A finales de 2021, el país debatía sobre cómo salir de la pandemia y sus profundos efectos sociales y económicos. Lo registré en la columna ‘La discusión productiva en campaña’. Diez precandidatos cubrían el espectro desde la centroizquierda hasta la derecha; no estuvo Petro. Ellos ponían de presente la necesidad de cambio ante una urgencia social en ciernes, pero también un significativo ajuste fiscal para generarle una recuperación sostenible al país.
Urgía articular la reducción de la pobreza y disminuir la informalidad, mejorando el empleo con educación, pues se reconocía la muy baja movilidad social y el estancado bajo ingreso por habitante. Esto tenía que resolverse a través de mayor crecimiento. La misma indispensable fórmula para recuperar las finanzas públicas sin aumentar mucho más los impuestos. Ese alto y sostenible crecimiento requería reducir inteligentemente la dependencia de las bonanzas minero-energéticas.
Entre los precandidatos, el consenso era cambio, SÍ, pero democrático, basado en políticas de mercado, de libre mercado. El reto más duro era corregir las enormes desigualdades en el desarrollo territorial del país. Se podía si se apostaba a una mayor frontera agrícola, a jugarse por el desarrollo agroindustrial y recuperar la industria.
Varios líderes, como Rodrigo Lara Restrepo, reconocieron que se requería de una reforma al Estado porque se había convertido en 40 años en un aparato más burocrático, muy paquidérmico y frecuentemente corrupto.
En la segunda vuelta de 2022, no hubo un representante de ese consenso. Eso me llevó a escribir ‘El día después de las elecciones’. El proceso electoral falló en aglutinar al país en torno a esas propuestas constructivas, y resultó dividido por las reformas y no unido alrededor de ellas.
Cuatro años después, el gobierno de Petro termina. Se autoproclamó representante del cambio, pero gobernó para que no fuera por los cauces de libre mercado, sino a través de la “estatización” en detrimento del sector privado.
La clase media en 2026 no votó la propuesta de continuismo, según el propio Petro; los culpó de la derrota.
Estas son algunas razones.
Las cifras oficiales hablan de una importante reducción en la pobreza, pero las cifras no reconocen lo que la calle sabe: aumentos de la informalidad y de los costos de la formalidad. Por tanto, hubo descenso en las cifras de desempleo, pero no por creación de empleo productivo. Si su bandera ha sido fortalecer la educación, hay serias dudas de si sería sostenible ese capital humano formado para emplearse en y por el Estado.
Petro hizo campaña haciendo eco de las voces que pedían diversificación de la oferta productiva. En las cifras oficiales, crecieron fuertemente las exportaciones de productos agrícolas y de bienes agroindustriales, tanto en precio como en volumen. En mucha menor medida crecieron los volúmenes de manufacturas.
Sin embargo, la radicalización de Petro y su gobierno desde 2024 a la fecha dejan muy expuestos y vulnerables esos logros.
En su afán por aumentar el peso del Estado en la economía, Petro no solo no hizo el ajuste fiscal, sino que aumentó el gasto público aun en presencia de un mucho menor recaudo. El menor recaudo obedeció a su radical política anti-minero-energética. Esa política redujo la inversión, la producción y el valor exportado minero-energético, mientras que aumentó las importaciones. Se pegó un tiro en el pie; eso significó menos ingresos y regalías para el Estado y los territorios.
Con más gasto y menos ingresos, Petro recurrió fuertemente al endeudamiento. Salió a buscar créditos externos. En particular, desde 2024. Ello generó una caída del dólar del 26 por ciento al tiempo que el salario mínimo en los últimos años lo aumentó un 45 por ciento. Por eso a comienzos de este año escribí ‘Ojo con la tasa de cambio’.
En los últimos meses, Petro decidió evitar un excesivo endeudamiento externo que pudiera agravar las finanzas públicas en caso de una crisis internacional. Reemplazó parte de ese alto endeudamiento por deuda interna, con lo que elevó fuertemente las tasas de interés locales para todos, incluyendo el sector productivo.
Esta política económica de Petro aceleró desde 2024 las ventas al por menor, ventas de bienes importados, mientras apenas sobrevive la producción manufacturera, siendo el gran ganador el comercio, pero el gran perdedor la producción.
Deja un dólar que abarata lo de afuera y encarece lo de adentro, justamente cuando crecen los costos laborales, hay alzas en los costos de transporte y es muy costosa la financiación.
El nuevo Gobierno encuentra, por tanto, que, con todo esto, todo está en estado muy delicado. Recibe un endeudamiento no solo más elevado, sino mucho más caro, con mayores tasas de interés.
Recibe dolorosos dilemas: si el dólar sube, ayuda al sector productivo, pero pone en jaque las finanzas públicas; y, si no sube, puede poner en jaque mucho del tejido productivo y afectar el recaudo, con lo que también pone en peligro las finanzas públicas.
Nunca hubo Petro capitalista.
