En abril de este año, Petro le dijo a todo el país que había pagado la totalidad de la deuda del FMI, vendiéndolo como un logro y un gran avance económico para el país. Pero la realidad no fue esa, y mucha gente le aplaudió sin siquiera entender que nos habían endeudado al doble por la misma deuda.
Lo que no les contó a sus feligreses es que, para pagar esa deuda, tuvo que salir al mercado internacional a emitir bonos, pagando tasas de interés más altas que países con peor calificación crediticia que la nuestra. Mientras él celebraba el pago con su gabinete de incompetentes, Fitch y Moody’s rebajaron la nota del país, y el déficit fiscal se disparó a niveles que no se veían hace más de cien años, con una proyección de 8,1 % del PIB para este año.
Es decir, para ponerlo en términos sencillos: Petro pagó una deuda con otra, pero cambiando la tasa del 3 % por una que alcanzó a llegar al 6,5 %. Pasamos de pagar cerca de 167 millones de dólares al año en intereses, a pagar cerca de 294 millones de dólares en intereses.
¿Movida inteligente? No creo.
Pero sí es el patrón de todo lo que hace la izquierda cuando gobierna: no resuelve, dice que resuelve, con narrativas falaces que suenan a triunfo en el momento, pero después le pasan la factura a todos los colombianos.
Dicen: “Pagamos la deuda del FMI que adquirió Iván Duque”, y suena muy bien, suena a victoria para su electorado. Pero no dicen que fue una deuda que tocó asumir por la pandemia, y que para pagarla le tocó endeudar más a Colombia. Ganó el rédito político, pero Colombia va a perder millones de dólares en el futuro por culpa de esa mala decisión. Lo hacen a plena conciencia y no les importa, porque ya ganaron lo que querían.
Pasa igual con el salario mínimo. Vendieron victoria de subir el salario casi el 24%, generándole una falsa esperanza a los trabajadores, pero no dicen que esa medida, sin ningún sustento técnico ni económico, hizo que Colombia perdiera uno de cada seis empleos formales en un solo trimestre, y que la formalidad laboral cayera al 34 %. Engaños o “triunfos” coyunturales que venden como justicia social, pero que después traen miseria y pobreza a futuro.
También su famosa reforma agraria: cifras infladas de hectáreas “entregadas” que, primero, no llegan a lo prometido, y segundo, la gran mayoría sin ningún título consolidado. Es decir, la gente cree ser dueña de una tierra que no le pertenece, y sin un plan para mitigar a los grupos armados que presionan para que la abandonen.
Y Renta Ciudadana, con su promesa de acabar con el hambre, terminó igual que todo lo que dicen: el programa colapsó en 2025 por falta de plata, el presupuesto social se recortó a la mitad, y a la misma gente que dependía de ese subsidio le tocó, de un día para otro, organizarse en cooperativas para tratar de solucionar un problema generado por una falsa promesa en su momento.
Ejemplos hay miles. Anuncian una solución inmediata, cobran el aplauso, se ganan el voto rápido, y cuando el problema estalla a futuro por tomar medidas sin sustento técnico ni económico, ya hay otra persona en el poder y nadie se acuerda de que ese problema es causa de una mala decisión tomada en el pasado, por gente a la que no le importa el buen funcionamiento de las cosas, sino solamente la victoria inmediata.
Por eso nos ha costado tanto ganar el relato, aunque tengamos la razón. Pagar una deuda de verdad, sin maquillajes chimbos, bajar impuestos, recortar Estado, dejar que el mercado regule los precios, son decisiones que toman tiempo y no se sienten con rapidez. Y por eso el político de izquierda hace cosas que dan un alivio inmediato, pero que después les desangran los bolsillos a todos.
Y ganarle esa pelea a la izquierda no se hace solo con buen manejo económico. Es una batalla cultural permanente que el nuevo gobierno ya puso sobre la mesa, para que la gente entienda que la magia fiscal no existe, y que muchas veces una solución inmediata nos empobrecerá a futuro.
