OPINIÓN

Redacción Semana

Miedo y conveniencia

No era un espacio de escucha plural, sino un acto político cuidadosamente seleccionado. Eso también es un mensaje. Y un mensaje peligroso.
13 de diciembre de 2025 a las 4:02 a. m.

La reunión del candidato de la extrema izquierda Iván Cepeda con un grupo de empresarios colombianos no fue un ejercicio democrático ejemplar ni una señal de madurez institucional. Fue, más bien, una combinación peligrosa de miedo y conveniencia. Y ninguna de las dos cosas le sirve a la democracia, ni mucho menos al país. Me explico.

Miedo, porque buena parte del empresariado colombiano ya sabe lo que ocurre cuando se convierte en objetivo político del poder. Lo ha vivido durante los últimos años con un presidente que, desde el primer día, decidió estigmatizar al sector privado, acusarlo de todos los males del país y presentarlo como enemigo del “pueblo”. Conveniencia, porque algunos creen –equivocadamente– que acercarse al eventual poder los protege, los blinda o, al menos, les compra tiempo.

Este libreto no es nuevo. Ya lo vimos durante la campaña de Gustavo Petro, cuando se multiplicaron reuniones con empresarios y gremios en encuentros que iniciaron auspiciados por figuras como Jean Claude Bessudo. El mensaje era claro: normalizar. Hacerle creer a la ciudadanía que tal vez la izquierda radical no era tan radical, que no era tan mala, que esta vez sería distinto. El resultado está a la vista.

Ese es precisamente el mayor riesgo de este tipo de encuentros: se convierten en herramientas políticas para blanquear proyectos ideológicos que, en la práctica, han demostrado desprecio por la empresa privada, la inversión y la generación de empleo. No es diálogo; es escenografía. No es escucha; es mensaje.

Pero hay un detalle adicional, revelado por La Silla Vacía, que debería encender todas las alarmas. En su reconstrucción de lo ocurrido, el medio cuenta que el propio Cepeda delimitó el alcance del encuentro y deja constancia de lo siguiente: “El senador marcó los límites de la conversación. Dijo que no iba a presentar su propuesta de gobierno ni tampoco iba a entrar en detalles frente a sectores particulares representados en la reunión, como los farmacéuticos, las empresas generadoras de energía o los productores de carbón. No fue al Nogal a discutir su plataforma programática”. Demoledor.

Es decir, no hubo propuestas, no hubo definiciones, no hubo compromisos. Entonces, ¿qué fue lo que realmente ocurrió allí? Un mensaje: no vine a conversar, vine a hablar. No vine a dialogar, vine a imponer. ¿Es eso democrático? El verdadero diálogo es de dos vías. Si el senador Cepeda supone lo que le van a decir los empresarios, es válido suponer lo que va a decir el senador. No hay nada nuevo.

Me cuentan –y la versión se repite– que la mayoría de los asistentes salió más preocupada de lo que entró y sin haber escuchado nada nuevo. Lo que refuerza la pregunta inevitable: ¿para qué se hizo la reunión? Normalización. Propaganda.

Y si el argumento es el diálogo democrático, cabe otra pregunta incómoda: ¿ya se reunieron con el resto de los candidatos presidenciales? La respuesta es obvia: no. Porque no era un espacio de escucha plural, sino un acto político cuidadosamente seleccionado. Eso también es un mensaje. Y un mensaje peligroso.

Para rematar, el escenario no pudo ser más desafortunado. El Club El Nogal, símbolo de uno de los atentados terroristas más brutales perpetrados por las Farc. Un lugar cargado de memoria, dolor y significado. Iván Cepeda ha sido uno de los mayores defensores políticos de esa guerrilla, de su narrativa y de su legitimación histórica. Pretender que ese contexto es irrelevante es, como mínimo, una falta de sensibilidad y de coherencia.

No se puede confundir el legítimo ejercicio democrático de hablar con todos con dejarse usar para enviar señales políticas. No es lo mismo escuchar que validar. No es lo mismo conversar que normalizar. Y cuando se cruzan esas líneas, el costo lo paga la institucionalidad. ¿Quieren debate? Perfecto. Público y respondiendo. No a escondidas, selectivo y con temor.

La democracia no se construye desde el miedo ni desde la conveniencia. Se construye con posiciones claras, con posturas firmes y con la defensa abierta de los principios en los que se cree. Guardar silencio para no incomodar, o aparecer en una foto para evitar represalias, no es pragmatismo: es claudicación y no es, ni mucho menos, democracia.

El empresariado colombiano debería saberlo mejor que nadie. Porque ya cometió ese error. Y el país hoy está pagando las consecuencias.