OPINIÓN

Redacción Semana

Paz para Miguel Uribe, justicia para Colombia

Con la seguridad en picada libre por culpa de un gobierno complaciente con los grupos armados, ese atrevimiento le terminó costando la vida a Miguel Uribe Turbay.
21 de agosto de 2025, 10:54 a. m.

Conocí a Miguel Uribe Turbay al terminar la universidad, cuando ambos nos atrevimos a hacer política. Un atrevimiento por nuestra corta edad, pero sobre todo por lo que ambos sufrimos de niños. Él, el magnicidio de su madre por Pablo Escobar. Yo, el secuestro de mi padre por las Farc. Ambos motivados a cambiar el país a causa y a pesar de lo que nos tocó vivir.

Comenzamos más o menos al mismo tiempo en el Partido Liberal. Yo intenté llegar a la Cámara a los 26, él llegó al Concejo de Bogotá a los 25, donde brilló como líder de la oposición a la alcaldía de Petro. A pesar de ser menor que yo, siempre me llevó una gran ventaja en la política. Ambos queríamos servirle a Colombia, pero lo suyo era una vocación de vida y entrega total. Por eso logró tanto en tan poco tiempo.

Sin conocernos, nos conectamos por Twitter, en ese entonces una esperanza emergente para cambiar la política. Encontramos afinidad en nuestras ideas e intentamos cambiar el liberalismo desde adentro. El orden como pilar de la libertad. La justicia como pilar de la paz. Un Estado eficiente y eficaz. Un mercado libre y dinámico. Una cultura ciudadana de cumplir deberes para materializar derechos. Mayor igualdad de oportunidades, pero nunca a costa de la igualdad ante la ley. Política decente. Coherencia entre fines y medios. Rechazo total a la violencia con fines políticos. Protesta pacífica, sin vías de hecho. El derecho ajeno como límite de la libertad propia.

Cada uno recorrió su camino en sus propios tiempos, pero finalmente ninguno de los dos se sintió cómodo en un liberalismo desdibujado y ambos buscamos nuevos horizontes.

Cuando Enrique Peñalosa lo nombró secretario de Gobierno con tan solo 29 años, Miguel generosamente me invitó a ayudarle. En su primer cargo ejecutivo, nuevamente Miguel brilló. Rápidamente, logró la gobernabilidad que eludió a Peñalosa en su primer periodo, indispensable para corregir el rumbo luego de 12 años de izquierda marcados por corrupción, caos y retrocesos. Siempre metódico, fijó metas concretas para su equipo, que medía con indicadores que recordaba de memoria, junto con los de toda la Alcaldía. Casi siempre estaban en verde.

Así, logró aprobar el plan de desarrollo y dar viabilidad al metro y a los grandes proyectos de cada sector. Reestructuró el sector gobierno para hacer más con menos y ayudó a crear la Secretaría de Seguridad. Frenó la contratación a dedo y estructuró licitaciones abiertas con pliegos tipo. Tendió puentes con todos los partidos políticos, la sociedad civil, la empresa privada y diversas ONG.

Protegió a cientos de líderes y se aseguró de brindarle garantías a la oposición. Promovió la libertad religiosa. Defendió los derechos humanos. Combatió el racismo y la trata de personas. Recuperó el espacio público y creó Bogotá Limpia 20K, una jornada cívica anual. Celebró encuentros ciudadanos por toda Bogotá, donde escuchaba a los vecinos. Tal vez por eso se sintió cómodo en una tarima improvisada en ese parque en Modelia. La gente lo quería.

En 2019, después de trabajar juntos tres años, yo decidí emprender y Miguel siguió en su ascenso político. A sus 33 años, se lanzó a la Alcaldía de Bogotá y sacó casi medio millón de votos. Luego, asistió a Harvard, donde siguió preparándose para servirle a Colombia, mientras disfrutaba de la nueva etapa de ser papá, su mayor ilusión. Con 36 años, encabezó la lista del Centro Democrático y fue el senador más votado del país. Y sin haber cumplido 40 años, Miguel Uribe Turbay se perfilaba como el precandidato presidencial líder en el principal partido de oposición.

