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Opinión

  • | 2017/11/14 08:04

    Volvieron los "dinosaurios"

    El colapso de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín y la disminución de la pobreza por el auge del comercio internacional y la mayor rigurosidad en el manejo macroeconómico en gran parte del mundo en desarrollo, enmarcó la consolidación de los sistemas democráticos, lo que dejó sin espacio político a los autócratas. Pero los dinosaurios volvieron.

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¿Se acuerdan de Charly García, ese genio argentino de la música que nos regaló en los setenta y ochenta hermosas y profundas líricas que nos ambientaron a muchos la intimidad y fogosidad de nuestros descubrimientos de adolescencia? Dinosaurios (1983) es una de sus piezas maestras, la cual referenciaba los excesos de la bota militar argentina, y en la que unas estremecedoras notas de piano enmarcan la frase con la que cierra la canción: "Pero los dinosaurios, van a desaparecer".

Hoy dinosaurio se usa como término peyorativo para referirse a ideólogos, académicos, gobernantes y, en general, todo aquel con una plataforma pública para opinar o actuar, cuyas ideas se consideran retrógradas o estancadas en el pasado. Llamamos dinosaurios a aquellos que en pleno siglo XXI, en medio de la automatización y la economía del conocimiento -propios de la Cuarta Revolución Industrial en la que vivimos- todavía tienen delirios por el fracasado socialismo, el neoliberalismo a ultranza, o hacen apologías de macabros perdedores de la historia como el Che Guevara o el mismo Pinochet.

Los autócratas (dinosaurios), "hombres fuertes" de izquierda y derecha de finales del siglo XX, se caracterizaron por su demagogia, carisma, desprecio por las instituciones propias de la democracia liberal y por utilizar los mecanismos electorales para legitimar y cimentar su autoridad y su concentración de poder. Las dinámicas propias del final de la guerra fría hacían que el "coco" fuera la amenaza comunista o el imperialismo yankee según la esquina demagógica donde se encontrara el dinosaurio de turno. La libertad de expresión, de asociación y, obvio, la prensa, eran las primeras víctimas de la prevención y represión de estos autócratas.

El colapso de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín y la disminución de la pobreza por el auge del comercio internacional y la mayor rigurosidad en el manejo macroeconómico en gran parte del mundo en desarrollo, enmarcó la consolidación de los sistemas democráticos en el mundo, lo que dejó sin espacio político a los autócratas.

Pero los dinosaurios volvieron. Hoy ya las amenazas de rigor no son el imperialismo ni el comunismo. Ahora la justificación prefabricada para atropellar a los medios de comunicación, restringir el ejercicio de las libertades individuales y en últimas, consolidar poderes omnímodos, son supuestas amenazas de poderes externos, o la letanía de la corrupción, término que al instrumentalizarse para hacerse elegir o consolidar el poder termina banalizado.

Este es el común denominador que ha producido una nueva generación de "hombres fuertes" que valiéndose de los mismos mecanismos de los dinosaurios del pasado y apelando a los miedos, prevenciones o frustraciones de la población, igual minan la democracia para consolidar su poder opresivo. Obvio que están los dinosaurios (y neo-dinosaurios) de siempre (Mugabe, Raúl Castro, Ortega, Maduro) los cuales ameritan una columna especial, pero hay unos nuevos que son los que tienen al mundo en situaciones de apremio.

Si bien geopolíticamente responden a posiciones y relevancias diferentes, el carácter dinosaurio se hace presente en cada una de las acciones represivas y antidemocráticas de los de moda: Kim Jong-un, en Corea del Norte, peculiar heredero de una tradición dinosáurica de tres generaciones que pareciera no diferenciar entre la realidad y la ficción de una catástrofe nuclear; Xi Jinping, en China, quien consolida su culto a la personalidad en el aplauso unísono del Partido Comunista chino honrando el mejor de los estilos de Mao; Vladimir Putin, en Rusia, con formas y ambiciones imperiales más propias de un Tzar que de un vástago de la Perestroika; Recep Tayyip Erdogan en Turquía, quien completa casi 100 mil encarcelados entre periodistas y líderes sociales como reacción represiva a un fallido golpe de estado que parece que nunca termina; Rodrigo Duterte en Filipinas, un tirano que si no fuera por las vidas que ha costado una supuesta lucha contra las drogas, sería lo más cercano a una caricatura; Viktor Orban, en Hungría, paradójicamente pelechando los beneficios de la Unión Europea al tiempo que enarbola posiciones contra el mismo espíritu europeo, tales como el racismo y la discriminación. Pero hay otros con delirios similares especialmente en países con tradiciones no democráticas, como Abdel Fattah el-Sisi en Egipto, y el nuevo soberano de Arabia Saudita, el príncipe Mohammed Bin Salman que por motivos indescifrables tiene al Medio Oriente al borde de una explosión, fruto de sus arbitrariedades internas y sus provocaciones y acciones bélicas en Yemen, Líbano, Siria e Irak.

El sistema de pesos y contrapesos de la democracia norteamericana en buena hora no permite que se materialicen delirios de dinosaurios de esta clase, pero ciertos perfiles psicológicos narcisistas y autoritarios desnudados a través de cuentas de Twitter, evidencian que más de uno quisiera jugar en esa liga.

Charly García vaticinó que los dinosaurios desaparecerían, lo que de hecho ocurrió por un tiempo, pero vemos que han regresado. La historia se repite. El consuelo es que la historia nos muestra que es un tema cíclico, que volverán a "extinguirse", pero lo preocupante es el costo en vidas y libertades individuales que habrá de pagar la humanidad en el entretanto, ya que hay dinosaurios para rato.

*Ramses Vargas Lamadrid, MPA, MSc*, rector Universidad Autónoma del Caribe

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