Colombia está perdiendo médicos y no está tomando las decisiones necesarias para evitarlo. Cada vez son más los que buscan en otros países la oportunidad de especializarse y desarrollar su carrera profesional. No existe una sola razón para que se vayan, pero hay una que Colombia sí puede corregir: las dificultades para acceder a una especialización.
España permite dimensionar lo que está ocurriendo. No es, por supuesto, el único destino de los médicos colombianos, pero allí las cifras son reveladoras. Para acceder a una especialización médica hay que presentar el examen Médico Interno Residente (MIR). En 2022 lo hicieron 596 colombianos; en 2023, cerca de 690; en 2024, más de 1.000; y en 2025 fueron 1.430. En apenas tres años, la cifra aumentó cerca del 140 %. De estos últimos, 474 consiguieron una plaza para hacer su residencia.
Estudiar en el exterior no es una mala noticia. Al contrario, formarse en otros sistemas de salud, adquirir experiencia y regresar con nuevos conocimientos puede ser muy valioso para el país. El problema comienza cuando no regresan. Después de varios años de residencia, muchos encuentran trabajo, desarrollan su carrera y construyen su vida en otro país. Colombia termina perdiendo talento que necesita.
La falta de especialistas ya se siente en todo el sistema de salud. Basta un ejemplo para entender la dimensión del problema: Colombia tiene apenas 115 psiquiatras infantiles registrados para atender a millones de niños y adolescentes. Con tan pocos especialistas, no solo se dificulta conseguir una cita; también mantener la continuidad de un tratamiento cuando los controles pueden quedar separados por meses.
Colombia necesita saber cuántos pediatras, anestesiólogos, ginecólogos, cirujanos, psiquiatras y demás especialistas requiere, dónde hacen falta y cuántos debe formar cada año.
Conseguir un cupo para una especialización médica en Colombia puede convertirse en una carrera de obstáculos. A diferencia de posgrados como un MBA o una maestría en derecho e ingeniería —que se dictan en aulas de clase—, la especialidad médica ocurre en el entorno clínico y bajo un sistema de pares: a un cardiólogo solo lo forma otro cardiólogo. Hoy, la oferta depende casi exclusivamente del estrecho embudo de las universidades, que abren apenas uno o muy pocos cupos por semestre, dejando a médicos capacitados años enteros rebotando entre exámenes y entrevistas.
Hace poco hablé con padres de jóvenes que estudian medicina. Me llamó la atención que, desde los primeros semestres, su gran preocupación sea cómo conseguirán los recursos para que sus hijos puedan salir del país si no logran un cupo aquí. Quienes tienen los medios económicos buscan la manera de financiarlos afuera; mientras que quienes no los tienen, se quedan atrapados en el país como médicos generales sin poder cumplir su sueño o terminan convertidos en médicos de escritorio, llenando trámites y papeles en un sistema que lo que necesita es atención clínica en la primera línea.
Ahí hay una oportunidad que Colombia no está aprovechando.
Hoy la norma no permite que los centros médicos formen residentes por sí solos, sino únicamente a través de convenios condicionados por las universidades. Sin embargo, el país cuenta con hospitales y clínicas de altísimo nivel, con excelentes especialistas y capacidad propia para formar residentes. Con estándares rigurosos de acreditación, calidad y supervisión, se debería ajustar la regulación para que estas instituciones participen directamente en la formación de los especialistas que necesitamos. Esto permitiría ampliar los escenarios de formación y, con ellos, el número de cupos disponibles.
También hay que revisar la manera como se accede a esos cupos. No tiene mucho sentido que un médico deba recorrer distintas universidades presentando exámenes y procesos independientes. Colombia debería discutir un sistema nacional de acceso a las especializaciones médicas: transparente, meritocrático y administrado por una entidad especializada e independiente, tal como ocurre en Estados Unidos con el sistema centralizado de The Match o en España con el MIR. Un modelo de este tipo permite seleccionar a los médicos por sus capacidades y relacionar la oferta de cupos con las necesidades reales del país.
El escenario internacional debería preocuparnos. En 2021, en los países de la OCDE, el 76 % de los médicos graduados eran especialistas y el 24 %, generales. En Colombia, la proporción era prácticamente inversa: cerca del 25 % eran especialistas y el 75 % eran médicos generales.
Según el Data Explorer de la OCDE, en 2023 los países de la organización tenían en promedio 2,6 médicos especialistas por cada 1.000 habitantes. Colombia tenía apenas 0,6. Esa escasez se traslada directamente al paciente: las demoras para conseguir citas con especialistas son la segunda causa de quejas ante la Superintendencia Nacional de Salud, solo por detrás de la no entrega de medicamentos.
Y hay otra fuga que también preocupa: la de médicos que ya son especialistas y están convalidando sus títulos para trabajar en otros países. La incertidumbre, los retrasos en los pagos y las condiciones laborales hacen que quedarse en Colombia sea cada vez menos atractivo, justo cuando países desarrollados que también enfrentan déficit de médicos están flexibilizando los requisitos para atraerlos. No basta con formar más especialistas: también hay que crear las condiciones para que quieran quedarse.
Hay además otra discusión necesaria: la capacidad de respuesta del médico general en lugares apartados donde no hay un especialista disponible. En una emergencia obstétrica rural, la alternativa no puede ser autorizar cualquier procedimiento de forma irresponsable, pero tampoco dejar al médico atado de manos mientras espera una ambulancia aérea que no llega. Identificar qué procedimientos de urgencia pueden asumir médicos generales debidamente entrenados y respaldados salvaría vidas.
Durante años, la discusión sobre la salud se ha concentrado en la plata. La sostenibilidad financiera importa, pero la plata no atiende pacientes: los atienden médicos. El dinero no hará aparecer a los especialistas que no formamos.
Para lograr estos cambios deberán sentarse a la misma mesa los ministerios de Salud y Educación, las universidades, los hospitales, las clínicas y las sociedades científicas. Habrá intereses que discutir y reglas que modificar, pero hay que dar esas conversaciones.
Conseguir recursos requiere voluntad y decisiones; formar un especialista toma años. Colombia tiene médicos que quieren especializarse y pacientes que necesitan especialistas. Seguir perdiendo talento por no acercar esas dos realidades es un lujo que no nos podemos dar.
