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| 2/29/2004 12:00:00 AM

¿Dónde están los japoneses?

¿Dónde están los japoneses? ¿Dónde están los japoneses?
Con un mapa de Barranquilla en la mano y una mochila Spalding en la espalda, Ryoichi Kuno parece el típico japonés que viaja en plan de turismo con el único fin de seguir tomando fotos. No parece, es el típico japonés aunque intente disimularlo. Ha venido al Carnaval y sabe que cuando quiera seguir el ritmo de los tambores hará el ridículo.

Hace unos meses leyó en un sitio de Internet que una pareja de japoneses había logrado deslumbrar a los barranquilleros durante el carnaval del 2002, en la comparsa "Torito en carnaval". Por la Vía 40 de Barranquilla, la gente se arremolinaba en las aceras para burlarse de Shoko y Hideki. ¿Alguien ha visto bailar a los japoneses? Pálidos y delgados, Shoko y Hideki avanzaban en la octava fila de la comparsa tomados de la mano. ¿Alguien ha visto a los japoneses tocarse? Aquella tarde fue la primera vez para miles de colombianos. Les gritaron de todo, les dijeron que no eran más que un par de cachacos. Nadie podía creer que ellos pudieran moverse al ritmo de una cumbia, pero lo estaban haciendo con tal destreza que las primeras filas de los palcos se pusieron de pie para aplaudirlos.

Shoko giraba hacia la izquierda uno, dos, tres pasos y Hideki la tomaba del brazo, daban una vuelta juntos, de nuevo otra vuelta, alzaban los sombreros vueltiaos y avanzaban dentro de esa cadencia de sumar paso tras paso sólo con la punta de la bota derecha, mientras que se arrastra la zurda con el bamboleo del cuerpo. Unas calles antes de terminar la Batalla de Flores, Shoko y Hideki atrevieron a saludarse cara a cara con la gente. A Hideki le palmeaban los hombros y él agradecía bajando la cabeza varias veces. A Shoko le lanzaban piropos y ella sonreía detrás de la palma de la mano, tapándose la boca.

Ryoichi Kuno no conocía estos detalles y aprovecho para decírselos cuando me reúno a conversar con él. Ryoichi es el único japonés que está por estos días en Barranquilla, tratando de comprobar si las leyendas que desembocan en el río Magdalena son como las novelas que ha escrito García Márquez. Ryoichi es un amante de la literatura hispanoamericana y aprendió a querer al castellano a través de las historias de Gabo.

Le cuento la historia de Mónica Lindo, la coreógrafa principal de la comparsa "Torito en carnaval", que en el 2001 viajó hasta la ciudad de Fukuoka. Allí, en el Centro Cultural Tiempo Iberoamericano enseñó durante cuatro meses salsa, merengue y cumbia, y la pregunta más común que escuchó de sus alumnas japonesas fue: "Mónica, ¿cómo se hace para mover las caderas?". Ryoichi Kuno y yo nos reímos un rato. Un minuto después, ya en silencio, Ryoichi me mira y dice. "Martín, yo tampoco entiendo cómo pueden mover así las caderas".

Los ojos de un hijo de Barranquilla pueden miran a los japoneses como sujetos rígidos, sin flexibilidad corporal, demasiado parecidos a esos robots simpáticos que ellos mismos han creado pero que limpiando con una escoba son tan lentos que se prefiere hacerlo uno mismo. Para los que vienen del Sol Naciente, los barranquilleros son ritmo puro. Y punto.

Quien pudo descubrirlo a través de sus pupilas fue nada menos que el emperador Akihito, cuando en 1999 recibió en visita oficial al presidente Andrés Pastrana y a su esposa. Ellos llegaron hasta el Palacio Imperial de Tokio en compañía de Mónica Lindo y los miembros más selectos de "Torito en carnaval", como un regalo para los representantes de la familia más antigua del mundo.

Los testigos de esa presentación privada narran que el emperador abrió los ojos, cerró la boca y exhaló un largo susurro de admiración. "Subarashii, subarashii", dijo Akihito, en tanto su corte de asesores consentía las palabras de admiración que el monarca del Imperio del Japón le dedicaba a ese grupo de colombianos sudorosos. La palabra "Subarashii" significa asombroso o maravilloso, pero pronunciada por Akihito la expresión vale algo más, al punto que la corte de asesores imperiales se tragó las ganas de llamar la atención por el exceso de tiempo consumido (los 8 minutos permitidos se extendieron a 15) en la conversación entre el propio Emperador y Mónica Lindo.

