opinión

JORGE HUMBERTO BOTERO
JORGE HUMBERTO BOTERO. PRESIDENTE DE FASECOLDA BOGOTA, OCTUBRE DE 2017 FOTO GUILLERMO TORRES - REVISTA DINERO - Foto: Guillermo Torres

Loa a Don Quijote

Al regresar al campo, después de meses de ausencia, para mi felicidad me tropiezo con Don Quijote.


Por: Jorge Humberto Botero

Escribo desde las montañas de Colombia, como lo proclamaban las Farc en sus épocas de auge y arrogancia. Al dejar vagar la mirada por los anaqueles de mi biblioteca en estas cumbres andinas, me salta a la vista la edición del Quijote editada por la Academia Española de la Lengua para conmemorar el IV centenario de la publicación de la primera parte en 1605; la segunda es diez años posterior. Esta anotación es pertinente: lo que nació como dos libros diferentes, desde siglos atrás se publica como si fuera uno solo. Las diferencias entre ambos textos son notables. En la segunda, Cervantes omitió los relatos intercalados en la primera que nada tienen que ver con el curso de la novela y embarazan, sin necesidad, su lectura. Y mientras en la primera pretende que la novela es de un autor árabe, Cide Hamete Benegeli, que él ha traducido al castellano, en la segunda, los duques que dan albergue a Don Quijote le cuentan que han leído ya la primera parte, lo cual supone que el protagonista de la obra es -para ellos- una persona real, no fingida. Sin embargo, como los duques son también producto de la imaginación, en el fondo, y con enorme habilidad, Cervantes construyó un juego de espejos. La novela misma, en la segunda parte, es parte de la novela, prueba inequívoca de que su autor, habiendo ganado soltura técnica mientras escribía, podía concederse algunas audacias estilísticas.

Cervantes no formaba parte de las élites intelectuales de España. Había sido militar de bajo rango, cautivo, durante varios años, por los moros en Argel, modesto funcionario civil procesado y preso, un par de veces, por imputaciones de desfalco al erario; había publicado La Galatea, una novela de ambiente bucólico, que circuló sin pena ni gloria. Era, en suma, un hombre del montón. No sorprende, entonces, que al dar a la imprenta la primera parte del Quijote, ningún letrado prestigioso le concediera, según la costumbre, unas cuantas palabras laudatorias para colocarlas en el frontispicio de su libro. Estoico y modesto como siempre fue, dejó escrito en el prólogo: “Quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo… y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo controvertir el orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra a su semejante. Y, así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo, …bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?”.

Tal vez para evitar la desilusión de un posible fracaso, Cervantes quiso moderar sus expectativas. Por fortuna, se equivocó. A pesar del desdén de los ilustrados de su época, el éxito fue abrumador entre quienes realmente importa: los lectores. A la primera edición pronto se siguieron otras y las primeras traducciones a otras lenguas. Igualmente, una continuación espuria de las aventuras de Don Quijote y Sancho publicadas por Alfonso Fernández de Avellaneda en 1614. Viejo y enfermo, Cervantes publicó la segunda parte, que culmina con la muerte del Caballero de la Triste Figura, estrategia eficiente para cerrar el camino a nuevos falsarios. “Muera la posibilidad de otros relatos, que no podrán ser de mi autoría, para que perdure en la memoria de los hombres el Quijote tal como lo he concebido”. Fue ese, imagino yo, el designio de Cervantes, quien murió poco después.

En 1615, cuando publica la segunda parte, El Manco de Lepanto estaba ya persuadido del valor de su creación. En su dedicatoria al conde de Lemos escribe, burla burlando, que el emperador de la China le ha pedido que le mandase una copia “porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de Don Quijote”. Ese monarca ficticio tuvo razón a pesar de ser ficticio (mire usted qué paradoja). Cervantes consolidó la lengua española y sentó las bases para su ulterior desarrollo. Es un mojón fundacional como Lutero y Shakespeare lo son para el alemán y el inglés. Don Andrés Bello, el primero y más grande de los intelectuales latinoamericanos, con justa razón utilizó la novela cervantina como modelo para su gramática de la lengua española que publicó en Chile en 1881.

Buena parte de las aventuras quijotescas son conocidas a grandes rasgos: la conversión de Dulcinea en una vulgar labradora; el ataque a los molinos de viento, que Don Quijote confunde con malévolos gigantes; la liberación de los galeotes; el vuelo en Clavileño, que él y Sancho creen que es un artefacto mágico y no el instrumento de una cruel broma; las peripecias en el castillo de los Duques y muchas otras. Cabe, entonces, preguntarse: ¿de qué me sirve leer un libro que conozco y, además, si ya vi la película? Hay dos razones poderosas: el arte literario no proviene de la relación de unos ciertos hechos, reales o inventados, sino del artificio de las palabras: en esencia, no importa qué se cuenta, lo relevante es cómo la narración trascurre; el lenguaje cinematográfico y la literatura -la imagen y la palabra- son radicalmente diferentes. El tema puede ser el mismo en ambos géneros; su realización es distinta.

