Catar es un pequeño estado, un poco más extenso que el departamento de Sucre, que ocupa una península de trascendental importancia estratégica en el Golfo Pérsico. Posee una inmensa riqueza petrolífera y gasífera, y su producto interno bruto (PIB) es el más alto del planeta.
En Doha, su capital, se llevó a cabo esta semana una impresionante ceremonia anticipando que dentro de un año comenzará el campeonato Mundial de Fútbol. Un nutrido grupo de funcionarios con finas “chilabas”, túnicas blancas hasta los pies, estaban presentes, en medio de los cuales el presidente de la FIFA se sentía como un sultán al lado del emir Hamad Al Zani, con quien se chanceaba alegremente dándole palmaditas en las piernas. A otro le hubieran cortado las manos.
Todos elogian en este momento a Catar y hablan de las maravillas que ha preparado para el campeonato. Patrocina al equipo Barcelona e incluso una de las estrellas de nuestra Selección juega en ese país.
El campeonato mundial promete ser similar a la fastuosa celebración de los 2.500 años del Imperio Persa, llevada a cabo del 12 al 16 de octubre de 1971 en Irán, que fue el principio del fin del reinado del sha Mohammad Reza Pehlevi y la llegada de los ayatolas ocho años después.
Colombia, en tan significativa ocasión, designó como su representante a un ilustre caballero de los altos círculos sociales de Bogotá, que en medio de los fracs y de las condecoraciones de los poderosos del mundo, lució la Cruz de Boyacá. Pero resulta que la medalla no se le había otorgado y utilizó una que por alguna razón llegó a sus manos. Fue tan de malas, o tan de buenas, que le tomaron una fotografía cuando departía con la emperatriz, Farah Diva, la gran vedette del mundo en ese momento.
Catar ha estado involucrado en actividades non sanctas. A pesar de ser uno de los principales aliados de Estados Unidos en el Medio Oriente, ha sido señalado por sus vecinos de financiar y alojar los grupos terroristas en su territorio, principalmente a los Hermanos Musulmanes, así como al ISIS y Al Qaeda. Además, es el principal apoyo económico y político de los talibanes.
No es la primera vez que Catar ha estado involucrado en una situación embarazosa. Hace algún tiempo fue acusado de haber “comprado” la sede para el Mundial de Fútbol en 2022 mediante el pago de sobornos a los dirigentes del fútbol africano.
Pero las cosas no paran ahí. En el caso sobre la delimitación marítima entre Bahréin y Catar que se ventiló en la Corte Internacional de Justicia, se comentó que Catar había sobornado a un conocido juez del tribunal, de nacionalidad argelina, para que fallara a su favor. A pesar de que tan aberrante hecho no se pudo comprobar, causó honda conmoción en los medios cercanos a la Corte.
Dentro del mismo caso, los juristas que asesoraban a Bahréin ante el alto tribunal detectaron que varios de los documentos presentados por Catar para respaldar su posición eran falsos. Catar perdió el pleito.
No importa, ante la opulencia todo vale y todo se olvida.
