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- Foto: Eduardo Lora

¿Ministerio de la Igualdad o de las diferencias?

Las desigualdades existen no tanto porque haya grupos marginados, que los hay, sino porque la sociedad tiene mecanismos muy eficaces para generar grandes desigualdades dentro de cualquier grupo.

Por: Eduardo Lora

Está en discusión en el Congreso el proyecto de ley para crear el Ministerio de la Igualdad y la Equidad. Al anunciar el proyecto, el presidente Petro afirmó que “este ministerio, que no es más que una institución abstracta, tiene que dar paso a una realidad diferente: tiene que ser un instrumento permanente para que en los debates de la administración, del Congreso y de la sociedad no se olvide la palabra igualdad sino que, al contrario, esté en el centro del debate”.

Totalmente de acuerdo, sobre todo porque es parte del mandato con que fue elegido este Gobierno. Petro hace bien en preguntarse por qué el tema de la igualdad es tan silenciado de la discusión pública de Colombia. Me atrevo a decir que esto se debe, primero que todo, a que para mucha gente, empezando por él mismo y su Vicepresidenta, el tema de la igualdad es un asunto de diferencias entre grupos, no entre individuos. De hecho, el proyecto de ley se detiene en enumerar los diez grupos que considera marginados, que van desde las mujeres hasta los migrantes, pasando por diversos grupos de edad, de identidad de género, discapacitados, etc.

Las desigualdades entre grupos son importantes y no se pueden ignorar cuando están de por medio la dignidad y las identidades de los individuos. Por eso la Vicepresidenta repite siempre: “Soy porque somos”. Pero aunque a mucha gente le cuesta creerlo, las desigualdades dentro de cualquiera de esos grupos son muchas veces más grandes que las desigualdades entre esos grupos. Tómese el caso de las mujeres: en promedio, ganan 10 por ciento menos que los hombres, pero las mujeres del decil más rico ganan 31 veces lo que ganan las mujeres del decil más pobre. Lo mismo ocurre si hablamos de desigualdades entre regiones, entre blancos e indígenas, o entre cualquier otra categoría en que queramos agrupar a los individuos. Podríamos cerrar todas las diferencias entre unos grupos y otros y, sin embargo, seguiríamos teniendo una sociedad profundamente desigual.

Aunque esto puede parecer un asunto estadístico es, antes que nada, un asunto político que va a definir el papel que juegue el Ministerio de la Igualdad. Si el Ministerio se va a concentrar en las diferencias entre grupos, quedará atrapado en una lucha de identidades y de pujas por el poder de representar a los marginados de las diez categorías que aparecen en el proyecto de ley, y quizás otras cuantas. Y esto no va a servir de nada para corregir las desigualdades entre las personas.

Las desigualdades existen, no tanto porque pertenezcamos a un grupo cualquiera, sino porque nuestra sociedad tiene mecanismos muy eficaces para generar grandes desigualdades dentro de cualquier grupo. La sociedad nos hace distintos en dimensiones que no quedan captadas por el sexo, la edad ni ninguna otra de esas categorías.

Esas dimensiones son el hogar en el que nacimos, la atención que recibimos de nuestros padres, las habilidades que logramos desarrollar cuando éramos niños, los amigos que hicimos y los que perdimos, la ayuda que alguien nos dio para engancharnos en el trabajo, el poder que tenemos para que nos favorezcan las normas y las decisiones oficiales, las tretas que nos inventamos cada día para burlar las normas, la solidaridad o desconfianza que nos despiertan quienes trabajan con nosotros, la capacidad que tenemos para conciliar nuestros intereses con los de nuestros allegados y compañeros, la tolerancia que tenemos con las injusticias…Entender los motores de la desigualdad es más complicado que andar poniéndole rótulos a la gente.

Todavía es hora de que el Congreso recapacite sobre el objetivo del futuro Ministerio de la Igualdad: su foco de atención no pueden ser los grupos marginados, ni siquiera la discriminación y la exclusión de algunos grupos, cosas que por supuesto son indeseables. Su foco tienen que ser los individuos, es decir sus características personales –sobre todo las que tienen que ver con su capacidad para desempeñarse en la sociedad y en el trabajo– y las circunstancias que inciden en sus oportunidades para aprender, relacionarse, ser productivos y, en últimas, ser felices.

No hagamos del Ministerio de la Igualdad un instrumento de diferenciación entre grupos, sino de igualación de las oportunidades de los individuos.