El pasado 8 de septiembre, el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, viajó a Barranquilla para reunirse con el presidente Abelardo De La Espriella. La Cancillería describió la visita como el inicio de la reconstrucción de la alianza estratégica entre Bogotá y Washington en torno a tres ejes: seguridad, comercio y defensa de valores compartidos. Por su parte, el Departamento de Estado hizo énfasis en la posición histórica de Colombia como el principal aliado de EE. UU. en la región, la importancia de la seguridad y la necesidad de retomar la ofensiva en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo transnacional.
A primera vista, y para muchos en la oposición, la visita representó un regreso al pasado. Desde la izquierda, saltaron los trasnochados coros sobre la renarcotización de la agenda y la sumisión de Colombia ante el imperio bajo el velo de un nuevo Plan Colombia. Pero esa es una lectura incompleta bajo un lente desgastado.
Lo cierto es que Barranquilla no fue la única parada y la seguridad no fue el único tema. En realidad, la visita se centró en el asunto geopolítico del siglo: la carrera entre Estados Unidos y China por el dominio de la inteligencia artificial y la conquista del espacio.
A saber, la visita de Rubio hizo parte de una gira regional que también incluyó a Ecuador y Perú, y el trasfondo de la agenda fue previamente anunciado desde una columna de Rubio titulada “Un hemisferio que cumple”, publicada en Colombia por este medio, entre otros.
La columna, en términos prácticos, refleja la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025, cuyos ejes declarados incluyen la guerra al crimen transnacional, vecinos estables y bien gobernados que no expulsen migrantes, un hemisferio sin potencias hostiles sobre los activos clave y acceso a las ubicaciones estratégicas.
Los primeros dos ejes pasan por el asunto de Venezuela. Rubio reconoció que el ELN y las disidencias de las Farc operan “abiertamente y con impunidad desde territorio venezolano” desde hace “más de 10, 15 años”, situación que calificó de insostenible y aseguró que debe resolverse, para lo cual ofreció colaborar. Esto, días después de que la cúpula militar de Colombia confirmó que los líderes de ambos grupos están “en su totalidad” en Venezuela. Este es un primer paso para cobrar lo que Venezuela nos debe.
Pero pasemos al verdadero trasfondo estratégico. En julio de 2025, Estados Unidos publicó un Plan de Acción de IA, que busca que sus aliados adopten todo el stack tecnológico estadounidense, desde el chip hasta la aplicación. Cinco meses después, publicó el Corolario Trump a la doctrina Monroe, que restringe el control de activos estratégicos en las Américas por parte de potencias extrahemisféricas. Y en la antesala de su visita, Rubio acusó a China de usar prácticas predatorias para menoscabar la soberanía de las naciones y la seguridad de los datos en la región. El interés subyacente de EE. UU. es claro.
No en vano en Barranquilla se firmaron dos memorandos de entendimiento que nada tienen que ver con narcoterrorismo. Uno sobre cooperación estratégica en energía nuclear civil y el otro sobre minerales críticos y tierras raras. El desarrollo de la IA se basa en tres pilares: energía, capacidad de cómputo y datos. Es decir, ambos documentos están orientados a asegurar las cadenas de suministro de los insumos para los semiconductores y la energía requerida por los centros de datos que soportan la IA.
En su paso por Quito, Rubio anunció que Google, Palantir y SpaceX están estableciendo operaciones e infraestructura digital en Ecuador. Por su parte, en Lima, anunció conectividad satelital de SpaceX para el sur del Perú e inversiones en minerales críticos, esto en un país con considerable presencia china en el megapuerto de Chancay, controlado por Cosco, y los centros de datos de Huawei. Mientras tanto, SpaceX busca sedes dentro y fuera de EE. UU. para puertos espaciales y Antioquia postuló al Urabá.
Kissinger decía que la política exterior de los EE. UU. era un reflejo de su política interna. Curiosamente, la semana pasada vimos ocurrir exactamente lo opuesto.
Tras la gira, los líderes de tres de los principales laboratorios de IA en EE. UU., Anthropic, OpenAI y xAI, pidieron una desaceleración en el desarrollo de esta tecnología y supervisión independiente debido a los riesgos que representa.
El debate de fondo no es trivial. Para unos, el llamado a la pausa es una estrategia de captura regulatoria, en la que los punteros piden reglas cuyo costo solo ellos pueden pagar para mantener su ventaja. Para otros, se trata de una psyop (operación psicológica) para que un grupo de tecnócratas tome control de la IA. Por su parte, los laboratorios insisten en que surge de una preocupación sincera por riesgos de dimensión existencial.
Al final, la teoría de juegos es lo que más pesa. El CEO de Palantir fue claro al respecto: “Si no tuviéramos adversarios, estaría totalmente a favor de pausar esta tecnología, pero los tenemos”. La realidad es que un acuerdo de mutua desaceleración es muy difícil de sostener. En un contexto adversarial, frenar el desarrollo propio sin poder verificar que el rival haga lo mismo equivale a perder. Por eso, ningún actor, privado o estatal, se va a detener. El presidente Donald Trump lo dejó muy claro cuando afirmó que “quien gane la inteligencia artificial, gana”, sosteniendo que la desaceleración solo beneficiaría a China.
Esa frase de Trump reconoce la trascendencia de la carrera que está en curso y, al mismo tiempo, la relevancia del terreno donde se corre. Por su posición geográfica, energía, minerales, agua y clima, Colombia es un actor estratégico que, según la Cancillería, comparte los propósitos de “blindar el hemisferio” y defender los valores de Occidente.
De tal manera que la pregunta no es si participamos, sino en qué condiciones. El haber sido el principal aliado de Washington en la región durante las últimas décadas (y el costo que pagamos por ello con Venezuela) nos faculta para exigir un tratamiento acorde a nuestro aporte histórico y a nuestro valor estratégico en la carrera por el futuro.
La hoja de ruta trazada en los “Acuerdos de Barranquilla” debe materializarse en resultados concretos: participación de empresas colombianas en la reactivación petrolera de Venezuela, como parte de la reparación que se nos debe; inversión en la reactivación de nuestros propios hidrocarburos y en fuentes alternativas de energía, que apuntale la soberanía energética; inversiones en minería y en capacidades para transformar los minerales en nuestro propio suelo; transferencia tecnológica; y centros de datos acompañados de una industria de ciberseguridad y soberanía sobre los datos.
Los vientos geopolíticos soplan a nuestro favor y la oportunidad está sobre la mesa. La carrera por las tecnologías que definirán este siglo pasa por Colombia.
