La vida de Félix Correa Maya es un buen argumento para un guión cinematográfico. Es la historia de un hombre que a puro pulso edificó un conglomerado económico para envidia y admiración de muchos. Luego, en un instante, evaporó su fortuna, llevó a la ruina a miles de personas y provocó un colapso financiero, por lo que fue a la cárcel en medio del desconcierto general. Después recuperó la libertad, optó por el anonimato y murió en el olvido.
En efecto, la noticia de la muerte de Correa Maya, ocurrida el lunes de la semana pasada en Medellín, ocupó apenas un párrafo en los principales periódicos del país. Un hecho insólito para un hombre que durante casi una década fue tema de primera plana y al que miles de personas que perdieron sus ahorros llegaron a odiar a pesar del afecto que despertaba entre quienes lo conocían.
Correa Maya, uno de los más brillantes hombres de negocios en la historia del país, fue la cabeza del Grupo Colombia, conformado por 60 empresas financieras e industriales. Todas gravitaban en torno al Banco Nacional, la sociedad Correa Acevedo y la Financiera Furatena, entidades que en junio de 1982 fueron intervenidas por la Superintendencia Bancaria, hecho que desencadenó en la llamada 'crisis financiera' de los años 80. Posteriormente, y en condiciones más o menos similares, otros importantes financistas también se derrumbaron en medio de los escándalos y terminaron en la cárcel mientras sus empresas se iban a pique. Entre ellos figuran Jaime Mosquera, del Grupo del Banco del Estado; Eduardo Uribe de Narváez, del Grupo Central, y hasta una persona de la talla de Jaime Michelsen Uribe, del Grupo Grancolombiano.
En sus momentos de esplendor, era habitual ver a Correa Maya en los círculos de poder de Medellín y Bogotá. Tras la intervención, el banquero fue a parar a la cárcel La Modelo en una época en que la frase de que la justicia es para los de ruana no podía ser más cierta. Él hizo historia al ser el primer recluso de cuello blanco, por lo que los directivos del penal se vieron en aprietos para ubicarlo. Entonces decidieron adaptarle un modesto apartamento en la enfermería del reclusorio. Y de estar acostumbrado a moverse en las amplias y elegantes oficinas del edificio Furatena, en Medellín, o en el penthouse de la torre de Seguros Colombia, en Bogotá, desde donde dirigía a miles de empleados, y de movilizarse en su avión privado, tuvo que resignarse a un estrecho espacio donde pasó 8 años bajo la vigilancia de un guardia. Teniendo en cuenta que Colombia es un país de penas laxas donde el homicidio, e incluso el genocidio con motosierra, se paga con frecuencia con pocos años de cárcel, sorprende que un banquero más ambicioso que ladrón haya podido pasar una década tras las rejas. Pero, eso sí, con la compañía permanente de sus libros, en especial los de poesía de la Generación del 27, cuyas obras solía recitar de memoria.
Pero ¿en qué momento este hombre pasó de la gloria al infierno? En términos sencillos, Correa Maya fue el pionero de lo que en Colombia se conoció en su momento como los autopréstamos. Esto es canalizar el ahorro privado que una institución financiera está autorizada para captar y utilizarlo para irrigar las necesidades de caja de otras empresas personales. Esa práctica se extendió en otros conglomerados económicos. Por tal motivo, el presidente Belisario Betancur declaró la emergencia económica y expidió el decreto 2920 para evitar estas prácticas. El gobierno, además, dictó normas para obligar a las empresas deudoras a quedar a paz y salvo con los acreedores en un plazo máximo de dos años. Como en algunos casos los montos eran enormes y el plazo muy breve, se recurrió a diversos malabarismos contables para cuadrar las cuentas. Estos malabarismos fueron los que llevaron a decenas de financistas a la cárcel en la crisis financiera de la época.
Si bien sus detractores le reconocían a Correa Maya una inteligencia superior, decían que ésta sólo era una herramienta para el uso de su desbordada ambición. En cambio, quienes lo defendían le valoraban el hecho de sobreponerse siempre a las mayores adversidades hasta alcanzar la cima. En lo que unos y otros coincidían era en su innegable capacidad para el trabajo.
