Deicy Jiménez dijo en entrevista con SEMANA, refiriéndose a Gustavo Petro: “Lo conocí por una página para adultos. Apareció como un cliente más y al mes nos conocimos personalmente y seguimos una relación”. Se citaron en un hotel en Cali: “Llegué como a las nueve de la noche y amanecimos juntos. Al otro día me fui y ya. Como al mes me vine para Bogotá. Eso fue en 2019”. En los encuentros había cocaína que Petro llevaba, agregó. Petro le retribuía con contratos oficiales, según Jiménez. Petro contestó con cinismo: “Ante el intento de intromisión en mi vida íntima y sexual…”.
Los contratos con Deicy Jiménez existen. Además, hay un hecho que demuestra que todo es cierto. El 2 de septiembre de 2022, empezando el gobierno, Petro le escribe a Deicy: “Me dijo Jesusita que no habías llamado a la persona con la que siempre dejas los documentos y que te están esperando”. Jesusita fue durante muchos años la secretaria de Petro, Jesusita Quirós Gualteros. Estaba iniciándose el gobierno y Petro tenía tiempo para preocuparse por los emolumentos de sus barraganas. No estaba pensando en la inequitativa distribución del ingreso, sino en el ingreso de las damiselas. Decía su programa de gobierno: “Este cambio será con las mujeres y con todas sus formas de organización colectiva, nutriéndose de las perspectivas y enfoques feministas y antipatriarcales”. ¡Qué estafa! ¡Qué farsa! Eso de que Petro fue el primer presidente de izquierda debe ser reemplazado por la realidad: fue el primer presidente putañero de la historia de Colombia.
Ahora se entiende por qué Petro, recién posesionado, no llegaba a las citas que tenía programadas. Pasaba la noche con sus meretrices. Ahora se entiende la carta pública que le envió en 2023 la periodista María Jimena Duzán (“Las razones de sus desapariciones, las cuales se han vuelto cada vez más frecuentes y prolongadas, tendrían que ver con que usted ha querido mantener oculto un problema de adicción”). El presidente era adicto a los estupefacientes y a la prostitución. Petro, en derroche de cinismo, contestó que era adicto al café. Ahora se entienden los celos patológicos de Verónica Alcocer desde cuando Petro era alcalde de Bogotá. Ahora se entienden los múltiples escándalos de corrupción entre 2022 y 2026. Petro no tenía cabeza para vigilar. Lo consumía la traba de esa noche. Tenía el cerebro tostado.
Como presidente, Petro no tenía vida privada. ¿Acaso un presidente puede decir a las diez de la noche que deja sus funciones porque va a amanecer con alguna de sus hetairas? Y si él cree que es así, debió advertirlo públicamente en la campaña electoral. Cuando Seymour Hersh publicó hace 30 años el libro The Dark Side of Camelot, que revela los testimonios de agentes del Servicio Secreto que le llevaban prostitutas al presidente John F. Kennedy a su alcoba, a nadie se le ocurrió excusar a JFK diciendo que esa era su vida privada.
Aunque Petro no quiere confesar la verdad, hay un egregio putañero, tan narcisista como Petro, que sí reconoció públicamente que era adicto a los prostíbulos desde 1958, el premio nobel de literatura V. S. Naipaul. A diferencia de Petro, el escritor, nacido en Trinidad y Tobago, pagaba de su bolsillo.
Petro entró a la categoría de caudillos que se inauguró cuando el presidente del Perú, el teniente coronel Luis Miguel Sánchez Cerro, dijo en un discurso ante las tropas: “Yo, como miembro viril del Ejército peruano…”.
Podemos llamar a Petro lascivo, libertino, libidinoso, crápula. Crápula, según el DLE, es una persona que lleva una vida contraria a toda norma moral y que busca fundamentalmente satisfacer sus deseos sexuales. Pero el calificativo que realmente le cabe a Petro es el de traidor. Traidor a la izquierda, traidor a la causa, traidor al pueblo. Traicionó a las víctimas de los abusos estatales. Lo que debería aparecer en el WhatsApp de Petro son numerosos mensajes para que Jesusita ayudara a las madres de Soacha, para citar solamente una de las más grandes infamias cometidas en el país contra madres a las cuales por una bicoca les fusilaron a sus hijos. Otros presidentes han sido sordos o indiferentes a ese sufrimiento. Se suponía que era Petro el que podía atender ese clamor. Pero nunca vimos a las madres de Soacha homenajeadas en la Casa de Nariño. Nunca vimos que el supuesto presidente de izquierda las invitara a desayunar, a almorzar o a cenar. No había tiempo. Tampoco vimos que en el avión presidencial viajaran los familiares de las víctimas del exterminio de la Unión Patriótica. El priapismo del presidente no lo permitía.
