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Opinión

  • | 2020/02/08 01:45

    El médico

    Esos asaltantes deberían estar en la cárcel y no muertos. Pero las autoridades fueron ineficaces y la justicia incapaz de ponerlos tras las rejas.

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*El audio de este artículo está hecho con inteligencia artificial.

El médico que mató a tres ladrones en Bogotá no es un héroe, tampoco es un asesino; es una víctima. Un ciudadano al que el Estado no protegió como ordena la Constitución Política de nuestro país. Un hombre que se vio forzado a salvar su propia vida frente a la agresión de quienes lo atacaron, según su testimonio. Señalarlo, juzgarlo y mostrarlo como un delincuente, es una estrategia baja e indolente. Qué fácil es hablar desde un micrófono o desde la academia.Lo que pasó refleja la impotencia de los ciudadanos que se enfrentan indefensos a la criminalidad en las calles. La delincuencia tiene cercada a Colombia. La impunidad es la mejor aliada de los bandidos que saben que lo más probable es que aquí no les pase nada. A estos les pasó. No lo celebro, simplemente trato de ponerme en los zapatos de la persona que se vio obligada a disparar.

Doctor, no he dejado de pensarlo. He repetido una y mil veces las imágenes de las cámaras de seguridad que lo muestran caminando confiado y lento por el puente peatonal de la avenida 9 con calle 123, en el norte de la capital. Entiendo que usted después de ese día ya no es el mismo, aunque haya hecho lo correcto. Pienso en sus noches de pesadilla, creo que sueña con lo que pasó y vuelve a sentir terror. Su historia de formación demuestra que lleva casi toda su vida preparándose para salvar vidas, no para segarlas. Pero circunstancias de extrema necesidad lo llevaron a ese instante. Sé que usted quisiera borrarlo de su mente. Fueron segundos. Pero era su vida o la de ellos. Disparó, sí. No se equivoque, eso era lo que tenía que hacer. De lo contrario sus hijos y su esposa estarían de luto. Serían unos huérfanos y una viuda más, a los que nadie compensaría. Si usted no dispara, ellos habrían pasado el resto de sus vidas llorándolo y extrañándolo. Su nombre habría quedado solo en una estadística del crimen. Su foto estaría en los expedientes y sus victimarios seguirían tranquilos buscando como lobos nuevas presas. Sus pacientes apenas lo recordarían y para sus amigos en poco tiempo su recuerdo sería solo una triste anécdota. Nosotros los periodistas lo exaltaríamos como el médico que murió en un atraco y a la semana ya nos olvidaríamos de usted porque otra noticia coparía la atención. Me duele reconocerlo, pero así es.

Quizás esa noche usted se iba a morir. Estoy segura de que a ellos no les habría importado asesinarlo. ¿Cuántos colombianos han muerto mientras les roban un par de tenis o un celular? Estos tres hombres estaban armados: portaban por lo menos un cuchillo y lo amenazaron con una pistola. Ellos estaban dispuestos a todo.

El conductor del vehículo que esperaba a los asaltantes al otro lado del puente ya confesó. Era una banda de ladrones que tenía azotado el sector. Su testimonio es frío. Aceptó ante los investigadores que escuchó los disparos y emprendió la huida. Pensó que el muerto era usted y no sus compinches. Si usted no dispara, pero queda vivo, quizás habría emprendido el camino horrible del secuestro, la tortura y hasta la desaparición. Tantas cosas pudieron pasar esa noche. Pero usted se aferró a la vida, a su instinto de conservación, a su derecho a la legítima defensa. Usted no es el culpable de lo que pasó. Otros testigos ya han declarado como víctimas de la misma banda.

Usted no es un matón. Simplemente Colombia es un país muy violento e inseguro. Usted estaba solo contra tres, lo golpearon, lo hirieron, lo amenazaron con llevárselo. Es una fortuna que haya podido defenderse. Medicina Legal certificó que todos los disparos fueron a corta distancia y de frente. Solo uno de los impactos fue lateral y los investigadores ya tienen una hipótesis de cómo pudo suceder.

Conozco el nombre del médico y me niego a revelarlo. No quiero hacerle más daño del que ya sufrió sin buscarlo. No quiero exponer su vida y su carrera. Aquí no falta el ‘sabio’ que lo condene socialmente por lo que pasó. Estoy convencida de que la Justicia lo absolverá. Todas las pruebas están a su favor. Yo jamás he portado un arma. Pero bendita sea la que usted portaba amparada por la ley porque le salvó la vida. Jamás aplaudiría la justicia por mano propia y matar no debería existir ni siquiera como una palabra en el diccionario. Esos asaltantes debían estar en una cárcel y no muertos. Pero las autoridades fueron ineficaces y la Justicia fue incapaz de ponerlos tras las rejas. Simplemente a usted le tocó. Ellos lo dejaron en segundos sin opción. Como ciudadana lo siento. Como ser humano lo compadezco y me solidarizo.

Médico, siga adelante, vuelva a firmar con su nombre las fórmulas, siga luchando por la vida de sus pacientes, recupere la calma, disfrute a su familia. Sáquese a esas personas de la cabeza, no vuelva a recordar en cámara lenta lo que sucedió. Olvide sus miradas y sus palabras. Perdónelos, perdónese. No escuche a quienes lo aplauden, ni a quienes lo inculpan, refúgiese en quienes se compadecen de usted, lo entienden y lo aman. Olvídese de los inteligentes crueles que se atreven a opinar sin saber el infierno que usted está viviendo.

Ojalá se acabaran todas las armas, pero también todos los ladrones. Ojalá el caso del médico no se vuelva una epidemia. Estaríamos en emergencia. Pero antes de criticar piense que ese médico puede ser cualquier ciudadano de bien, su hijo, su esposa, su hermana o usted mismo. Ahí los papeles cambian y el criticonómetro también. Entre tanto: No general Zapateiro, a los colombianos no nos duele la muerte de Popeye, el sicario de Pablo Escobar. Nos duelen las víctimas y la sangre que derramó durante los años que por desgracia estuvo vivo.

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