opinión

Alberto Donadio  Columna
Alberto Donadio - Foto: DAVID ESTRADA LARRAÑETA

Comunismo con bluyines

No más a ese híbrido entre capitalismo y dictadura cleptócrata, no más a esa convivencia entre el consumismo y la política de tierra arrasada en Chechenia, Siria y Ucrania.


Por: Alberto Donadio

En la Guerra Fría, un turista occidental podía vender en Moscú los bluyines que llevaba puestos por el equivalente al salario mensual de un trabajador soviético. Con la invasión de Putin a Ucrania, parece que volveremos a ese mundo en que los bluyines eran un objeto de contrabando en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Y está bien que así sea. El mundo libre se dio cuenta de que la convivencia con un dictador comunista no es viable. Ese híbrido entre comunismopolítico y capitalismo económico que fue la Rusia de los últimos 20 años facilitó la oprobiosa tiranía de Vladímir Putin. Formalmente, el comunismo terminó con la caída de la Unión Soviética, pero Putin es, de facto, un dictador comunista.

El Partido Comunista chino obliga actualmente a sus cuadros a ver un documental de 101 minutos en que elogia a Putin por restablecer la gloria de Stalin, el monstruo comparable a Hitler. Las universidades chinas obligan hoy a sus estudiantes a tomar clases para un correcto entendimiento de la guerra en Ucrania, clases en que el culpable es Estados Unidos. Cobra vigencia el chiste que se contaba hace 40 años. Un gringo le decía a un soviético que él como ciudadano americano podía gritar frente a la Casa Blanca que no estaba de acuerdo con el Gobierno de Ronald Reagan. El soviético le contestaba al gringo que en su país era igual, que él como ciudadano de la URSS podía gritar frente al Kremlin que no estaba de acuerdo con el Gobierno de Ronald Reagan.

Los gobiernos alemanes, que todo lo planifican, hasta el exterminio de seis millones de judíos, decían antes de la guerra en Ucrania que si bien dependían del gas ruso, no había en ello peligro porque de parte de Rusia existía una dependencia similar, pues Putin necesitaba el dinero de la venta del gas. Ahora comprueban que depender de un asesino no es igual que mantener una relación comercial en que ambas partes, pese a sus diferencias, actúan de manera racional porque les conviene la continuidad del negocio.

En los tres decenios desde la disolución de la URSS, todos los emblemas del consumismo occidental entraron a Rusia. Solamente Pepsi, que llegó en 1972, estaba desde antes. Ikea, Gucci, Visa y Mastercard, y unas 500 marcas más, han decidido ahora abandonar Rusia. Esa apertura económica capitalista, que no política, les permitió a Putin y a sus compinches enriquecerse en forma astronómica y les dio a los rusos la falsa sensación de que vivían en otro régimen, cuando en realidad Putin seguía mandando matar: a la periodista Anna Politkovskaya por denunciar las atrocidades en Chechenia, y mandando envenenar en Londres al desertor Alexander Litvinenko con polonio radioactivo en el té. Un Putin sonriente y que batía la mandíbula dio la bienvenida en julio de 2006 a George Bush, Angela Merkel, Jacques Chirac y otros líderes en San Petersburgo en la cumbre del G8. Faltaban tres meses para el asesinato de Anna Politkovskaya y cuatro para el homicidio de Litvinenko. Por imperdonable ingenuidad, Rusia fue admitida en el grupo de los países más importantes de Occidente. Hoy ha caído la máscara.

Aunque tardío, el veto internacional contra Rusia es lo que se impone. Debe ser un cerco permanente e irrevocable. No más a ese híbrido entre capitalismo y dictadura cleptócrata, no más a esa convivencia entre el consumismo y la política de tierra arrasada en Chechenia, Siria y Ucrania. El pueblo ruso es hoy siervo de Putin, como antes lo fue de Stalin, y antes de los zares. Plus ça change, plus c’est la même chose. Cuanto más cambian las cosas, más permanecen iguales. Hay que aislar a la dictadura con bluyines, que hasta ahora tuvo muchos respiros gracias al capitalismo occidental. Las sanciones no son suficientes. Alemania paga cada día 200 millones de dólares por el gas y el petróleo rusos, y otros países le entregan a Putin diariamente 650 millones de dólares más por la energía rusa. Occidente tiene bloqueados a Cuba y Venezuela, que son países arruinados, pero sigue sosteniendo la dictadura comunista de Moscú.

Sin embargo energético, Putin seguirá adelante. Al responder a la pregunta ¿Por qué no soy comunista?, decía el filósofo y matemático Bertrand Russell: “Ante cualquier doctrina política, debemos plantearnos dos cuestiones: 1) ¿Son ciertos sus principios teóricos? 2) ¿La puesta en práctica de esa doctrina es susceptible de incrementar la felicidad humana? Creo que los principios teóricos del comunismo son falsos, y pienso que la práctica de sus máximas aumenta inconmensurablemente la miseria humana. Una minoría que basa su poder sobre la actuación de la policía secreta no tiene más remedio que ser cruel, opresiva y oscurantista”. Putin es un esbirro de la KGB ascendido a dictador.