, las campañas de Trump y Biden se refirieron al proceso con las FARC y hablaron sobre los asuntos del país. Ambas le apuntaron al voto de los colombianos en el Estado sureño que pudo llegar a ser definitivo.

¿Qué tal que se hubiera repetido la historia de Al Gore en el año 2000? En una reñida competencia, el exvicepresidente obtuvo más votos que su rival por la Presidencia, George W. Bush, pero perdió en el Colegio Electoral. Miami y la Florida fueron cruciales para que se construyera ese escenario poco probable, pero no imposible, en el que quien saca más votos no gana la Presidencia.

Pero no se repitió. En Florida hubo mayoría estrecha, pero clara en favor de Trump. Los delegados de ese estado irán al Colegio Electoral a votar por la reelección. Pero la competencia fue muy disputada e hizo, por momentos, parecer que se podría haber repetido la historia del duelo Bush-Gore. Y por esa razón los dos candidatos hicieron campaña para buscar los votos de los colombianos que viven en Florida. Eso no significa que en los estados del centro, o en los del oeste o en los del este, la situación no haya sido la misma. Pero en la Florida vota cerca de un millón de colombianos, así la campaña por sus votos se limite a unos pocos condados y así en los otros estados ni se enteren. El voto colombiano pudo haber llegado a ser determinante en un escenario de disputa cerrada y de la Florida volviendo a ser la gran electora. No lo fue. Pero pudo ser.

Lo cierto es que en esta ocasión el presidente Duque, el opositor Petro y la exguerrilla de las FARC salieron a bailar en la recta final de la campaña. Y los republicanos, muy anticubanos y anticomunistas, apoyaron a Trump. Y Colombia tuvo una visibilidad poco usual en el debate electoral. (No importa que se limitara al estado de la Florida).

El hecho puede no ser más que un accidente poco visible en el marco global de la campaña en la que votan 140 millones de personas, se gastan fortunas y se concentra la atención de los medios de comunicación de todo el mundo. Pero esa aproximación breve del nombre de Colombia al debate en un estado decisivo tiene consecuencias reales.

Y no necesariamente buenas. Sobre todo porque el desfile de Colombia y de los temas colombianos por el debate electoral estadounidense pudo haber debilitado el famoso bipartidismo de Washington hacia el país. Es decir, que alrededor de un consenso conceptual –el Plan Colombia– los dos partidos han apoyado programas de desarrollo, financiado proyectos relacionados con el Proceso de Paz y apoyado los diálogos con las FARC. Durante la administración Obama, incluso, hubo un enviado de paz –Bernard Aronson– que se reunió con las dos delegaciones que participaron en los diálogos. Incluida, desde luego, la de las FARC. El apoyo fue un movimiento brillante del gobierno Santos, que contribuyó a hacer posible la negociación de la paz. Esa crucial participación de los enviados de Obama al proceso –con miembros de los dos partidos– ayudó a hacer viable la firma del acuerdo.

Por eso surgió la tesis de que el apoyo de los dos partidos estadounidenses al Proceso de Paz era importante para su éxito. La experiencia demostró que ese pensamiento tenía razón. Y, por eso mismo, que los partidos estadounidenses pongan a un lado el tema de Colombia, en vez de meterlo en el saco del vehemente enfrentamiento político e ideológico, es clave para preservar la paz, por más malgastada que esté. Que a algunos les parezca precaria o débil es harina de otro costal. Salvar lo salvable del proceso pasa por mantener el apoyo de Washington. El presidente electo, Joe Biden, ha dado señales de que así lo entiende. Y así se deduce de la columna de Andrés Pastrana en El Tiempo sobre la visión del nuevo presidente gringo sobre Colombia. Falta que las heridas dejadas por la campaña no rompan el consenso de los poderes Ejecutivo y Legislativo estadounidenses hacia Colombia.

Ahora, cuando el presidente Biden se posesione dentro de un poco más de dos meses, la agenda colombo-estadounidense será rica, diversa y compleja a la vez. A pesar de que el nuevo mandatario conoce el Proceso de Paz, o precisamente por eso, querrá encontrar en el Gobierno colombiano claridad sobre sus intenciones y, ojalá, acerca de su consolidación.

Para el presidente Duque se abre la gran oportunidad de encontrar canales para un diálogo constructivo con los sectores que perdieron el plebiscito y creen en la paz. Pero necesitará un discurso más claro que el que ha utilizado hasta ahora para tratar de mantener, al mismo tiempo, el buen recibo de la comunidad internacional y de los sectores que apoyan el proceso en el país y sectores de su partido uribista que participaron en el plebiscito (y lo ganaron) con el voto por el ‘No’. ¿Lo logrará? ¿Están dispuestos los sectores más duros a suavizar su discurso? Habrá que ver. Toda una paradoja, si se quiere, pero es un hecho que una política más clara hacia la reconciliación –más Archila y menos Carlos Holmes, o que este último retome sus posturas de otras épocas– será bienvenida en la nueva Casa Blanca. Sobre todo después de una campaña tan polarizante como lo que acaba de terminar en Estados Unidos.

Conservar una relación especial, enderezar el Proceso de Paz y buscar esquemas de cooperación sobre una vasta agenda: Venezuela, colaboración en el hemisferio, fortalecimiento de esquemas de trabajo conjunto. La agenda no es breve ni fácil, sino compleja y fundamental. Por los antecedentes del presidente electo –¿había venido tantas veces a Colombia un mandatario estadounidense antes de ser elegido?– y por la riqueza de puntos pendientes, Duque y Biden tienen una gran oportunidad. Superar los momentos difíciles de la campaña electoral para mantener –y, por qué no, mejorar– la cooperación entre los dos países. Es lo que habría de esperar con dos mandatarios, Iván Duque y Joe Biden, que habían conocido a la contraparte antes de ganar la Presidencia.