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Opinión

  • | 2019/10/15 09:04

    Anticomunismo

    El odio que se estimula con la atribución de enemigo a quienes piensan diferente ha sido el principal estímulo de la violencia en nuestro país. Ha llegado el momento de parar en seco la dinámica de mentiras, generalizaciones y señalamientos ofensivos que está fomentando una nueva guerra de odio de signo más complejo de abordar que todas las violencias anteriores.

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Hace dos semanas, el Partido Comunista Colombiano presentó ante la JEP el informe de la victimización de sus militantes durante el conflicto armado. Las frías cifras de los más de 1.200 asesinados, un número semejante de desaparecidos y la diáspora de familias enteras en el exilio fue ilustrado en una corta expresión teatral a cargo de una docena de jóvenes orgullosos de su militancia. Reprodujeron cómo, uno a uno, fueron asesinados a quemarropa, cinco de los trescientos integrantes de la Juventud Comunista de Antioquia el 25 de noviembre de 1989.

El periódico El País de España inició su crónica de los hechos con las siguientes palabras: “Colombia acabó de enloquecer. En pleno centro de la segunda ciudad más importante del país fueron rematados en forma salvaje, en la sede de su organización política, cinco miembros de la Juventud Comunista. La matanza ocurrió el martes en la ciudad de Medellín. Horas después del atentado, un hombre llamó a varios medios de comunicación y atribuyó la acción al grupo anticomunista Movimiento Obrero Estudiantil. El hombre dijo: ‘Vamos a acabar con la maleza comunista,’ y anunció nuevos atentados en todo el país.”

La realidad es que el Partido Comunista fue parte de la Unión Patriótica. La eliminación física de este último partido político ha sido objeto de condena por parte de la Corte Interamericana de Derechos Humanos la cual exigió al Gobierno aceptar responsabilidad por los hechos y pedir perdón. El Consejo de Estado ordenó devolverle la personería jurídica a título de reparación. La Escuela Nacional Sindical, por su parte, tiene un censo de más de cinco mil sindicalistas asesinados durante el conflicto armado. No todos, desde luego, eran comunistas, pero todos fueron víctimas del anticomunismo.

Ahora vuelve a sacar su cabeza el anticomunismo con los ataques perpetrados contra las sedes del Partido Comunista en Bogotá, que alberga también a la Unión Patriótica; y del partido legal liderado por los reincorporados de las extintas Farc. Algo anda muy mal en Colombia. Se percibe en las distintas regiones donde la gente comenta con miedo que se están rearmando los grupos paramilitares que sirvieron de gatilleros del anticomunismo.

Ese mismo anticomunismo parece ser el común denominador de lo que puede desembocar en una nueva ola de violencia política dirigida a infundir miedo y a eliminar al contradictor político como ya lo ha señalado el investigador de Pares, Ariel Ávila. Si bien es cierto que las víctimas no son necesariamente comunistas, tampoco el anticomunismo se dirige solamente contra comunistas. Basta con pregonar posiciones políticas distintas a quienes infaman para caer en la generalización que mata.

El anticomunismo es un proceso de estigmatización y odio enmarcado dentro de las concepciones del “enemigo interno” de la Guerra Fría y que sirvió para combatir con armas las ideas de cambio en América Latina. Jacobo Arbenz, presidente progresista de Guatemala, derrocado con la intervención de Estados Unidos, Alfonso López Pumarejo, el presidente liberal de la Constitución del año 1936, y Alfonso López Michelsen del MRL fueron señalados en su tiempo de comunistas por plantear la necesidad de reformas agrarias, sociales y laborales, como ahora son censurados de castrochavistas, una nueva denominación anticomunista, quienes defienden los acuerdos de paz, empezando por el presidente Juan Manuel Santos quién logró su concreción.

A Rafael Uribe Uribe lo mataron hace cien años a hachazos en las gradas del Capitolio por señalamientos sectarios, como hoy enlutan a toda Colombia los más de 650 líderes sociales asesinados por reclamar la restitución de tierras, la sustitución voluntaria de cultivos y los derechos humanos.

El odio que se estimula con la atribución de enemigo a quienes piensan diferente ha sido el principal estímulo de la violencia en nuestro país. Ha llegado el momento de parar en seco la dinámica de mentiras, generalizaciones y señalamientos ofensivos que está fomentando una nueva guerra de odio de signo más complejo de abordar que todas las violencias anteriores. El campanazo del ataque a la sede del Partido Comunista exige del Gobierno y de todos los partidos políticos un contundente rechazo a esta nueva ola de violencia anticomunista.

 

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