opinión

Salud Hernández
Salud Hernández. - Foto: Juan Carlos Sierra

El pueblo de Francia Márquez

Al margen de enseñar a respetar libertades, al vencedor del 19 de junio le quedará el reto de recuperar a menores de edad a los que robaron la inocencia y a las poblaciones que cayeron en la trampa del espejismo de la coca.


Por: Salud Hernández-Mora

Uno de los milicianos no tenía más de 11 o 12 años. Los otros dos, que me parecieron más peligrosos que el propio comandante, eran adolescentes. Llevaban arma corta en una cartera y uno manejaba una camioneta sin placas, probablemente robada. Los tres conseguían infundir respeto porque entendías, por su actitud altanera y la hostilidad con la que te observan, que a la mínima señal dispararían sin contemplaciones.

Los tres pelados detuvieron el vehículo que yo había contratado para recorrer algunos lugares de Suárez, el pueblo de Francia Márquez. Me tuvieron retenida un buen rato en Betulia, vereda donde las Farc asesinaron en 2019 a Karina García, su mamá y cuatro acompañantes, y luego me obligaron a subir a su camioneta. Todo lo hicieron a las puertas de Asocordillera, una organización social, muy activa en los paros, que propugna la Zona de Reserva Campesina.

El trío infantil se detuvo más arriba y me condujeron a una casa donde me esperaba un hombre de unos treinta y tantos años. Tan descarada es la presencia de la guerrilla, que en pleno centro poblado de la vereda pude ver una pancarta grande anunciando la conmemoración del aniversario del nacimiento de Manuel Marulanda.  

Vestido de bluyín y camiseta, el señor se presentó como comandante de la “Jaime Martínez”, una de las dos disidencias fuertes de las Farc del norte del Cauca, y ordenó, en tono sereno, que me devolviera porque, dijo, “estamos en zona roja” y, además, yo “hablaba mal de ellos”. Regresé con el conductor a la cabecera municipal sin más contratiempos.

Que la guerrilla te saque de un área de sus dominios es lo normal, nada extraordinario. Cierto que no esperaba encontrármelos en ese punto, a unos 20 minutos de la cabecera municipal, a pesar de saber que siempre en Betulia hay milicianos. Pero dada la proliferación de cultivos de coca, que han aumentado de manera escandalosa en los últimos dos años, tampoco debió sorprenderme que estén más vigilantes.

Como tantos otros pueblos del Cauca, un departamento cada día más complejo, sin ley ni orden, porque el Estado quedó reducido a la mínima expresión, Suárez se volvió cocalero y violento. Me contaron que fincas que antes costaban 20 millones las compran foráneos por 100, 200 o más millones para sembrar la mata que mata.

Uno de los corregimientos donde el problema ha crecido de forma preocupante es La Toma, donde Francia Márquez lideró el Consejo Comunitario. Al igual que en Betulia, pretendía hablar con la comunidad para conocer la situación que viven en estos momentos, porque antes era un remanso de paz, como constaté en 2019, y ahora impera ELN y hay asesinatos. Pero nada más cruzar el puente sobre el río Cauca y comenzar a subir por la vía hacia el centro poblado de La Toma, se me pegó una camioneta.

En un momento dado, me obligaron a detenernos. Anunciaron que eran miembros de la Guardia de dicho Consejo y anunciaron que me seguirían a todas partes porque yo solo tenía derecho a usar la vía pavimentada, que es departamental, pero la tierra a ambos lados de la carretera es suya. Lo cierto es que los ampara esa ley que ha engendrado en este país un sinfín de reinos gobernados, con más frecuencia de lo deseable, por reyezuelos encantados de ejercer un poder abusivo en sus dominios.

No entiendo cómo existen normas que permiten a una Guardia Cimarrona espiar a un reportero, convertirse en su sombra para impedirle hacer su trabajo de manera libre. Para asegurar que solo recibe la información que quieren. Pero, al final del día, ellos ganan y la verdad pierde.

No pude entrar a ninguna parte de su corregimiento y mostrar, tanto las minas de oro que explotan de manera artesanal pero necesitarían normas ambientales más estrictas, como los nuevos cultivos de coca, que antes no existían y ahora crecen como hongos.

Tampoco querrían que contara que cada día hay más forasteros comprando fincas a nativos afros, a precios desorbitados, porque necesitan tierra para la coca. Por una hectárea que costaba 800.000 pesos, están dando 10 millones y muchos prefieren vender. Ni que relatara que el ELN ha reunido a las comunidades para advertir que son los amos y señores en el corregimiento, porque al otro lado del río Cauca son las disidencias de las Farc las que mandan. De momento ambos grupos se respetan, pero cualquier día se enfrentarán a bala.

La excusa que pusieron para cortarme el paso fue disparatada. “Usted dice que Francia es guerrillera del ELN”, espetaron. Respondí que no es cierto, jamás he afirmado que pertenezca a ningún grupo armado porque sería una falsedad. Prosiguieron con insultos pueriles, pero lograron que la comunidad, que se fue congregando a nuestro alrededor, se volviera más agresiva. Uno amenazó con quemar la camioneta que me llevaba, de servicio público, y el ambiente se tornó irrespirable. 

Algunos sectores sociales y políticos están sembrando tanto odio con un arsenal de mentiras, que habrá regiones enteras vetadas a reporteros y medios que ellos detesten por la razón que sea. De ahí al acoso al que Correa sometió al periodismo en Ecuador, exigiendo cabezas de quienes le resultaban molestos y empujando al cierre de medios independientes, hay un corto trecho. 

Al margen de enseñar a respetar libertades, al vencedor del 19 de junio le quedará el reto de recuperar a menores de edad a los que robaron la inocencia y a las poblaciones que cayeron en la trampa del espejismo de la coca.