La última vez que lo vi, hablamos de su campaña, en la que le iba a ayudar. Con entusiasmo me dijo: “Vamos a ganar”. Hablamos del peligro que corre la libertad en Colombia, de las falsas promesas y engaños del Gobierno, y de tantos dulces envenenados para instaurar ante el socialismo autoritario. También de la importancia de recordarles a los jóvenes cómo la seguridad había unido al país, generado confianza e inversión, impulsando el mayor progreso de Colombia en décadas. Al fin y al cabo, fue eso lo que en su momento le permitió a nuestra generación atreverse a participar en política.

Con la seguridad en picada libre por culpa de un gobierno complaciente con los grupos armados, ese atrevimiento le terminó costando la vida a Miguel Uribe Turbay, un candidato con la capacidad para unir a distintos sectores alrededor de la libertad y el orden en 2026.

El sábado 7 de junio, fiel a su vocación, Miguel fue a exponer sus ideas en un barrio de gente buena en la capital, como lo había hecho cientos de veces. A plena luz del día, total e inexplicablemente desprotegido por un gobierno y una Unidad Nacional de Protección del M-19 —que amenazó a la oposición con la bandera de guerra a muerte, perfiló a Miguel Uribe Turbay en 43 mensajes y le dio la espalda a 23 solicitudes para reforzar su seguridad—, le pegaron tres tiros por la espalda.

Como amigo, me parte el alma ver el sufrimiento de sus seres queridos: de su papá, que lo cuidó como un tesoro y lo apoyó en cada paso; de María Claudia, el gran amor de su vida; de Alejandro, que tendrá que crecer sin su papá como Miguel tuvo que crecer sin su mamá; de María, Emilia e Isabella, que están viviendo lo que Miguel nunca quizo que vivieran; de su hermana María Carolina, de toda una familia, de tantos amigos.

Como a millones de colombianos, me llena de tristeza que la violencia política haya apagado la luz de un liderazgo joven y bueno. También me llena de zozobra reconocer que volvimos a esos oscuros tiempos en los que participar en la democracia es un verdadero atrevimiento. Y me llena de indignación que el presidente Petro, quien llegó a su cargo gracias a la generosidad de un pueblo que lo indultó, le abrió las puertas a una democracia que él intentó derrocar y le brindó garantías durante décadas, pretenda endilgarle la responsabilidad de esta enorme tragedia y de este gran fracaso a la sociedad entera.

El país que el presidente Petro recibió no era perfecto, pero ya había logrado superar esto. Este inmenso retroceso ocurrió bajo su conducción del Estado y las fuerzas del orden, tras tres años de agitar la lucha de clases y de una estrategia de propaganda leninista para deslegitimar, degradar y deshumanizar a la oposición desde el púlpito presidencial. Por más que le moleste, es el responsable político de este gran fracaso, que también es el fracaso de la izquierda.

Confío en que en 2026 Colombia entenderá las advertencias que Miguel Uribe Turbay nos hizo en vida y que hoy resuenan con su magnicidio. Sin orden, no hay libertad. Sin justicia, no habrá paz. La violencia para imponer ideas políticas, sin importar cuáles sean, debe ser sometida al peso de la ley. No volvamos a premiar con un lugar en nuestra democracia a quienes intentaron derrocarla. No volvamos a elegir a quienes no la respetan y pretenden desmontarla desde adentro.

Esta reflexión no se trata de venganza ni de odio. Se trata de aprender la lección, de hacer cumplir los principios básicos de la democracia. Ya nos han engañado demasiadas veces. Las nuevas generaciones no tienen por qué seguir viviendo con miedo. Esto tiene que parar.

Colombia volverá a brillar cuando comprenda y retome su lema: Libertad y Orden. Ojalá que el legado de Miguel sea un faro que nos muestre el camino.

Paz en el cielo para Miguel Uribe Turbay; justicia en la tierra para Colombia.