OPINIÓN

Margarita Ortega

Metaverso

¿Cuánta ligereza, cuánta diversión, cuánta exposición sin límites hace falta para no quedarnos por fuera de esta nueva realidad?
1 de noviembre de 2026 a las 10:10 a. m.

Vivimos en una época en la que todo pretende ser un juego. ¡Sí! La política se baila, la guerra se musicaliza, la tragedia se vuelve tendencia y hasta el amor necesita un buen montaje para conseguir que alguien se detenga a mirar. La vida cotidiana parece sometida a una ludificación permanente: deslizar, deslizar, reaccionar, jijiji, jojojo, compartir, poner un like, deslizar, continuar, y así, entre un índice inquieto y una carcajada o un pequeño sobresalto, la realidad se nos presenta en pequeñas dosis de entretenimiento.

Antes, hace pocos años, en el mundo prepandémico podíamos elegir con cierta intención qué queríamos leer, mirar o escuchar. Hoy el algoritmo decide qué poner delante de nuestros ojos y una vez dentro de esa corriente, resulta casi imposible no tropezarse con contenidos que jamás habríamos buscado, claro, porque el dichoso conjunto de instrucciones y absorbentes pasos “lógicos” se atribuye la facultad corporativa de conocernos muy íntimamente, en consecuencia, la curiosidad se convierte en una continua exposición obligatoria a todo tipo de contenido, y los límites de la salud mental, en territorio de acceso público.

Basta con mirar las recientes campañas electorales de distintos países. Candidatos que deberían proyectar liderazgo, conocimiento y sentido de Estado, aparecen convertidos en memes bailando canciones virales, protagonizando escenas absurdas en la playa o cabalgando dinosaurios, todo fabricado con inteligencia artificial. Uno termina preguntándose si estamos eligiendo gobernantes o haciendo casting para el próximo video que nos hará reír quince segundos.

Del otro lado, la guerra dio su salto de la narrativa hollywoodense a nuestros teléfonos como si nada, en la más absoluta de las banalizaciones. La guerra del siglo XXI está en la mano de cualquier espectador con su cinematografía, perfectamente musicalizada, haciendo parte del entretenimiento actual. Drones que sobrevuelan ciudades, explosiones, edificios deshechos, cuerpos destrozados y apoteósicas huidas, editadas como el tráiler de una película de acción. Solo que ahí no hay extras, ni efectos especiales, ni un director que grite “corten”, ahí hay personas reales, familias reales, jóvenes que no volverán a casa.

La Primera Guerra Mundial fue, entre otras cosas, una demostración brutal de cómo la tecnología transformó la capacidad de matar. Aquella modernidad dejó millones de muertos y una generación marcada por las trincheras. Hoy la distancia entre el campo de batalla y nuestro sofá cabe en un teléfono. La diferencia no es que el dolor sea menor, sino que podemos verlo, sentir un sobresalto, poner un me gusta, comentar y seguir con la receta de pasta o el video de un gato. La pantalla puede volvernos espectadores habituados, humanos máquinas, completamente insensibles, verdaderamente indiferentes.

¿Cuánta ligereza, cuánta diversión, cuánta exposición sin límites hace falta para no quedarnos por fuera de esta nueva realidad?

La atención, el pensamiento crítico y la pausa son ahora una especie de lujo vintage. Opinar con matices es arriesgarse a ser ahorcado o quemado en la nueva plaza pública digital; disentir puede convertir a cualquiera en ‘funable’, esa palabra que usamos para la condena social exprés, a veces justificada, otras veces dictada por una multitud que ya emitió sentencia antes de leer el expediente; y sí, hasta para denunciar que ya no se puede pensar hay que cuidarse de no pensar demasiado. Al final, entre tanto brillo digital, todos acabamos enredados en un sistema completamente alienante, tanta diversión, tanta distracción; tan panditos que nos volvimos… eso es alienante.

No se trata de idealizar el pasado ni de declarar culpable a cada tecnología. Lo digital, por supuesto, también informa, conecta, denuncia y salva vidas. La pregunta es ¿Quién lleva el timón? Nosotros o la maquinaria que premia lo inmediato, lo escandaloso y lo fácil de compartir. Quizá la resistencia más radical de estos tiempos consista en detener el dedo, en preguntarnos qué es lo real, lo que subyace, cuando todo se convierte en espectáculo.

Al final, el peligro y lo que espanta de esto, no es solamente que la realidad parezca una película gore, y ya sabemos que el terror por antonomasia es fiel a su género, sino que en esta película adolescéntrica que estamos habitando, hemos comenzado a olvidar que, al otro lado de la pantalla, nadie está actuando.