Durante años se ha sabido que Cali es la capital mundial de la salsa, pero casi nadie sabía adónde ir a encontrarla. “Vámonos para el Boulevard”, se decía, y nadie conocía realmente dónde quedaba. La respuesta, hoy, tiene nombre propio: Barrio Obrero.
Allí, en un sector que durante décadas cargó con el estigma de la droga y la delincuencia común, funciona el Museo de la Salsa. Quien lo dirige desde hace unos trece años, Carlos Molina Castellanos, recuerda que al principio nada fue fácil. Cuando tomó la batuta del establecimiento, la cultura en Cali competía por atención y recursos con el teatro, los museos, el rock y lo urbano, una gama amplia que las secretarías de Cultura debían articular. Molina, que ha recorrido museos en Nueva York y Puerto Rico, llegó a una conclusión: en el mundo, los museos son netamente turísticos. ¿Por qué no apostar, entonces, por una propuesta cultural que también fuera turística y que, con el valor de una entrada, pudiera sostenerse?
El trabajo inicial fue minucioso, de hormiga. Tocó puertas en Cotelco, en hoteles y hostales, en el Zoológico de Cali, en las secretarías de Turismo y Cultura, en el departamento y en plataformas nacionales como ministerios y Fontur. Buscaba visibilizar un territorio marginado y creía que el camino era el turismo comunitario. Casi trece años después, dice, no se equivocaron: el museo ha sido motor de una economía popular en el sector, y “mucha gente está contenta”.
Lo primero que encuentra el visitante al entrar es, según Molina, “la memoria gráfica más importante de la historia de la salsa”. Detrás de esa memoria hay un hombre: su padre, Carlos Alfredo Molina Salas, el fotógrafo de la salsa. No fue un fotógrafo profesional. Fue alguien que andaba con los artistas todos los días, en la discoteca, en los bares, en los lugares de rumba, desde 1968 hasta hoy.

Casi seis décadas de trabajo se traducen en cifras que asombran. En las salas hay 1.150 fotos exhibidas, organizadas cronológicamente y por países. En el archivo privado del piso de arriba esperan 40.000 fotos impresas, reveladas de unos 300.000 negativos. La memorabilia corre con la misma suerte: apenas el 10 por ciento está a la vista y el 90 por ciento permanece guardado, porque la infraestructura no da para más. “No tenemos espacio por la infraestructura que tenemos”, señala Carlos.
Por las salas pasa gente de todo el mundo. Llegan de Estados Unidos, de Puerto Rico y Nueva York, de México, Perú, Ecuador, Chile y Brasil. Y cada vez más, de sitios que a Molina todavía lo dejan sin palabras: Francia, Italia, Alemania, Rusia, y también Albania, Kazajistán, Lituania, Nueva Zelanda, Finlandia, Noruega...

“¿Por qué tiene que venir una persona de Albania al Museo de la Salsa en el Barrio Obrero?”, se pregunta. Para él, que un extranjero llegue a Cali ya es un milagro, y que además se adentre en un barrio popular, en el ghetto, como lo llama sin pudor, lo es todavía más. Lo interpreta como señal de un trabajo bien hecho para posicionar un sector que estuvo olvidado durante muchos años. “Sentimos que hace parte de un trabajo bien hecho, de posicionamiento de un sector que ha sido olvidado y marginado por muchos años”.
Ese posicionamiento, sin embargo, enfrenta un revés. Antes del terremoto, el museo recibía entre 4.000 y 4.200 visitantes al mes. El sismo frenó a los viajeros y la asistencia cayó cerca de un 70 por ciento.
Hace unos tres años, el museo pilotaba con el Viceministerio de Turismo un proceso de renovación urbana. El alcalde Alejandro Eder, cuenta Molina, siguió de cerca la propuesta. Le entregaron un proyecto casi listo para transformar un barrio “un poquito feo y mal referenciado”, y el mandatario vio en él una oportunidad: el proyecto pasó de Turismo a Cultura y se convirtió en el soporte material de la salvaguarda de la identidad de la salsa caleña, declarada patrimonio inmaterial hace dos años, ante el Consejo Nacional de Patrimonio.

El resultado abarca seis cuadras pensadas como un corredor peatonal, en la línea de Getsemaní en Cartagena, Provenza en Medellín o San Diego en Bogotá. Bajo el suelo, alcantarillas, acueductos y cableado se rehicieron desde cero, después de cien años sin cambios. Arriba, el barrio ganó 104 árboles con sus jardines, 64 murales sobre la memoria, los personajes y la música, y 12 esculturas de dos metros de alto sobre bases de 50 por 50 centímetros.
La intención, explica Molina, era darle orden a un ecosistema que Cali no tenía. Así nació el Recorrido Patrimonial de la Salsa Caleña, un trayecto organizado por el que se puede recorrer el complejo musical y dancístico de la ciudad.

En redes circulan videos de niños de menos de diez años, algunos que no llegaban a quince, cantando salsa que probablemente aprendieron de sus abuelos y no de sus padres. Para Molina, esa imagen resume el desafío: que el museo sea algo más que un atractivo turístico y funcione como un espacio patrimonial, donde la gente se identifique “con lo real, con el ghetto popular”.
Es una apuesta con trasfondo generacional. Molina no oculta su rechazo al reguetón, al que califica de degradación en la letra y en la formación de los niños. Su respuesta es otra: trabajar con los colegios y con los padres de familia para que niños y jóvenes visiten el barrio y conozcan el patrimonio salsero. “¿Qué mejor que el Museo de la Salsa?”, concluye.
Entre fotografías de casi sesenta años, murales recién pintados y un archivo que no cabe en sus propias paredes, el Barrio Obrero parece haber encontrado la fórmula para que la memoria de la salsa siga sonando en Cali.
