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Opinión

  • | 2018/04/21 22:26

    La "carta a mi sucesora" de Tutina

    El secreto está en tratar con la gente humilde, el recibir su cariño. Por apoyar a Juan Manuel cuando se quiso acercar a las regiones, conocí al país verdadero: atendí a ministros que se ponían chaqueta de cuero negro, como Amilkar Acosta; me hice amiga de ministras que no decían “cartera”, sino “bolso”. Me senté a manteles con gentecita de clubes como El Rincón.

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La política colombiana no acudía a la redacción de cartas de manera tan vehemente como en estos días: Iván Duque, para comenzar, escribió una carta a la hija, que resultó ser, originalmente, de Albert Rivera. La carta, quiero decir. Al mismo tiempo, y para no ser menos que nadie, el presidente Santos se dejó derrotar por la nostalgia y escribió unas palabras retóricas a su sucesor, en que ofrecía un soterrado balance de su gestión, mientras disparaba consejos paternales. Por si no fuera suficiente, la unidad investigativa de esta columna halló la epístola que la primera dama de la nación, doña María Clemencia Rodríguez de Santos, redactó ella también para su reemplazo. Es esta:

Querida sucesora:
A estas alturas no sé todavía quién seas. Si eres la mujer de Iván Duque, sigo en las mismas: recuérdame tu nombre, porfis.
Servir a los colombianos es el más alto honor al que puede aspirar una mujer. En estos ocho años silenciamos no solo las armas, sino también a los expertos en moda. Se me vienen a la cabeza, como en un sueño de película, la bata japonesa que vestí ante el papa y la pijama blanca y dorada con los que impresioné a los Emires en Abu Dabi: ambas imprimieron un carácter sobrio a esta Presidencia, y permitieron que inscribiéramos a Silvia Tcherassi y Johanna Ortiz en el Registro Único de Víctimas.

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Ten la seguridad de que no voy a interferir en tu trabajo. Decora como quieras. No te diré cada cuándo debes cambiar las cortinas, ni si debes ofrecer almendras de lujo a las visitas. Tú verás. Te digo, eso sí, que dejo Palacio con la frente en alto. Me llevo la satisfacción de haber dejado mi impronta aun en ámbitos que iban más allá de mi oficina, como las labores diplomáticas. A mi hermano Mauricio lo tuvimos de embajador en Londres; a su exesposa, en Portugal; y permití que la ex de Juan Manuel estuviera en París y Roma. Por su lado, Aída, en Madrid, ya es una socialite cuyo gusto es admirado por la televisión española. Y todos esos hallazgos fueron producto de mi olfato.

Ser primera dama es tarea ardua. Bajo mi administración, me anoté éxitos como conseguir que la propia Vicky Turbay se vistiera ella misma de paloma mientras nos entregaba la escultura de la paz de Botero; decoré con la misma platería de Aída algunos de los rincones más hermosos de esta jaula de oro; casé a los Mira. Y ni un solo compañero del grupo tándem de golf del Country podrá decir que no fuimos generosos.

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Querida sucesora: hoy puedo decir que me siento orgullosa de mi gestión. Si me preguntas cómo contrarrestar el estrés diario de dar órdenes en la cocina de Palacio, la Casa de Huéspedes y Hatogrande (sin desatender Anapoima ni el apartamento en Bogotá), te diré: el secreto está en tratar con la gente humilde, el recibir su cariño. Por apoyar a Juan Manuel cuando se quiso acercar a las regiones, conocí al país verdadero: atendí a ministros que se ponían chaqueta de cuero negro, como Amilkar Acosta; me hice amiga de ministras que no decían “cartera”, sino “bolso” (incluso refiriéndose al ministerio: el bolso de justicia). Me senté a manteles con gentecita de clubes como El Rincón. Y todo eso me llena el alma porque es construir país sin diferencias.

En la mesita de noche dejé cositas personales de Juan que, en determinados momentos, se pueden usar. El parche de té que se ponía para desinflamar los párpados. La malla para fijar el pelo. Los controles remotos tanto del Netflix como el que usábamos para llamar a Prieto. El libro Traidor de su clase que supuse era una biografía de Angelino Garzón, pero resultó siendo un relato sobre Lincoln. (Luz María, si eres tú, te dejé una belleza de mantel en el cuarto de linos, que, cuando yo llegué a Palacio, llamaban “el cuarto de Linas”, porque lo usaba la mujer de Uribe para leer filosofía a escondidas. Es de una tribu de indígenas divinos que se lo dieron a la gerente de Artesanías de Colombia. Después te averiguo el nombre. De la gerente de Artesanías, quiero decir. (A ver si la dejas).

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Por último, van algunos consejitos con base en mi experiencia. Seas quien seas: manda a lavar las sábanas. Juan dormía con cinco perros que son su adoración, y yo, de hecho, muchas veces tuve que dormir en el piso, en una camita, porque no me daban espacio. Hace poco, el propio Juan subió a su cuenta de Instagram una foto con todos ellos que la gente supuso era un consejo de ministros. Como sea: laven ese edredón. En el cuarto de san Alejo, que en épocas de Uribe llamaban el cuarto de Rito Alejo, dejé un zapato sin suela que se le quedó a Gaviria; una faja de Samper; varios letreros de fonda con que antes estaba decorada la Casa Privada. Allá también quedó Belisario Betancur. Estaba entregado a la lectura. Trata de taparlo con una cobija. Yo lo cobijé con las cortinas viejas.

Si eres la mujer de Petro, las sartenes están en el segundo estante de la cocina, a la izquierda. Si eres Carlos Alonso Lucio, dejé cunchos de henna en el baño. Si eres la mujer de Duque, trata de no hacer trizas la escultura de la paloma. En últimas, guárdala en el cuarto de Rito Alejo. O el clóset de Linas, porfis. 

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