Es necesario el despliegue de un cierto cúmulo de motivos para invitar -como aquí se intenta- a la lectura o relectura de una obra que, tanto ahora como en el siglo XVII, se sigue leyendo y no porque en la secundaria hayamos sido forzados a leerla, o a fingir que lo hacíamos. Alonso Quijada era hombre de modesta fortuna que, liberado de la obligación de trabajar, pudo pasar los días de sol a sol y las noches en claro leyendo libros de caballería, un género ya casi extinguido. La acumulación de esas lecturas lo conduce al delirio: a creer que esas historias son reales y que él debe salir por los campos aledaños a su aldea a proteger viudas y huérfanos, y a enmendar otros agravios contra la justicia, nada de lo cual sucedía en una supuesta edad dorada, así llamada no porque el oro fuera abundante, “sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano…”.

Es este un mito antiguo. En la tradición judeocristiana, Adán y Eva, que vivían sin necesidades en un comunismo primitivo, violan la prohibición, impuesta por Yahvé, de no comer de los frutos del árbol del conocimiento -es decir, asumen a plenitud la condición humana- y por eso se les expulsa del Paraíso: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Este mito es equivalente al helénico de Prometeo, que se rebela contra los dioses y entrega el fuego a los hombres, o, lo que es lo mismo, los dota de recursos para acceder al conocimiento y ser libres. Podemos apreciarlo, igualmente, en el poeta romano Virgilio (siglo I a. C): “Antes que Júpiter, nadie cultivaba los campos, / ni se ponían cotos ni linderos en ellos; / la tierra era común: lo daba todo con largueza / y producía frutos por sí misma, abundantes”.

Las utopías, en vez de evocar un pasado legendario, cifran sus esperanzas en los tiempos por venir. Postulan la idea de que se puede llegar en un futuro, más o menos próximo, a una sociedad sin clases, en la cual las necesidades habrán desaparecido y reinará la armonía social, se habrá abolido para entonces la propiedad privada. Ambas convicciones son de especial peligrosidad, sirven de fuentes de inspiración a fanáticos religiosos, digamos Savonarola o Calvino. O a tiranos políticos, como Hitler y Stalin, que en el siglo pasado produjeron catástrofes humanitarias gigantescas.

Las utopías tambien abundan. Desde la Republica Platónica, que estaría gobernada por los sabios, hasta la sociedad sin clases propuesta por Marx. El cristianismo, como religión salvífica que es, postula una vida perdurable; esta puede ser su diferencia fundamental con el judaísmo, el útero de donde proviene.

Por fortuna, como Don Quijote era un caballero andante, cuyas armas ofensivas se limitan a su lanza y sus fuerzas son menguadas, su capacidad de hacer daño era ninguna. De hecho, fracasa casi siempre en sus propósitos justicieros suscitando, en primer término, la hilaridad del lector y, luego, su tristeza por su reiterado fracaso.

El tierno enamorado de Dulcinea es también un defensor acérrimo de la libertad humana. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y se debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que pueda venir a los hombres”. Con estas palabras habla Don Miguel a través del flaco jinete de Rocinante, pues muchas afrentas a su libertad había padecido.

Don Quijote es un libro de aventuras. Acompañado por Sancho, vaga por los campos sin un plan determinado y en ese deambular le pasan cosas. Su más remoto e ilustre precedente es La Odisea. Terminada la guerra de Troya, inicia Ulises el retorno a su patria, empresa en la que demora diez años; en el interregno fallecen todos sus compañeros. Las dificultades que afronta en ese conato son producto del azar o del designio de la diosa Atenea. Finalmente, gracias a su astucia y a la misericordia de la deidad logra regresar a Ítaca. Abundan las novelas de este tipo, por ejemplo, Moby Dick, de Melville, y otras muchas que no mencionaré. Más interesante resulta anotar que el tipo de relato itinerante, que es propio del Quijote, emerge con especial fuerza en los road movies del cine norteamericano de los años setenta del siglo pasado. Valdría la pena ver Bonnie and Clyde de 1967, Easy Rider de 1969, y algunas películas de la zaga sobre las caravanas colonizadoras del Far West.

Libro de viajes, sí, pero tambien de fascinantes conversaciones. Don Quijote y Sancho, luego de cada amarga derrota, dialogan sobre las peripecias ocurridas. La sabiduría de esos intercambios es inigualable. De otro lado, es necesario mencionar, en este incompleto sumario de virtudes, la belleza de la lengua cervantina. Decirlo es, por supuesto, una obviedad: la literatura es, en esencia, una experiencia estética y la prosa cervantina es inigualable.

