OPINIÓN

Alberto Donadio

Perseverancia

Recordaban los dos generales que el Gobierno conservador de la época (1951), el Gobierno de Laureano Gómez, escogió los oficiales que debían viajar a Corea con mucho cuidado. Con mucho cuidado político. Es decir, solo nombró a oficiales liberales.
3 de octubre de 2026 a las 4:22 a. m.

Le atribuyen a Calvin Coolidge, que hace 100 años fue presidente de los Estados Unidos, una frase que no se sabe si es suya. Pero es convincente: “Nada reemplaza la perseverancia. No la reemplaza el talento, pues hay muchos hombres fracasados con talento. El genio no sustituye la perseverancia; hay muchos genios no reconocidos. La educación no vale más que la perseverancia; el mundo está lleno de indigentes ilustrados. Solo la perseverancia todo lo puede”.

Me acordé de esta frase con la publicación del libro de Carlos L. Gaviria Ríos sobre el papel de Colombia en la guerra de Corea. Son más de 20 años de trabajo. En 2003, él viajó a Bogotá a consultar los archivos. No tenía becas ni plata. Se alimentó con granola y jugos de cajita. Se hospedó en un hotel muy humilde en La Candelaria, donde las habitaciones estaban divididas por láminas de triplex y costaban 5.000 pesos la noche. Encontró en el archivo los papeles que mostraban por qué los Estados Unidos, que al principio no querían aceptar los soldados colombianos porque los consideraban no aptos para el combate, cambiaron de opinión a finales de 1950. El viraje se dio porque los Estados Unidos creyeron que la guerra terminaría pronto. Por supuesto, estaban equivocados, porque no terminó. Se decretó un armisticio en 1953, que sigue vigente.

Solo los pocos sobrevivientes del Batallón Colombia saben qué es aranar. Y los escasísimos especialistas en esa misión, como Gaviria Ríos, autor de Colombia en la guerra de Corea, una investigación de ágil lectura que se agrega a los pocos libros que existían sobre la materia, entre ellos los de dos generales que fueron muy conocidos en el país, el general Álvaro Valencia Tovar y el general Gabriel Puyana García. Aranar era para los soldados colombianos descansar de la guerra, pasar unos días de asueto en el Japón. Viene de R & R, rest and recuperation, descanso y recuperación, pronunciado ar and ar, expresión que los colombianos convirtieron en aranar. En la guerra de Vietnam, los soldados de los Estados Unidos descansaban en Singapur, Hong Kong, Bangkok, generalmente acompañados por hetairas del lugar. En el conflicto de Corea, los soldados eran llevados a Japón. Uno de los veteranos le contó a Gaviria Ríos: “Muy sabroso ese Tokio, muy bonito. Muy especiales las japonesas, por 14 dólares uno pasaba con ellas ratos muy agradables, le lavaban la ropa a uno y para todo era lo que uno dijera”. Otro veterano recordó la despedida a los soldados del Batallón Colombia en Bogotá: “Hicimos un desfile militar muy bonito, nos aplaudieron; decíamos: si eso es sin irnos que nos están haciendo tantos honores, cómo será cuando regresemos”.

Gaviria Ríos, historiador con estudios en historia económica y social de la Universidad de Antioquia y fundador de la editorial Pulso & Letra, se interesó en la guerra de Corea por un tío veterano. Su papá lo llevó a visitarlo cuando él era niño. Vivía en un pequeño cuarto de alquiler, con espacio apenas para una cama, un nochero y un televisor en blanco y negro. En la pared pendía un saco militar del cual colgaban muchas medallas.

Conocí de primera mano un detalle particular sobre el Batallón Colombia. En 1987 entrevisté conjuntamente al general Álvaro Valencia Tovar y al general Jaime Durán Pombo, director de la Academia de Historia Militar, para un libro sobre el general Gustavo Rojas Pinilla. Siendo capitán, Valencia Tovar estuvo en Corea. Era el único oficial del Ejército que hablaba inglés. Recordaban los dos generales que el Gobierno conservador de la época (1951), el Gobierno de Laureano Gómez, escogió los oficiales que debían viajar a Corea con mucho cuidado. Con mucho cuidado político. Es decir, solo nombró a oficiales liberales. El Gobierno creía que los chinos, las hordas chinas que pelearon del lado comunista, provocarían una masacre entre las tropas y la oficialidad colombiana. Pero no sucedió así, porque el Ejército de los Estados Unidos sabía que la participación del Batallón Colombia tenía mucho de simbólico y, por lo tanto, reservó a nuestros compatriotas un papel en la retaguardia. Por eso, Álvaro Valencia Tovar sobrevivió, regresó al país y llegó a ser comandante del Ejército. En fin de cuentas, no lo descabezaron los chinos, sino el presidente de turno, Alfonso López Michelsen, que en 1975 lo llamó a calificar servicios por un supuesto golpe militar que solo existió en la imaginación del mandatario.