Correa Maya, nieto de Félix A. Correa, un viejo patriarca y fundador del Banco de Sucre en plena Guerra de los Mil Días, nació en Medellín. A los 21 años llegó a Caucasia, Antioquia, donde abrió un pequeño negocio de abarrotes al que llamó Parasol. Con mucho tesón lo transformó en una ferretería que, sin embargo, no le dio las ganancias esperadas. Al contrario, fue su primera quiebra. Entonces retornó a la capital de Antioquia, para gerenciar una pequeña industria de plásticos de la que también y en poco tiempo vio, impotente, su liquidación. Por esto se prometió que jamás iba a volver a quebrarse. En 1971 entró a trabajar como empleado de Juan Evangelista Olarte, un comisionista antioqueño que tenía varios negocios: compra y venta de acciones, arriendo de casas, cambio de dólares y demás clase de operaciones informales. La gente que sabe su historia cuenta que Correa Maya aprendió a nadar como pez en el agua en el mundo de las finanzas. Dos años después, y con 500.000 pesos, creó Correa Acevedo Ltda. y Correa & Compañía. Luego, en abril de 1973, fundó Furatena, una firma de finca raíz. Los excelentes resultados le permitieron adquirir, en 1978, el Grupo Colombia, conformado por Seguros Colombia, Capitalizadora Colombia, Fiduciaria Colombia, Autofinanciera Colombia, la Corporación financiera de Antioquia, el Florida International Bank, con sede en Miami, y el Banco Nacional, entre otros.
El vertiginoso crecimiento de sus empresas siguió hasta alcanzar un techo que para la época era impresionante: el manejo contable de 35.000 millones de pesos en activos. Lo que muchos no sabían era que Correa Maya había montado una red paralela a sus respetados negocios con el 'mercado extrabancario'.
A través de Furatena empezó a prestar dinero a tasas de usura y a recibir ahorros de pensionados, viudas y especialmente de empleados de Fabricato. Muy pronto fue conocido como 'monseñor' porque les manejaba el dinero a los curas de Medellín. Aunque su ascenso parecía ser imparable, sus amigos sabían que su sueño era quedarse con Fabricato. Con este propósito se hizo al control de Vicuña y después al 30 por ciento de las acciones de la mayor textilera del país, con lo que pasó a dominarla.
El problema explotó cuando trascendió que las maniobras para hacer sus grandes negocios se hacían basadas en miles de millones de pesos que se captaban a través del descuento de cartas de crédito emitidas por las entidades financieras del grupo y respaldadas por facturas comerciales ficticias. Fue a la cárcel, pero en 1990 recuperó la libertad en un caso rocambolesco, pues no se le juzgó. Lo que ocurrió fue que los jueces consideraron que en caso de ser condenado por estafa, asociación para delinquir y autopréstamos, delitos de los cuales se le sindicó, ese sería el tiempo que debía estar tras las rejas.
Al salir, intentó recuperar su fortuna porque buscó la manera de recuperar el Florida International Bank. En desarrollo de esta operación se le acusó de falsedad de documentos, por lo que volvió a prisión, en esta ocasión en la cárcel de Itagüí, en 1995. Después de unos meses recobró la libertad y decidió hacer un alto para siempre en sus labores. Se fue para Medellín donde vivió con una discreción máxima. Sólo en compañía de sus cuatro hijos que jamás lo abandonaron, en especial sus dos hijas que siempre estuvieron con él en los momentos más difíciles. El lunes pasado falleció a la edad de 76 años y a la ceremonia fúnebre solamente asistió un reducido y discreto grupo de personas.
obituario
Punto final
Con la muerte, el lunes de la semana pasada, del banquero Félix Correa Maya, se cierra uno de los capítulos más dramáticos de la historia financiera de Colombia.
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16 de julio de 2005, 7:00 p. m.