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Opinión

  • | 2020/01/25 04:00

    “Good riddance, Mr. Ambassador”

    Todo es escandaloso. ¿Desde cuándo Estados Unidos designa un embajador colombiano? ¿Desde cuándo un Gobierno de Colombia acepta?

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No hay cargo más relevante en la diplomacia colombiana que el de embajador en Washington. Es uno de los cinco fundamentales del Gobierno; los otros son los ministerios de Interior, de Defensa, Hacienda y Relaciones Exteriores. Este quíntuple bien escogido puede ser la diferencia de un Gobierno popular o impopular. Algunos los llaman los inamovibles. 

En un Gobierno normal, sería lógico que estos cinco se quedaran toda la administración; son la raíz del Gobierno. El presidente Iván Duque se los entregó al uribismo; un pago por la victoria. Diecisiete meses después, solo queda el de Hacienda. Los otros cuatro cargos críticos fueron reemplazados; una señal de debilidad. 

El de Defensa se fue con el rabo entre las piernas: se tuvo que ir ad portas de ser destituido. La nueva canciller, Claudia Blum, enfrenta un mundo convulsionado, muy diferente al de agosto de 2018. En otras palabras, Carlos Holmes Trujillo le entregó una política exterior en crisis. Es triste que ese fuera el resultado, que el nuevo giro internacional fracasara. No le queda nada fácil a Blum, quien llegó al cargo después de nueve años de exilio político.

Es inminente el retiro de Nancy Patricia Gutiérrez del Ministerio del Interior. No funcionó. Nunca estableció una fructífera relación con los partidos ni con el Congreso. Lleva meses pidiendo el cambio y solo hasta ahora se va a dar; una inacción inaceptable. 

La que suena para nueva ministra, Alicia Arango, también es uribista, pero por lo menos trae un punto de vista diferente. Nancy Patricia no tenía el peso significativo. La pregunta es si llegará como representante independiente o solo como mensajera de Álvaro Uribe Vélez. La ministra del Interior necesita un grado de autonomía para hacer bien su trabajo.   

Igual ocurre con el embajador en Washington. Tiene un nivel de independencia para adelantar la difícil labor diplomática.

Francisco Santos nunca la tuvo. De entrada, su nombramiento era polémico. Fue designado para resolverle un problema al Centro Democrático: que no fuera el candidato a la Alcaldía de Bogotá. Pensaban que otro aspirante sería más fuerte. Se quedaron sin el pan y sin el queso.  

Todo es escandaloso. ¿Desde cuándo Estados Unidos designa un embajador colombiano? ¿Desde cuándo un Gobierno de Colombia acepta?

Pacho Santos no tenía la relación necesaria con el presidente para el cargo de embajador. Fue evidente con el paso de los meses. Además, con Carlos Holmes Trujillo no había confianza, entre otras por las elecciones de 2022. Nunca pudieron ir más allá de la tensión. 

Iván Duque pensaba en alguien del perfil de Luis Alberto Moreno para primer embajador de los nuevos vínculos con Estados Unidos; una persona de más íntima confianza para él. Alguien que Estados Unidos supiera que era el alter ego del presidente. Juan Manuel Santos lo tuvo. Gabriel Silva, Carlos Urrutia, Luis Carlos Villegas y Juan Carlos Pinzón representaban a Colombia. Los gringos los trataban con respeto. A Pacho Santos, no.

Según D’arcy Quinn, el Departamento de Estado le cobró a Santos sus críticas. Que la canciller Claudia Blum visitó el secretario del Estado sin el embajador, que Mike Pompeo aceptó ir a Colombia sin Santos. Son palabras mayores. 

Pero esa también es una señal de tibieza e inseguridad. En la diplomacia seria, no se le permite al otro escoger al interlocutor. Y menos en el caso de Estados Unidos. Pueden ser amigos, pero con respeto. Si es cierta la versión de D’arcy, estamos ante un hecho sin precedentes. Un tratamiento de quinta a uno de los aliados históricos de los Estados Unidos. 

Pacho Santos no se merece este trato, ni mucho menos el presidente. No conozco un hecho diplomático de ese nivel. 

Todo es escandaloso. ¿Desde cuándo Estados Unidos designa un embajador colombiano? ¿Desde cuándo un Gobierno de Colombia acepta? Es un tema de alta sensibilidad diplomática que se manejó con los pies. Un embajador en ejercicio, a quien se le informa que no puede ir a una visita oficial, no tiene antecedentes. Menos cuando el visitante es el secretario de Estado. 

Obviamente no le quedó a Santos sino renunciar. Y mientras el Gobierno encuentra a alguien para enviar a Washington, queda sin dirección la embajada. Es una situación compleja; esa embajada en particular tiene múltiples temas que resolver y no se pueden dilatar.  

Tampoco es un cargo sin controversia. El nuevo integrante debe caminar con cuidado en un año electoral en los Estados Unidos. No es lo único; también deberá reconstruir relaciones con ambos partidos. En pocas palabras, hacer amigos silenciosos. Un verdadero desafío.

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