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Opinión

  • | 2018/10/16 00:13

    Estamos jodidos

    La semana pasada todos los colombianos estábamos celebrando, casi con lágrimas en los ojos, la llegada del pequeño Cristo José a la libertad. Luego de intensos operativos conjuntos entre las distintas fuerzas de la Policía y el Ejercito Nacional, había terminado por fin ese tormento inhumano que es el secuestro.

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El país estaba conmocionado con el solo hecho de saber que un niño de apenas 5 años había sido privado de la libertad. Todos los noticieros, los programas de radio y los periódicos, se dedicaron a darle un gran despliegue a la noticia y a hacer un llamado a la sociedad y a las autoridades para que se movilizaran y se diera así por terminado el calvario del que estaba siendo víctima esta criatura.

Así las cosas, el tema de la liberación de Cristo José se fue volviendo una prioridad no solo para las autoridades, los medios, y la opinión pública en general, sino para el gobierno nacional. El presidente Duque, en su condición de comandante de jefe de las Fuerzas Armadas, se puso al frente de los operativos, se encargó personalmente de monitorear minuto a minuto cada movimiento, y se dio a la tarea de no descansar hasta que este niño encantador y carismático estuviera de nuevo reunido con sus padres y seguro en el seno de su hogar.

Si uno mira por encima este panorama, resulta difícil no pensar: “Hombre, qué maravilla de país en el que vivimos! Cómo hemos cambiado. Qué gente tan consciente y tan solidaria somos. Qué gobierno tan diligente y eficaz. Hay esperanza. ¡Vamos pa´ lante, Colombia!”. Quien viera sin mucho detalle el caso de Cristo José, podría creer que aun cuando en nuestro país se siguen presentando situaciones tan lamentables como esta, no deja de ser un motivo de alivio que se les preste toda la atención, y se logren solucionar así de rápido. Durante los seis largos días que duró Cristo en cautiverio, sus padres fueron entrevistados en todos los medios, su nombre se volvió tendencia en las redes sociales, se movilizaron miles de hombres de las Fuerzas Armadas, se ofrecieron 150 millones de pesos de recompensa a quien diera información sobre su paradero y el gobierno en pleno concentró todos sus esfuerzo en lograr su liberación.

Finalmente se vieron los frutos de la presión ejercida y los colombianos vimos la foto que pedíamos a gritos. Con la desgarradora frase: “Mami, me robaron”, pronunciada por el niño en el instante en el que regresó al lugar más seguro que existe, -los brazos de la madre-, se dio por terminado este triste episodio. Pocas horas después, Cristo José y su familia fueron recibidos con bombos y platillos en el Palacio de Nariño.

Todo esto suena muy bien. Parece el deber ser de las cosas. Pero todo este episodio, más que hacernos sentir orgullosos y tranquilos, debe abrirnos un espacio a la reflexión y, a decir verdad, debe darnos a todos vergüenza. Tristemente, el caso de Cristo José es un perfecto retrato de todo lo que está mal en Colombia.

No podemos quedarnos con una sola cara de la moneda. Con la parte alegre, con la satisfacción del deber cumplido. Porque detrás de todo esto hay un tema que poco se ha tratado. Me refiero a la razón por la que este caso de secuestro se volvió la prioridad número uno en la agenda nacional. Cristo José está hoy en libertad y no olvidado en el infierno del cautiverio, porque es el hijo de un alcalde. Así de sencillo. A él le pararon bolas porque su padre está en la plena capacidad de conversar con los periodistas, de hablar con el presidente y de movilizar el amigo Estado. Sin dejar de lado la alegría que debe producirnos saber que Cristo José está libre, sano y salvo, es necesario que pensemos en los miles de niños que sufren exactamente lo mismo pero que no son hijos de nadie.

¿Qué dice de nosotros como sociedad el hecho de que solo nos importe una tragedia de estas magnitudes cuando los afectados son “gente importante”? ¿No será que estamos un poquito enfermos? ¿No se evidencia en esto una profunda crisis de valores? ¿Qué se puede esperar de un país en el que no importan los niños si sus papás no son conocidos?

Según las cifras oficiales, en lo que va corrido del año han desaparecidos 1.602 menores de edad. Repito, ¡1.602 menores de edad!. Y a nosotros, siendo como somos, de esos 1.602, solamente nos importó uno. Uno solo. El hijo del alcalde. Qué tristeza. ¿Qué será de esos otros 1.601 niños perdidos? ¿Dónde están las recompensas para encontrarlos? ¿Dónde están los operativos? ¿Dónde las tendencias nacionales de Twitter y los medios escandalizados? ¿Será que a ellos los van a encontrar? ¿Será que los van a recibir en el Palacio de Nariño con videos de los deportistas más importantes de Colombia saludándolos?. Yo no creo, porque a diferencia del pequeño Cristo José, ellos no son hijos de gente que pueda poner a todo el Estado a buscarlos…

Han pasado 27 días desde que fue secuestrado Alberto Cardona Sanguino, un niño de apenas 6 años que fue visto por última vez de la mano de su padre camino a la entrega de notas en el colegio. La desaparición fue reportada por los hermanos del pequeño Alberto, unos niños de 7 y 10 años que están desesperados tratando de encontrar a su hermanito y a su papá. Al principio a Alberto solo lo estaban buscando sus vecinos, sus familiares y unos voluntarios de la Cruz Roja, y por él no habían ofrecido recompensa.

Unos días después, las autoridades locales ofrecieron una recompensa de 10 millones, y acaban de subirla a 70. Por alguna razón la vida de este niño vale para el Estado menos de la mitad que la de Cristo José. Así como tampoco se ve la misma diligencia en el gobierno, ni el mismo despliegue de la fuerza pública, ni se oyen por ninguna parte los periodistas indignados. Hoy por hoy, sus familiares y amigos ruegan porque a este caso se le preste la misma atención. Esta columna no es más que un llamado a que eso pase.

Este niño, igual de pequeño, igual de frágil, igual de inocente, igual de vulnerable e igual de colombiano que Cristo José debería recibir el mismo despliegue, la misma atención y la misma diligencia, así su papá no fuera el alcalde de ninguna parte. Digo fuera, y no sea, por que lamentablemente el padre de Alberto ya fue encontrado muerto y lleno de balazos. Del paradero del niño todavía no se sabe nada.

Esto no es una crítica ni al gobierno, ni a los medios, ni a nadie. Es un simple llamado a la reflexión, pues si uno comprara los dos casos, y las dos respuestas, pues hombre, tenemos mucho que pensar….

En Twitter: @federigomezla

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