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Opinión

  • | 2019/09/21 03:00

    Me enamoro como Fajardo

    Colombia es una parroquia. Basta observar la foto de la alfombra roja con la que fue recibido Juan Guaidó en un polvoriento punto perdido de Macondo.

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Recuperé las ganas de vivir cuando leí la noticia de que María Ángela Holguín y Sergio Fajardo se volvieron pareja, y desde entonces creo en el amor, por cursi que parezca; creo en el amor, creo en los novios; creo en el futuro de esa relación, por más de que no parezcan una pareja sino una fórmula presidencial, una coalición: la unión final del Partido Verde con el santismo, una opción de centro tan ganadora como romántica. Falta un padrino costeño de Cambio Radical.

Pero creo en ellos porque soy fervoroso partidario de la política del amor, incluso antes de que Petro la inventara (así como también inventó la flauta traversa del niño que se robó el show en el concierto de André Rieu, para no hablar de la salud pública, la vivienda de interés social, el fuego y la rueda, incluyendo la María Isabel).

Soy franco: la desesperanza me abrumaba. Colombia es una parroquia. Basta con observar la fotografía que publicó El Tiempo de la alfombra roja con que fue recibido Juan Guaidó a comienzos de año, en un polvoriento punto perdido de Macondo, para medir lo que somos.

Pero he acá que, cuando me sentía desfallecer, La W soltó la noticia de que ese “hola, ¿cómo estás?” de niña del Gimnasio Femenino de la exministra cautivó al líder paisa. Y, a su vez, el aspecto de universitario de los años noventa de Fajardo –aquellas mechas largas, esos bluyines de marca, la camisa remangada, el cuaderno Jean Book, en fin, que abraza recostado en su Sprint mientras espera a que ella salga de clases– causó estragos en el corazón de la excanciller.

Y, desde entonces, el amor reina por las calles, y también en la radio: ahí está el caso, por ejemplo, de Miguelito Uribe que, en el programa radial de Vicky Dávila, no tuvo lío en subirse a una tarima y entonar la canción que le compuso a su esposa: 17 minutos de versos encendidos sobre aquella mujer a la que le pedía dejar atrás su pasado, contrario a lo que el propio candidato quiere que hagamos con Bogotá. ¿En qué momento este jovencísimo Ricardo Arjona de la derecha capitalina cesará en su esfuerzo lírico?, pensaba yo mientras oía la canción. Si ya la conquistó, ¿a qué seguir entonando el coro por quinta vez? Pero la composición no terminaba, y cuando varios minutos después, al final cesó la horrible noche, el propio Miguelito se empeñó en continuar tocando acordeón, y luego sacó una flauta traversa hecha en PVC en la que sopló una versión de “Colombia tierra querida”, hasta que Vicky y el propio André Rieu le regalaron una flauta de verdad, y adoptaron un perrito para él, todo esto a cambio de que hiciera silencio y se bajara del escenario.

Colombia es una parroquia. Basta observar la foto de la alfombra roja con la que fue recibido Juan Guaidó en un polvoriento punto perdido de Macondo.

Es el amor, que también abunda en la política. Clarita López fue novia de Álvaro Uribe cuando él era un joven díscolo que tenía viva la culebrita, para decirlo en sus propios términos. Iba de aquí para allá molestando a la muchacha: “Doctora Clara, vení”, le rogaba. A veces era amenazante: “Vení o te escribo un poema”. Y cuando los papás de Clarita lanzaban indirectas nocturnas para que terminara la visita, él les gritaba como si estuviera en Fusagasugá: “¡Sáquenme, sáquenme! ¡Hagan silencio o los callamos!”

Pero el de Uribe y Clarita fue un amor que no prosperó, a diferencia del de Angélica Lozano con Claudia López. De noche cada una se cuenta su día; es decir, repiten exactamente lo mismo:

–Hoy me amarré una pancarta a la cintura y me fui a la calle a recoger firmas, ¿y tú?

–¿Yo? Yo me amarré una pancarta y me fui a recoger firmas a la calle…

Claro, a veces tienen peleas domésticas, naturales en cualquier pareja.

–¿Quién dejó acá esta camiseta verde y este arnés para amarrarse carteles a la cintura?

Y, pese a todo, se rescata el amor: el de Miguelito por su esposa; el de Uribe por Clarita López. El de Petro por sí mismo.

Y, claro, el de Fajardo por María Ángela, la pareja del momento. La conquistó en Nuquí, cuando la llevó a ver ballenas en un paseo familiar.

–¡Mira esas de allá! –exclamó María Ángela emocionada.

–Esas son mis tías Maruja y Marta –le advirtió Sergio–; para ver las ballenas hay que arrancar en la lancha.

Desde entonces han vivido un romance más caliente que tibio que, permítanme soñar, a lo mejor acabe en nuevas nupcias.

Imagino una boda por todo lo alto. Los novios entrarán a la iglesia pisando la alfombra roja que el Gobierno desplegó en la frontera, previa lavada en Classic. La novia irá vestida del color del voto de él: de blanco, en un hermoso vestido comprado en una boutique de Silvia Tcherassi atendida por el presidente Duque en persona. Él se pondrá sus bicicleteros negros. Petro se quejará por Twitter de que no lo invitaron. El cura lanzará la pregunta solemne:

–¿Acepta por esposa a esta mujer?

Fajardo responderá con su numeral de siempre:

–#SePuede.

Y sellarán una unión tan larga como la balada que Miguelito le compuso a su esposa.

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