Voy a decirlo como es: Colombia no puede seguir cayendo en la provocación diaria que se fabrica desde la Casa de Nariño, convertida en un taller de pirotecnia política. Lo afirmo sin ambages: hace rato el presidente renunció a gobernar. Cambió el timón por la tarima. Prefiere dividir, convertir cada agenda en un ring y cada alocución en un espectáculo.
Nos pone a hablar del clítoris o de cualquier extravagancia, mientras los verdaderos problemas —la salud colapsada, la inseguridad desbordada que tiene al país aterrorizado, la vivienda destruida, la infraestructura paralizada y los jóvenes sin oportunidades— se agravan. No podemos seguir cayendo en su trampa.
Petro vive en un show permanente, rodeado de un comité de aplausos de poco nivel. No ejecuta: le obsesiona farolear, ser visto, ser oído. Para él, la gestión es lo de menos; lo importante es el discurso, la ovación prestada, la ilusión de que es un líder mundial. Vendió helio en campaña: flotó alto, ligero y vacío. Muchos le creyeron y hoy están desinflados. Nos quedan nueve meses de un presidente que improvisó, cuyo ego le impidió gobernar, que se rodeó de vivos y oportunistas, y que nunca entendió que era presidente, no candidato eterno, ni influencer.
Para él, está más cerca Gaza que Cauca, Huila, Norte de Santander, Arauca o Nariño. Utilizó la tragedia de Palestina —en la que nunca propuso nada serio ni estuvo en capacidad de hacerlo— como una bandera electorera distractora. Eso es una canallada. Nunca pensó en soluciones reales, pero sí en titulares internacionales. Porque lo suyo no es la diplomacia ni la gestión, sino la teatralidad. Y mientras posa de redentor global, aquí los grupos al margen de la ley se han apoderado de todo el territorio nacional.
Gustavo Petro hará todo lo posible para que su proyecto político se enfrente a otro proyecto extremista. Esa es su trama: llevar el debate al terreno de los extremos, donde ellos nos llevan ventaja. Colombia no necesita más odio ni divisiones: necesita conocimiento, experiencia y carácter. Los extremos no proponen, insultan; no construyen, calumnian. Hay que hacer un debate serio. No caigamos en el grito ni en la rabia, porque allí es donde ellos prosperan y Colombia se empobrece.
La salud no puede seguir en UCI por fanatismo ideológico y por un ministro activista que confunde el Estado con una ONG de X.
La economía no resiste más improvisaciones. Dato mata relato: la deuda bruta del Gobierno nacional central, a septiembre de 2025, llegó a $ 1.138,4 billones, $ 169 billones más que un año atrás. Nuevo máximo histórico. Traducción simple: menos inversión por inseguridad jurídica, reformas improvisadas y contratación paralizada; más deuda, más tasas, más desempleo.
Nadamos en coca, la corrupción campea, el gas escasea, la paz es un eslogan, la tropa está desmoralizada y no hay gobierno.
Y para completar, asistimos a un hecho inédito: un presidente con su hijo imputado por corrupción, ministros y funcionarios de su círculo investigados o llamados por la justicia, y su candidato presidencial también imputado. La ética pública hecha trizas en horario prime.
Hay que pensar en pasar la página de Petro ya. Nos quedan nueve meses —duros, sí—, pero cesará la horrible noche, y hay que prepararnos para ese nuevo amanecer. La pregunta es qué haremos desde el primer día para reconstruir el país descuadernado que dejará. Debemos empezar a pensar en soluciones reales para quienes hoy no consiguen medicamentos, para los jóvenes a quienes les prometieron universidad y les entregaron humo y para quienes quieren volver a salir de casa sin miedo.
Nuestro deber es empezar la reconstrucción. La unidad no es para vengarnos ni para exhibir resentimientos, sino para rehacer el país con método, prioridades y cronograma, sin circo.
Insisto: no distraernos. No permitir que Colombia se convierta en un teatro de maromas verbales mientras la gente espera una cita médica, teme salir a la esquina o ve aplazado otro año el sueño de su casa. La política es para resolverle los problemas a la ciudadanía, no para incendiarla.
Petro y su nefasto Gobierno se irán. No ocuparán ni un renglón digno en la historia de Colombia, y, en el mejor de los casos, este periodo solo será un amargo recuerdo. De nosotros depende.
