Se supone que en unos comicios presidenciales se elige a un líder que represente unos principios, un ideario político, un modelo de gobierno. Se supone que un candidato a presidente presenta propuestas que encarnan lineamientos viables, futuras acciones que han requerido un análisis previo y un estudio responsable de realidades nacionales que hay que corregir, con el trabajo de expertos de cuál será el mejor camino para lograrlo.
Pero en Colombia nada de eso existe. En cada elección, lo que el país quiere elegir es una especie de mesías, un salvador que venga, ojalá de la nada, a poner orden al caos, a arreglar de forma mágica los miles de problemas que padecemos y a canalizar esa furia con la que vivimos. Aquí no se eligen propuestas, ni planes de gobierno, ni ideologías. En Colombia se vota por alguien o contra alguien, por el que mejor represente la idea de ese mesías que lo salvará todo, o por ese capaz de detenerlo.
Los resultados de las últimas encuestas lo comprueban. De manera vertiginosa empiezan a ubicarse en los primeros lugares de las preferencias electorales dos personas que saben perfectamente que no se necesita ni coherencia política, ni propuestas, ni programas de gobierno, sino un buen histrionismo, un halo de luz que los ilumine, un discurso de fácil repetición y un camino en el que hay que buscar votos a como dé lugar.
Gustavo Petro y Rodolfo Hernández se convierten hoy en esas dos alternativas de mesías y contra-mesías, sin que los colombianos analicen por un minuto si lo que proponen es viable o al menos quién los secunda.
Empecemos por Gustavo Petro. Mientras en sus discursos se eleva en una especie de palco de superioridad moral, desde donde señala a sus contrincantes de representar al continuismo, y pregona ser el único capaz de sacar adelante a este país (el mesías), propone soluciones inviables, que sus seguidores aplauden sin siquiera percatarse del sinsentido de lo que afirma. Ha dicho, por ejemplo, que prohibirá la explotación petrolera y convertirá al turismo en el reemplazo de las regalías del petróleo. ¿Cómo piensa Petro suplir los 65.000 empleos que genera la industria petrolera? ¿Con qué va a sustituir el ingreso por exportaciones de crudo, que representan el 55,4 por ciento de las exportaciones? ¿Qué turismo va a hacer en un país sin carreteras ni infraestructura? ¿Con qué las va a construir si no hay regalías? Qué tal cuando dijo que el Banco de la República debería imprimir más billetes para cubrir el déficit fiscal. ¡Petro sabe perfectamente que tal propuesta es un chiste! ¡Pero si es economista! Pero también sabe que esto le trae seguidores.
Mientras Petro les grita a sus opositores que encarnan el continuismo y las mañas de la politiquería, recibe en sus huestes a dos de los más altos exponentes de estos males: Roy Barreras y Armando Benedetti. El primero comenzó siendo militante del galanismo, luego de Cambio Radical y en un acto de acrobacia política aterrizó en el Partido de la U. Apoyó a Álvaro Uribe y luego conformó el equipo de los diálogos de paz del presidente Santos. Lo mismo pasó con Benedetti, quien fue primero congresista por el Partido Liberal, luego se acomodó en el de La U, para luego caer parado en la Colombia Humana.
En esta misma línea de incoherencias, Petro recibió en el Pacto Histórico al pastor cristiano Alfredo Saade, opositor abierto al aborto, a los derechos de la población LGBTI y admirador de Trump, que claramente se ubica en la ultraderecha, bien lejos de la izquierda que representa Petro. Pero al líder de la Colombia Humana no le importa. Hay que conseguir votos.
Y lo mismo ocurre con Rodolfo Hernández, que empieza a convertirse en la opción “anti-Petro”. Mientras repite su monólogo de que va a acabar con la “corrupción y la politiquería” y le dice a la prensa nacional que jamás se aliará con las maquinarias políticas, en su región, Santander, hace campaña con esos políticos que cuestiona. Mientras a la prensa bogotana le repite una y otra vez que no se sentará con politiqueros, en Bucaramanga se han adherido a su campaña Mario Camacho Prada, Édgar ‘el Pote’ Gómez y Bernabé Celis. El primero es un exgobernador que en 2008 fue condenado a siete años de prisión por los delitos de peculado, celebración indebida de contratos y prevaricato. Hoy es el dueño de la contratación del ICBF, a través de fundaciones que controla su esposa. Aunque Rodolfo ha negado que Camacho tenga algo que ver con su campaña, ¡ah coincidencia!, el primer renglón a la Cámara de su movimiento es Érika Tatiana Sánchez, quien ha trabajado en las fundaciones de la esposa de Camacho. El exgobernador sostiene que no ha financiado ni ha sido parte de la campaña de Hernández y que su apoyo es solo el de un viejo amigo. Por su parte, Édgar Gómez Román, congresista por 15 años, inició en el Partido Liberal y luego militó en Convergencia Ciudadana, al lado de Luis Alberto Gil, para regresar al liberalismo, desde donde ahora luce muy rodolfista. El último de los mencionados, Bernabé Celis, fue congresista de Cambio Radical por 20 años, hasta que perdió la reelección cuando fue denunciado por violencia intrafamiliar. Ahora su hijo su unió a la campaña del Ingeniero.
Rodolfo ha dicho que nada es cierto. Que son apoyos espontáneos y él no puede decirle “no” a un ciudadano que quiera apoyar su campaña; sostiene que estos tres viejos zorros de la política solo están allí para darle ánimo y alentarlo a seguir.
Es que en este país de incautos, al final, hay que ganar votos, sin importar cómo.
