CRÓNICA

La silenciosa despedida de las mujeres de la paz

Varias mujeres lloraron en la Catedral Primada. Sus lágrimas eran por la muerte de su amigo y consejero, Alfonso López Michelsen. Porque sabían que era la despedida definitiva del último gran luchador por el intercambio humanitario

GoogleSiga las noticias de SEMANA en Google Discover y manténgase informado

Andrea Peña
12 de julio de 2007 a las 7:00 p. m.
Ángela Giraldo, Socorro Cadavid, Yolanda Pulecio, Astrid Betancourt y Caterina Heyck. Cinco mujeres que lamentaron la muerte del ex presidente Alfonso López  Michelsen.
Ángela Giraldo, Socorro Cadavid, Yolanda Pulecio, Astrid Betancourt y Caterina Heyck. Cinco mujeres que lamentaron la muerte del ex presidente Alfonso López Michelsen. Foto: Juan Carlos Sierra

A las 11 de la mañana de este viernes se sentaron en una de las últimas bancas de la Catedral Primada de Bogotá. Doña Socorro Cadavid, Ángela Giraldo y Caterina Heyck estaban allí, en medio de la romería que llegó al funeral del ex presidente Alfonso López Michelsen. El lamento de las tres mujeres era silencioso pero desgarrador. Lloraban porque sabían que habían perdido al último de los grandes luchadores por impulsar un acuerdo humanitario entre el gobierno y las Farc. El último gran estadista que dedicó sus días finales a luchar por la libertad de una cincuentena de secuestrados.

Las lágrimas de Socorro y Ángela ya las había visto el país. Fue hace tres semanas cuando se enteraron de que su hijo y hermano, el diputado del Valle Francisco Giraldo Cadavid, había sido asesinado por la guerrilla que lo mantuvo cinco años secuestrado junto con otros 11 legisladores. Cuando se supo de la masacre, todos las vieron llorar por televisión. Fueron un llanto y un dolor que conmovieron al país en una reacción en una marcha monumental. En cambio, ahora su dolor era silencioso, allí entre la multitud.

Junto a ellas estaba sentada Caterina, una joven mujer que desde el derecho y las labores sociales ha estado acompañándolas en la búsqueda de un pacto con las Farc para que liberen a policías, militares y políticos que llevan hasta 10 años atrapados en la selva. No eran las únicas. Unas pocas sillas adelante estaba Yolanda Pulecio, madre de la ex candidata presidencial Íngrid Betancourt, secuestrada por las Farc desde comienzos de 2002. A su la lado estaba Astrid, su segunda hija.

Todas llegaron al presidente López Michelsen por ser víctimas de uno de los delitos más crueles de la humanidad. De alguna manera, tuvieron contacto con él: conversaba con Ángela del despeje en Florida y Pradera (los dos municipios que las Farc piden en el Valle para hablar con el gobierno); aconsejaba a doña Yolanda sobre sus gestiones ante el gobierno; hablaba con Caterina de las vías jurídicas para pactar con la guerrilla.

Durante la misa se vio a las cinco mujeres orar con los ojos cerrados y las manos entrelazadas. Rezaron en silencio. De fondo, la Sinfónica Nacional de Colombia y el coro Guillén entonaban magistralmente el Ave María, mientras tres obispos y un séquito de sacerdotes dejaban una estela de humo de incienso en el corredor central de la basílica. Horas antes, también se había escuchado la voz de otra mujer. Era la presidenta del Senado, Dilian Francisca Toro, quien también se había unido al clamor de viudas, huérfanos y madres de los cautivos de las Farc y le dedicaba sus palabras al ex presidente: “(...) a través de sus férreas posiciones y de su denodado trabajo, siempre procuró encontrar fórmulas para lograr la libertad de las personas secuestradas en el país. ¡Cómo nos gustaría abrazar en nombre suyo a esos compatriotas por cuya libertad entregó los esfuerzos de sus últimos años de vida!”.

Doña Socorro llegó de Cali hace dos días para despedir al Presidente. Padece el dolor de no tener ni siquiera el cadáver de su hijo para darle cristiana sepultura. Lamenta como nadie la muerte de López, pues al ser una de las figuras más influyentes del país, era una garantía para que el intercambio humanitario avanzara. “Él lloró con nosotras la muerte de nuestros hijos. ¿Cómo no estar triste por la partida de un hombre que batalló como ninguno para que todos los secuestrados estuvieran en libertad?”, se preguntaba entre sollozos.

Aunque Alfonso López opinaba de economía, política o de literatura, los temas de paz, especialmente el intercambio de guerrilleros presos por secuestrados, eran de los que más lo conmovían. En sus columnas publicadas en el diario El Tiempo, éste era tema recurrente: “Se podría decir que el Acuerdo no tiene contradictores, sino que, al ir a ponerse en vigor, se genera una controversia política acerca de los términos prácticos de semejante política: ¿en dónde?, ¿cuándo?, ¿por cuánto tiempo?, ¿acerca de qué temas? y otras preguntas semejantes, con las que se rompe cualquier acuerdo”, escribió hace unos meses.

Por palabras como estas es que familiares de los secuestrados le tenían una fe profunda. “Sus pensamientos siempre fueron aleccionadores. Sólo nos queda recordar todos los días esos consejos para encontrar el camino a la libertad”, dijo Yolanda Pulecio, quien se mostró decepcionada con el presidente Álvaro Uribe que en su discurso en la Catedral no destacó el trabajo que por la paz hizo el ex Presidente fallecido. “Estábamos esperando aunque fuera una sola palabra por los secuestrados”, agregó.

La ceremonia duró casi dos horas. Familiares y amigos ocupaban los primeros asientos delante del féretro. Muy cerca estaba el Presidente de la República en compañía de su esposa, del Vicepresidente y de varios funcionarios de su gobierno. Terminada la misa y los honores de Estado que las Fuerzas Militares les rinden a todos los Presidentes muertos, las mujeres salieron cogidas de gancho, consternadas. Anónimas en medio del mismo tumulto que las recibió. Se marcharon del lugar con la única esperanza de que el sueño que el presidente López no vio, ellas puedan verlo.