Aquellos a quienes quiero convencer para que ingresen a la cofradía quijotesca, de seguro saben que Don Quijote era un loco (en ciertas dimensiones de su vida, no en todas), pero quizás ignoren que ante la inminencia de la muerte recobra la lucidez: “Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano… ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería… ya, por misericordia de Dios, escarmentado en cabeza propia, las abomino”. En un pasaje hermoso, Sancho, que tanto ha padecido los disparates de su amo, trata de devolverlo a su condición de orate, una muestra suprema de su amor por él. ¿Nos deparará el destino, a ustedes y a mí, esa misma clarividencia para hacer el balance final de nuestro paso por la tierra?

Varias veces, la última en 1590, Cervantes pidió al rey Felipe II que se le concediera un empleo en América. Justificó su aspiración anotando que “ha servido a S. M. muchos años, en las jornadas de mar y tierra que se han ofrecido de veintidós años a esta parte, particularmente en la batalla naval, donde le dieron muchas heridas, de las cuales perdió una mano de un arcabuzazo…”. La extensa carta abunda en los detalles de los muchos otros servicios prestados a la Corona. Fue vana su petición; lo despacharon con cajas destempladas, para gloria suya y de las letras hispánicas: bien puede suponerse que si hubiese logrado una posición burocrática a este lado del Atlántico, jamás habría culminado su obra maestra.

Los clásicos tienen -por último- esta virtud: reverberan a lo largo del tiempo, como las olas en un estanque al que arrojamos un pedrusco, en las obras de otros escritores. Mencionaré algunos de esta tierra nuestra:

Pedro Gómez Valderrama, abogado, político y escritor ilustre del siglo XX, tomó apoyo en la anécdota que acabo de mencionar para escribir un relato titulado En un lugar de las Indias. Finge allí que la solicitud de un cargo burocrático le fue concedida, y Don Miguel designado contador de las galeras reales con sede en Cartagena de Indias, en donde muere de enfermedades tropicales aunque feliz por el erótico amor de una mulata. Sus cuentos completos fueron publicados años atrás por Alfaguara y no hace mucho por la Universidad de Antioquía. El Quijote a lo paisa, de Argos y Jorge Franco, es una grata reescritura de algunos textos quijotescos en el habla vernácula de Antioquia, mi región. Dos pequeños y deleitables libros, que no he podido encontrar en mi biblioteca, uno del Padre Carlos E. Mesa y otro de Alberto Velásquez Martinez, editados ambos, creo recordar, por el Instituto Caro y Cuervo. José Antonio Uribe Prada, publicó Don Quijote abogado de la Mancha (Temis, 1990, segunda edición), libro espléndido en el que discurre sobre aspectos jurídicos del Quijote.

La edición de la Academia que he tenido a mano al escribir esta nota es estupenda. Contiene, entre otros valiosos escritos, un prólogo de Mario Vargas Llosa, en el que muestra la relevancia de la novela para los lectores de hoy. Y un estudio de Martín de Riquer, el gran filólogo español, quien nos aporta las claves biográficas de Miguel de Cervantes, una tarea indispensable: la personalidad de Don Quijote es condensación de la propia del autor, que fue plena en esfuerzos fallidos, infortunios y serena dignidad. Ya para irme, un par de brochazos sobre el contexto histórico del siglo XVI. En 1571 España, como parte de una coalición de naciones católicas, derrota a los musulmanes en la batalla de Lepanto, que puso fin a su dominio en el Mediterráneo. Esa fue la conflagración en la que Don Miguel combatió y resultó herido. Sin embargo, el intento de invasión a Inglaterra en 1588 fue un fracaso absoluto y marcó el comienzo del fin de la hegemonía española en los mares. Es igualmente época de florecimiento literario y de la contrarreforma protestante, protocolizada por el Concilio de Trento en 1563. En el Quijote se plasman valores universales, de allí su trascendencia, pero Cervantes y sus criaturas pertenecen también al tiempo concreto que les tocó vivir.

La edición de la Academia se encuentra disponible en las librerías. Su precio es razonable, pero está por fuera del alcance de lectores de bajos ingresos. El Estado debería de nuevo realizar un intento de difusión gratuita o subsidiada de libros cruciales, siguiendo la tradición instaurada en 1870 por el presidente Eustorgio Salgar, quien ordenó “la formación de bibliotecas populares y promover el establecimiento de sociedades literarias y científicas industriales que fomenten la afición a la lectura y al trabajo”. Algo semejante se realizó en 1936 por el gobierno de López Pumarejo con la edición de la Biblioteca Aldeana de Colombia. Colcultura, creada en los años setenta por el presidente Carlos Lleras, realizó una gran tarea de edición de obras valiosas, entre ellas una fundamental: La nueva Historia de Colombia, que revolucionó los estudios históricos en nuestro país. Ahora se cuenta con la posibilidad de difusión masiva por Internet, y mediante libros físicos de bajo costo, que pueden colocarse en bibliotecas de pueblo, centrales de transporte, tiendas de barrio y colegios.