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Opinión

  • | 2018/06/14 11:07

    La suerte está echada

    Para bien de Colombia, anhelo que el ciclo electoral culmine en general de la manera respetuosa y transparente que hasta ahora lo ha caracterizado.

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En acto cargado de simbolismo realizado ante los Verdes, Gustavo Petro asumió un conjunto de compromisos que quedaron “grabados en piedra”, como las tablas de la ley que el Señor entregó a Moisés en el Monte Sinaí.

Algunas de esas promesas son superfluas. Comprometerse a tratar los recursos públicos como sagrados es, apenas, lo que se espera de cualquier servidor público. Que a ello se añada que no va a robar, sorprende: nadie lo ha acusado de ladrón, aunque sí de malversar los fondos del Erario. En esta materia su gestión es negativa. Notables son sus fracasos en el manejo de las basuras y el transporte público. Hacinados como ganado, los usuarios de Transmilenio, muchas de ellas personas de bajos recursos, padecen hoy un vejamen diario como consecuencia de la falta de acciones oportunas de la Alcaldía Distrital para ampliar y modernizar el sistema.  

Como Petro en ninguna parte ha dicho que adelantará un plan de expropiaciones, su promesa de no ordenarlas es creíble, aunque insuficiente. Hay modalidades de expropiación indirecta como las que derivan de la presión ejercida sobre los propietarios para que de manera “voluntaria” cedan el dominio a cambio de bonos de deuda pública, emitidos a plazos y tasas de interés tales que, en la realidad, el valor presente de lo que reciben no compensa el del predio que entregan.

En este contexto suscita muchas preocupaciones su oferta de comprar las tierras dedicadas al cultivo de la caña de azúcar, a pesar de que esos cultivos se desarrollan en óptimas condiciones de eficiencia y cumpliendo patrones sociales y ambientales estrictos. Esas dudas se han agravado. Le he escuchado decir que las tierras de mejor calidad, así se encuentren adecuadamente explotadas, deberían ser para los campesinos. Los empresarios deberían migrar hacia la Orinoquia y el Vichada a construir suelos de calidad y a desarrollar tierras hoy incultas.

Recordarán ustedes la mortandad gigantesca que en los años 30 del siglo pasado provocó Stalin en la Unión Soviética mediante la colectivización de la producción agropecuaria. Pasó también en China en época de Mao y en Camboya durante el sanguinario régimen de Pol Pot. Si algo se aprendió del colapso del socialismo real en 1989 es que la “ingeniería social” (forzar a la gente a migrar o a cambiar de oficio), además de constituir un abuso inaudito del derecho a la libertad suele terminar en catástrofe.

Si las manifestaciones de Petro en la redefinición de la propiedad de la tierra mediante ofertas de compra que sus propietarios podrían o no aceptar fueren serias, como lo creo, entonces su promesa de manejo prudente de las finanzas públicas podría no serlo. La adquisición de esos fundos para entregarlos gratuitamente a los campesinos, si se realizare a precios de mercado tendría un costo fiscal enorme. El candidato debería decirnos -y que yo sepa no lo ha hecho- de dónde saldrán los recursos.

Revestido de hábitos sacerdotales el profesor Mockus le preguntó al candidato Petro si se compromete a impulsar la iniciativa privada, el emprendimiento y la formalización. En medio de esa ceremonia litúrgica y política, la respuesta fue muy interesante, más por lo que calla que por lo que dice: “Ratifico mi compromiso de impulsar la iniciativa privada en millones de colombianas y colombianos, el emprendimiento y la formalización de la economía, con un trabajo decente y con todos los elementos para poder trabajar”.

Elude, pues, asumir cualquier compromiso de respaldo a la generación de la riqueza colectiva que nadie distinto de los empresarios de todos los tamaños realizan. A Petro no le gustan las empresas sino en su fase incipiente o embrionaria, cuando son, apenas, “emprendimientos”; si tienen éxito, y acumulan algún capital, dejan de interesarle. Esto es consecuente con su programa. Allí se lee que “la única riqueza válida es aquella que nace del trabajo”. Es evidente entonces que, por exclusión, el capital (incluidos nuestros ahorros en los bancos) o es superfluo, o no requiere protección estatal, o debe estar en poder del Estado. Un modelo económico desarrollado bajo cualquiera de estas premisas es imposible bajo la Constitución de 1991.

Aquí vuelve a aparecer un problema insoluble: si esta exclusión del capital como fuente legítima de ingresos es parte esencial del programa petrista, la promesa de no convocar una constituyente asumida frente a Mockus y sus acólitos es espuria. Una transformación del modelo económico de esas magnitudes seguramente no sería respaldada por el Congreso. El camino inexorable sería el mismo que querían las FARC: una asamblea popular sin ataduras para refundar la Nación.

En último lugar, Petro dijo en el altar de la patria revivido por Mockus, que se compromete “a defender la independencia entre las ramas del poder público, la participación real y efectiva de la ciudadanía, la justicia social, que son fundamentos del Estado Social de Derecho”. Yo estoy dispuesto a creer en la sinceridad y solidez de esta promesa siempre que, en términos católicos, “haya confesión de boca y propósito de enmienda” por parte del penitente. El Señor perdona a condición de que el pecador se arrepienta.

Lo digo porque recuerdo bien las movilizaciones ciudadanas “pecaminosas” que promovió para oponerse a las determinaciones adoptadas en contra suya por el Procurador General, acciones estas cuyo propósito era ejercer presión política contra una determinación de la justicia. Y no puedo olvidar las “tutelatones” auspiciadas por el candidato que implicaron un evidente abuso en el ejercicio de la acción de tutela, lo cual causó congestión innecesaria en los despachos judiciales y ayudó a desnaturalizar, causándole daño, una institución básica para la defensa de los derechos fundamentales.    

La suerte está echada. Hemos tenido una campaña electoral de la que podemos estar orgullosos. Como ciudadano de este país que amamos, recibiré con alegría un ganador, con respeto al otro. A ambos con gratitud: sus debates han enriquecido la democracia.

Briznas poéticas. José Emilio Pacheco, siempre atento a denunciar el populismo, escribe: “Bajo un sol que aparenta comenzar otra edad/ obreros, campesinos, pueblo, pueblo/ van ocupando a México. Parece/ que es la revolución…No:/ son acarreados/ que trajo el PRI a aclamar al presidente”.



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