La próxima semana se celebrarán las elecciones a mitad de mandato en Estados Unidos y el voto hispano podría ser determinante para el resultado final. Suena a disco rayado, pero esta vez, más que nunca, nuestro voto puede definir el rumbo de la nación. Me explico.
Los republicanos enfrentan la posibilidad de sufrir una dura derrota y perder el control de la Cámara de Representantes e incluso del Senado. Una de las razones podría ser el distanciamiento de una comunidad que fue fundamental para el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca: los hispanos.
Después de tres elecciones presidenciales consecutivas en las que los republicanos lograron recortar la ventaja demócrata entre los votantes latinos, las encuestas sugieren que esa tendencia podría revertirse. ¿La razón principal? La economía.
Los hispanos, que constituyen la minoría étnica más numerosa del país, son particularmente vulnerables a los vaivenes económicos. Una proporción importante de nuestra comunidad se concentra en los niveles de ingresos bajos y medios, donde la inflación golpea con mayor fuerza. Cuando suben los precios de los alimentos, la vivienda, el transporte o el crédito, el impacto sobre el presupuesto familiar es inmediato.
Y es que los hispanos, antes que partidistas, somos bolsillistas. Votamos con el bolsillo. Si las condiciones económicas mejoran, premiamos; si empeoran, castigamos. Así de sencillo.
La administración Trump enfrenta dificultades para convencer a buena parte de nuestra comunidad de que ha cumplido sus promesas económicas. El presidente regresó a la Casa Blanca con un discurso de menores precios, más oportunidades y mejores empleos. Sin embargo, muchos hogares hispanos siguen percibiendo alimentos costosos, créditos difíciles de pagar y viviendas cada vez más inasequibles. Las encuestas reflejan un creciente descontento con su gestión económica.
Texas será uno de los escenarios clave. El estado de la estrella solitaria ha sido durante décadas un bastión republicano en las elecciones estatales y federales. Sin embargo, los cambios en el comportamiento electoral de los hispanos podrían alterar el equilibrio político en varias contiendas y poner a prueba la fortaleza republicana.
Trump podría haber construido su propia trampa política con la comunidad hispana. Después de conquistar el respaldo de millones de latinos en las presidenciales, algunas de sus decisiones económicas y migratorias han generado nuevas tensiones. Los aranceles, las consecuencias económicas de la guerra con Irán y, especialmente, la implementación de su política migratoria han alimentado el malestar.
Muchos hispanos respaldan la seguridad fronteriza, el cumplimiento de la ley y el control de la inmigración irregular. Pero una cosa es exigir fronteras seguras y otra muy distinta es aceptar que familias trabajadoras, que llevan décadas construyendo una vida en Estados Unidos y que no han logrado regularizar su situación migratoria, vivan bajo el temor permanente de la deportación.
Esa diferencia puede tener consecuencias electorales.
Sin embargo, hay una paradoja todavía más profunda: el creciente protagonismo del votante latino no se refleja proporcionalmente en su presencia en los espacios de poder.
Aunque los hispanos representamos aproximadamente el 20 por ciento de la población estadounidense y cerca del 16 por ciento del electorado, nuestra participación en numerosos cargos de liderazgo político sigue estando muy por debajo de nuestro peso demográfico.
Somos decisivos para elegir, pero todavía estamos lejos de tener una representación equivalente a nuestra importancia electoral.
La esperanza es que estas elecciones no solamente confirmen el peso del voto hispano, sino que también abran una conversación nacional sobre la necesidad de una mayor representación política de nuestra comunidad.
Porque no basta con que los candidatos nos busquen cada dos o cuatro años, nos hablen en español durante las campañas y nos conviertan en protagonistas de sus anuncios electorales. Nuestra participación en la democracia debe trascender las urnas y traducirse en liderazgo, representación y capacidad real de decisión.
Es hora de que nos creamos nuestros propios números.
De que dejemos de ser una anécdota electoral para convertirnos en protagonistas permanentes del destino de Estados Unidos.
Este es un país construido por inmigrantes, aunque a veces parezca resistirse a reconocerlo. Y los hispanos no somos espectadores de su historia, ni una comunidad ajena que reclama un lugar prestado.
Somos parte fundamental de su identidad, de su economía y de su futuro.
Y ha llegado el momento de que nuestro poder político refleje esa realidad.
