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Opinión

  • | 2019/08/17 07:35

    El cartel de los ascensos

    Lo que está pasando en el Ejército es de cuidado: los suboficiales, es decir, la base, están enardecidos, viendo como muchos generales viven a sus anchas y promueven a sus enchufados, pese a que no cumplen los requisitos.

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El cuestionado general Adelmo Orlando Fajardo, el segundo comandante del Ejército, terminó llamado a calificar servicios tras las denuncias de corrupción reveladas por SEMANA, en las que presuntamente les pedía a sus subalternos dineros para fines personales. Pero también habría permitido el ascenso de suboficiales y oficiales que no debían haber sido premiados porque no cumplían los criterios de selección.

 Según la información obtenida por esta columna, estos ascensos se habrían hecho no con base en los criterios de selección establecidos, sino que estarían impulsados por el tráfico de influencias. Aunque de los ascensos se ocupa un comité que funciona aparte del alto mando, mis fuentes me aseguraron que este proceso se hizo a puerta cerrada y que el general Fajardo jugó un papel estelar.

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Las primeras anomalías se dieron en el curso de suboficiales número 53, en el que había 45 sargentos mayores que aspiraban a ascender al grado superior. Varios de los 15 que finalmente escogieron para el curso de ascenso, según las denuncias, no debieron haber sido llamados porque no cumplían los requisitos.  

Para ser ascendido se debe contar con una hoja de vida intachable en el Ejército y no se pueden tener sanciones ni cuestionamientos éticos. Sin embargo, muchos de los escogidos tenían máculas en sus hojas de vida, con lo cual se llega a la conclusión de que, en la práctica, los que terminan ascendiendo no son los mejores, sino los que están mejor enchufados con los generales.

Cuatro de los 15 llamados a curso para sargento mayor de comando eran escoltas de generales que no cumplían los criterios de selección. Es decir, terminaron privilegiados los que se pasaron su vida militar lavando carros, paseando perros y llevando al colegio a los hijos de los generales, sobre los sargentos mayores que sí cumplían los requisitos y que se ganaron sus medallas viviendo la guerra en los territorios. Uno de los seleccionados fue un escolta del general Nicacio Martínez, pese a que había sido sancionado en dos ocasiones, un motivo suficiente para que no hubiera podido ser seleccionado. Pero, además, se hizo incluir en una comisión a los Estados Unidos, una práctica muy cuestionable que deja también al descubierto cómo los viajes al exterior, que deben ser un premio, se están convirtiendo en una prebenda.

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Otro sargento mayor llamado a curso había sido relevado del cargo en el año 2010 por haber traficado información de alto valor estratégico con las Farc a cambio de gruesas sumas de dinero. Todos los polígrafos a los cuales fue citado los perdió, según evidencias que están en poder de la central de contrainteligencia del Ejército.

Tanto el general Fajardo como el general Martínez fueron informados de estas irregularidades, pero hasta ahora el alto mando no ha dicho ni mu. “La orden dada es que quien allegue quejas, denuncias o reclamos será llamado a calificar servicios”, me dijo, no sin cierto temor, una de las fuentes que consulté. Otra me aseguró que hay casos en que “el llamamiento al curso tiene de por medio un pago”, pero esta columna no pudo encontrar pruebas de ello.

Lo que está pasando en el Ejército es de cuidado: los suboficiales, es decir, la base, están enardecidos, viendo como muchos generales viven a sus anchas y promueven a sus enchufados, pese a que no cumplen los requisitos.

Estas anomalías están sucediendo también con los ascensos de los oficiales. Un caso relevante es el del hoy coronel René Ramos Naranjo. Este oficial había salido de la fuerza en noviembre del año pasado por tener graves investigaciones en su contra. Cuando llega la nueva cúpula miliar comandada por Martínez y Fajardo, deciden revisar su retiro. Ramos es reintegrado junto con otros tres oficiales más, y el 31 de mayo el ministro de Defensa Botero firma el Decreto 947 de 2019 autorizando el ascenso al grado de coronel.

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Lo que está pasando en el Ejército es de cuidado: los suboficiales, es decir, la base del Ejército, están enardecidos, viendo como muchos generales viven a sus anchas y promueven a sus enchufados, pese a que no cumplen los requisitos. Existe la sensación de que hay demasiados generales ocupados más por beneficiarse de las prebendas del poder que por servirle al país, y que los buenos soldados y los buenos oficiales están quedando sin poder subir en la jerarquía, derrotados ya no por un enemigo estratégico, sino porque no quisieron participar en el festín de la corrupción. 

Son esos soldados que hicieron bien las cosas, que le dedicaron su vida a servir a este país, los que están denunciando la existencia de este ‘cartel de los ascensos’.

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