Akihito parece un abuelito caritativo, de los que atienden tras el mostrador de los bazares de barrio. Mónica Lindo lo sintió así y --tragándose el protocolo que la Cancillería colombiana le había hecho memorizar--no dudó en invitar a su majestad imperial al Carnaval de Barranquilla y hospedarse en su casa si le apetecía más conveniente. La traductora al inglés del diálogo fue la primera dama de Colombia, Nora de Pastrana, quien dudaba si debía comunicarle tremenda falta de respeto de la barranquillera. Al final se lo dijo y el emperador abrió de nuevo los ojos, cerró la boca y volvió a exhalar un largo susurro de admiración. "Domo arigatoo gozaimasu (Muchísimas gracias)", dijo inclinando la cabeza. Mónica Lindo aún espera la visita de su majestad en su casa de la calle 76.

A varias cuadras hacia el sur de esta calle, en la Plaza de la Paz, Ryoichi Kono y yo volvemos a reírnos imaginando a Akihito en sandalias y bailando mapalé. Pasamos por el cumbión en homenaje a Totó La Momposina y, desde las escalinatas de la catedral de Barranquilla, dos niñas nos miran extrañadas a Ryoichi y a mí, como quien miraría a una jirafa con cuello de tortuga. "¿Dónde están los japoneses? --le pregunto--. ¿Por qué no vienen hasta acá? Si con toda la plata que tienen se van hasta la Antártida, no estaría mal venir a broncearse unos días por esta parte del Caribe". "Sí, sí --responde él--, pero el gobierno japonés nos advierte que Colombia no es seguro, que es muy peligroso por la guerrilla, que mejor no viajemos para acá". Fue por esta razón que la comparsa "Torito en Carnaval" no pudo desfilar de nuevo con Shoko ni Hideki ni otro alumno de la academia de Fukuoka.

Tal vez la persona que más extraña a los japoneses es Mónica Lindo. "Yo sé dónde están: en Fukuoka, siguen en las clases del centro cultural", señala. Quien fuera su sensei de cumbia recuerda a Shoko y Hideki como extremadamente generosos (le enviaron varios regalos, incluyendo una foto de cuando se casaron el año pasado), pero sobretodo disciplinados. Shoko y Hideki estaban acostumbrados a levantarse a las seis de la mañana, desayunar en 15 minutos, tomar el tren de las 7:25, trabajar pasadas las seis de la tarde, bajar de otro tren y ensayar en el centro cultural dos horas sin parar. "Así les gusta a ellos, todo milimétricamente cronometrado", explica Mónica.

En las semanas previas al carnaval 2002, el caos al interior de "Torito en Carnaval" fue el suficiente para que la pareja estuviera a punto de sufrir un ataque de estrés. "¿Por qué no pagan su cuota si ya se les dijo desde noviembre", repetía Shoko a sus compañeras de baile. Descoordinaciones de vestuario, escasez de maquillaje, peleas con los vecinos, tardanzas de los músicos, y toda la cadena de improvisaciones, de golpes de timón a último minuto, que el Carnaval provoca, barranquillarizaron a los japoneses. Poco a poco y contra su voluntad, Shoko y Hideki aprendieron a lidiar con los errores y ya sabían reaccionar ante un zapato roto o una canción mal tocada por el flautista de millo. "En el fondo, les enseñamos a improvisar. Se ponían histéricos si algo fallaba y luego entendieron que no había tanto de qué preocuparse, que siempre hay una solución", dice Mónica Lindo.

La tarde de la Batalla de Flores del 2002 no pudo ser mejor para ellos. Barranquilla los aplaudía y se sabe que los japoneses anhelan más la gloria que el poder. Shoko lloraba a mares. "Estoy con emoción", repetía cubriéndose con su sombrero el rímel despintado. "Estoy con alegría", decía cada vez que sus compañeras de comparsa la abrazaban. Cuando se le secaron las lágrimas y la terminaron de consolar, Shoko volvió a repetir: "Por favor, tienen que preparar las cosas con tiempo". La anécdota se la cuento a Ryoichi cuando me encuentro con él en mitad de la Gran Parada del domingo de Carnaval, mientras él filmaba ensimismado, con su cámara Canon FV200, el paso de la cumbia de "Moisés Ititola". Ryoichi no me mira, me sonríe por cortesía. Tal vez no le parece gracioso eso de la improvisación. Tal vez porque llegué una hora tarde a la reunión.

*Periodista peruano de ascendencia japonesa que participó en el Taller que organizó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano sobre el Carnaval de Barranquilla 2004, con diversos periodistas de América Latina

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