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Opinión

  • | 2018/09/22 16:45

    El refrescante pragmatismo de Iván Duque

    En un país presidencialista al extremo, ha sorprendido gratamente esta actitud de Iván Duque de no querer estar hasta en la sopa de los colombianos

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Los colombianos tenemos una perversa fascinación por los caudillos. Es tanta esta seducción, que les agregamos a los apellidos de los líderes políticos, y en algunas ocasiones a su nombre de pila, el sufijo ‘ismo’, que corresponde más a doctrinas y movimientos, que a una persona. Los tratamos como si ellos solos representaran ideologías y vertientes de pensamiento. A todos les aplicamos la consigna de Jorge Eliécer Gaitán, quien decía, ante el aplauso y vitoreo de sus seguidores, “no soy un hombre, soy un pueblo”. Y reducimos nuestra historia política a una competencia entre ismos.

Al gaitanismo se opusieron el turbayismo (el de Gabriel) y el santismo (de Eduardo) en el Partido liberal. En los conservadores, la disputa fue entre el ospinismo y el laureanismo, que años después serían reemplazados por el pastranismo (de Misael) y el alvarismo (del hijo de Laureano). Durante varias décadas los liberales se debatirían entre el llerismo (de Carlos), el turbayismo (de Julio César) y el lopismo (de Alfonso López Michelsen), y, en los 80, el galanismo (de Luis Carlos). Al lopismo lo reemplazó el samperismo (de Ernesto), que se enfrentaría al naciente gavirismo (de César). Y desde principios del siglo XXI nació el uribismo (del liberal Álvaro) y, recientemente, irrumpió el petrismo (de Gustavo).

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Este personalismo de la política le ha hecho un inmenso daño a la democracia colombiana y a sus partidos. Lejos de representar una ideología, dependen del capricho del líder. Dificulta la autocrítica y la necesaria reflexión. Invita al dogmatismo, al fanatismo y al autoritarismo, los peores de los ismos.

La tentación sigue. Últimamente los medios andan hablando del duquismo, como si con solo vivir en la Casa de Nariño surgiera de allí un movimiento político. El uso de esa terminología coincide con el creciente reconocimiento de que Iván Duque no es la caricatura que pintaron en la campaña sus críticos ni la copia del expresidente que soñaban los uribistas. A diferencia de Juan Manuel Santos, que en sus últimos años como mandatario se la pasaba haciendo alocuciones a la Nación sobre cualquier tema, Duque no ha abusado de ese derecho. Se le nota el firme propósito de obrar con mesura.

En un país presidencialista al extremo, ha sorprendido gratamente esta actitud de Iván Duque de no querer estar hasta en la sopa de los colombianos

Les ha dado a sus ministros espacio para comunicar e incluso equivocarse. En un país presidencialista al extremo –tanto que a Uribe le preguntaban y contestaba de lo divino y lo humano–, ha sorprendido gratamente esta actitud de Iván Duque de no querer estar hasta en la sopa de los colombianos.

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Si bien ha copiado los consejos comunitarios semanales de su principal promotor político y electoral, los talleres democráticos de Duque se perciben diferentes. Más de un gobierno en pleno que conoce las preocupaciones regionales, que una corte de cuentas y reclamaciones. Menos espectáculo y más contenido.

Después del ímpetu de los primeros días, que incluyó correcciones de proyectos de ley y nombramientos revocados, Duque parece estar aplicando la sabiduría popular de “vísteme despacio, que voy de prisa”. Duque está encontrando que ser institucionalista no es fácil. Que cambiar las costumbres requiere paciencia, carácter y una alta dosis de pragmatismo. 

Hace unos 32 años, otro presidente quiso alborotar el statu quo. Como Duque, Virgilio Barco carecía de poderío electoral propio. Le debía gran parte de su victoria a otros y a una particular coyuntura: su rival le generaba miedo a un sector significativo de la población. Muchos votaron más en contra del conservador Álvaro Gómez que a favor del candidato liberal. Como le ocurrió a Duque con Gustavo Petro.

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Sin el apoyo del lopismo y su líder, el expresidente Alfonso López Michelsen, quien en una entrevista a SEMANA declaró “si no es Barco, ¿quién?”, difícilmente hubiera llegado a la Casa de Nariño. 

Ya elegido, Barco osó romper con la repartición milimétrica de 50/50 del Frente Nacional y nombrar un gabinete de solo liberales. Casi lo crucifican, en particular el ospinismo-pastranismo. Dijeron que arriesgaba su gobernabilidad, como le advierten hoy a Duque por su promesa de no entregar ‘mermelada’. Fue difícil la iniciativa de Barco. Su primer ministro de Gobierno, Fernando Cepeda, fue sacrificado. En lo económico, Barco inició la apertura de Colombia al mundo (después de décadas de introversión) e implementó las primeras reformas críticas hacia la modernización del Estado. También enfrentó una férrea oposición. 

Nunca cuajó el barquismo como un movimiento caudillista, pero con el paso del tiempo su prestigio fue en aumento.

Quizás ese podría ser el legado de Duque: dejar a Colombia bien encauzada para la tercera década del siglo XXI y presidir el entierro de los ismos en la política colombiana.

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