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Opinión

  • | 2018/06/05 15:23

    En las redes de Twitter

    Hay que tomar consciencia de algunos de los efectos de Twitter y redes similares muy abiertas, que tienden a estereotipar sus objetos de interés para manejarlos dentro de las limitaciones de espacio, una restricción que nos impulsa a ser más asertivos y menos modestos, lo que es bueno, pero que también refuerza un sentido de superioridad moral, que no lo es.

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Hubo un momento en que la belleza y posibilidad de intercambiar mensajes en modo copla, refrán, epigrama, versículo, proverbio, haiku, limerick o cita célebre parecía el destino de esta red, que permitía además proveer vínculos a textos mayores o medios audiovisuales, lo que cambiaba indudablemente el alcance potencial de los mensajes. Una de las sorpresas que nos llevamos fue pensar que tener más opciones de expresión nos iba a hacer mejores personas, pero lo que vemos reflejado, especialmente en tiempos electorales, es la letrina: todos los días nos sorprendemos con declaraciones fuera de tono de personas que considerábamos extremadamente cuidadosas y que probablemente no harían en ninguna otra circunstancia.

Pareciera con ello que las cualidades de lo humano son inversamente proporcionales  a la libertad de expresión, alimentando así las fuerzas tanto de la derecha como de la izquierda para limitarla, pero no hay que olvidar que tanto la grosería como la sabiduría son incómodas para el autoritarismo, por lo cual hay que apelar a la serenidad y convivir con las estéticas heterodoxas.

El océano de insultos, acoso, patanería, verdades amañadas y pobreza argumentativa no debe descorazonarnos. Hay que confiar en la consolidación paulatina de buenas prácticas, códigos de etiqueta intersubjetivos, preferiblemente implícitos y flexibles, así como en la aparición de mecanismos amigables para la construcción de una cultura de respeto y goce de la comunicación en las redes, aún en la infancia. Todo ello requiere revisar las capacidades que sembramos desde la escuela, pues incluso en la internet hay que saber leer y escribir, analizar un contexto, citar fuentes, construir un escenario, manifestar una ética, algo que evidentemente no está pasando con las políticas educativas a la velocidad requerida.

Hay que tomar consciencia de algunos de los efectos de Twitter y redes similares muy abiertas, que tienden a estereotipar sus objetos de interés para manejarlos dentro de las limitaciones de espacio, una restricción que nos impulsa a ser más asertivos y menos modestos, lo que es bueno, pero que también refuerza un sentido de superioridad moral, que no lo es. Expresar nuestra realidad más parroquial de manera lapidaria sin ser plenamente conscientes del ámbito en el que estamos operando trae problemas, pues es difícil pretender ser ciudadanos globales con una experiencia de la diversidad muy limitada o mediada por los gurúes del neuromercadeo.

En las redes de alta velocidad y mucha adrenalina se vuelven a poner en juego el ingenio, las cualidades lingüísticas y la innovación artística de las sociedades y de las personas sin sacrificar la ironía ni el humor; no queremos quemar la biblioteca para destruir las comedias irreverentes, tampoco quedar condenados a la penuria de las tragedias. Reconocer por ejemplo la evolución de los memes como refranero visual es maravilloso, pues con ellos se demuestra la agudeza de la nueva vida familiar global. Al final no es fácil controlar la tentación de armar tiroteos desde trincheras virtuales o lanzar granadas y misiles por doquier, pero si nos damos cuenta de que a menudo hieren a los amigos y colegas y que tienen el mismo efecto perverso de la irresponsabilidad ególatra o el matoneo escolar, tal vez comencemos a reconsiderar la forma en que planteamos el uso de las redes sociales en nuestra vida cotidiana.

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