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Opinión

  • | 2020/04/10 02:50

    Golpeadores miserables

    A mi madre, mi amor eterno; a ellas, las mujeres anónimas, víctimas de los golpeadores, mi cariño en la distancia, mi solidaridad.

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En medio de la emergencia por el coronavirus, las autoridades han hecho una revelación estremecedora que ha pasado casi inadvertida: durante la cuarentena se disparó la violencia contra las mujeres en Colombia. Una verdadera desgracia para las víctimas. Una vergüenza para esta sociedad. Golpeadores cobardes...

Pensar en una mujer golpeada me duele en el alma porque recuerdo los peores días de mi infancia. Durante años vi cómo mi mamá sobrevivía resignada a los malos tratos físicos y psicológicos de mi papá. Eran ataques brutales: golpes, insultos, descalificaciones. No sé cómo no la mató. Recuerdo todas las horas de colegio que pasé temiendo que al llegar a casa podría no encontrarla. Siempre tuve mucho miedo. Ella era muy joven, casi una niña. Tenía una figura menudita, era sumisa, se dedicaba a las labores del hogar y si acaso había podido terminar algunos años del bachillerato. Él era todo un galán en su pueblo, bello, cantaba tangos como los ángeles y tenía un carácter del demonio que se mezclaba con un machismo extremo. Muchas veces vi cómo se le iba encima siendo tan alto y acuerpado. Lleno de ira descargaba contra ella toda su fuerza por cualquier estupidez. Yo, que era la hermana mayor, solo podía mirar, llorar y gritar. A veces solo alcanzaba a abrirle la puerta a mi mamá para que pudiera huir. Eran segundos. Mientras escribo se me hace un nudo en la garganta, después de cuatro décadas. Es difícil que no se desboquen las lágrimas. Ella siempre quedaba allí sobre el piso o sobre la cama. Tan frágil, destruida física y moralmente por varios días. La misma operación se repitió tantas veces, aun desde cuando eran novios y mis hermanos y yo no existíamos. En varias ocasiones ella terminó en el hospital. Nunca hubo tregua, la golpeó embarazada, enferma, en la mañana, en la madrugada, en una fiesta. No importaba el momento. Nunca lo denunció. Siempre volvió con él. Se moría de amor y de miedo a la vez. Fue muy duro crecer en un hogar tan violento. Hoy recuerdo la cara de mi mamá en aquellos días, hinchada o ensangrentada. Siempre me miraba firme a los ojos, y entre sollozos me decía: “Mija, estudie para que no le pase esto”. Eso me marcó. Un día, cuando yo apenas llegaba a los 12 años, mi mamá tomó valor, ella puso el punto final. Todo terminó, por fin nos separamos de mi padre. Mi madre nunca nos enseñó a odiarlo. Al contrario, siempre estuvimos afectivamente unidos a él. Lo acompañamos hasta el último día de su vida. Lo perdonamos y lo amamos. Creo que en el fondo él nunca se pudo perdonar. Nos tocó aprender a la fuerza una dura lección. 

Esa misma realidad se vive en muchas familias colombianas. De generación en generación. No importa el estrato social. No importa la capacidad económica. Muchas mujeres soportan en silencio y viven un infierno propiciado por el hombre de la casa. Sin que los Gobiernos hayan podido poner en marcha políticas de éxito absoluto que las protejan a ellas  y a sus hijos. Claro, también hay hombres maltratados, pero son muchos menos. Lo cual no quiere decir que sea un hecho admisible. 

Según la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, las llamadas de auxilio de las víctimas a las líneas de emergencia durante los días de aislamiento crecieron 103 por ciento. La alcaldesa Claudia López también puso al descubierto que los casos de violencia intrafamiliar en Bogotá prácticamente se duplicaron. En lo que va corrido de este año, Medicina Legal tiene ya el vergonzoso registro de más de 11.800 ataques físicos y psicológicos contra  mujeres. Tenemos una sociedad enfermiza, misógina, incapaz de respetarlas y darles garantías plenas. Lo más doloroso es que estoy segura de que las cifras no se compadecen con la realidad porque son muchas las que, por una u otra circunstancia, tienen que quedarse calladas.  

A mi madre, mi amor eterno; a ellas, las mujeres anónimas, víctimas de los golpeadores, mi cariño en la distancia, mi solidaridad.

Quizás el único camino es romper el silencio. Por favor, denuncien y aléjense cuanto antes de sus maltratadores. Eso no es amor. Ellos no cambian. A las autoridades, por favor no las dejen solas, no las abandonen. 

En lo personal, entre otras cosas, aprendí que jamás permitiría que un hombre me pusiera una mano encima. Me envalentoné y siempre he luchado en mi entorno por la igualdad entre los hombres y las mujeres. También aprendí que es una lucha que no termina.

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