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Opinión

  • | 2019/02/28 00:03

    El Niño Caprichoso

    En este mundo globalizado con tantas incertidumbres y sorpresas, unas positivas y otras desconcertantes, cabe preguntarse qué pasaría si dejara de llover y se instalara en los cielos tropicales andino-amazónicos, por un tiempo prolongado, un Niño caprichoso.

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Esta pregunta resulta pertinente ante la urgencia humanitaria que viven miles de personas en distintos y distantes rincones de la geografía nacional. Pienso en los millones de venezolanos hermanos que a largo de la extensa frontera entre los Andes y el Río Orinoco buscan nuevos horizontes, en medio del hambre y la sed. Pienso en los hermanos mayores Kogui y Arhuaco de la Sierra Nevada de Santa Marta apagando el fuego destructor provocado por los vientos alisios del norte y sin una gota de lluvia.


Otros, como el Pueblo Nutabe y campesinos de la región del Cañón del Río Cauca con el agua represada, sufriendo las inclemencias de un río decapitado. Pescadores y barequeros están en plena defensa de su vida ante la ofensiva provocada por la controvertida represa de Hidroituango.


La reciente audiencia convocada por la Procuraduría General de la Nación, sobre el megaproyecto de EPM, de la Alcaldía de Medellín y la Gobernación de Antioquia, evidencia la convicción general de que las comunidades de la zona “deben ser reconocidas como actores con capacidad de decisión y no solo como espectadoras pasivas de decisiones externas”, según comenta Gustavo Wilches Chaux, experto ambientalista en gestión de riesgos.


Ante la multiplicidad de situaciones generadas por el Niño Caprichoso y por niñas descarriadas, otras reflexiones sobrevuelan la imaginación. En la compleja geografía nacional, y bajo la influencia del Océano Pacífico y los riscos de los Andes Occidentales, la abundancia de lluvias está generando otros estragos que ponen en evidencia el olvido del campo por parte del Estado.


Poblados chocoanos están en emergencia de inundación, pero el sufrimiento sigue ligado al conflicto armado, a la minería ilegal, a la ausencia de atención en salud, al trabajo decente y a la educación juvenil. El abandono estatal se perpetúa en desidia, en politiquería y corrupción. Con las fallas estructurales de gobernabilidad del Estado en regiones rurales, el Niño Caprichoso y la Niña Descarriada pegan más duro.


Salta a la evidencia que donde abunda la lluvia y donde escasea, hace falta aprender a ahorrar y reciclar el agua. La lluvia tropical podría ser el motor de desarrollo de la economía circular y del crecimiento Verde, junto con las energías renovables –eólica y solar– todas gratis por ser bienes públicos.


A lo largo del Río San Juan, en la región más lluviosa del mundo, el agua existe en demasía. El sueño de la abundancia se frustra cuando no se puede beber, por la contaminación del mercurio y la falta de tratamiento de aguas residuales. La pesca del bocachico y de especies sabrosas de la cocina chocoana se ha conviertido en un alto riesgo para la salud.


En los Andes occidentales las planicies de la vertiente amazónica están siendo atacadas por miles de focos de calor e incendios diarios, en una guerra contra selvas y territorios ancestrales. Los impresionantes reportes satelitales del SINCHI siguen quedando en letra muerta, sin intervención significativa, ni celestial ni institucional. Allá, el Niño Caprichoso no es el único responsable. El problema está en la libertad de acción de los delincuentes que provocan la candela y la pasmosa inacción estatal.


Pululan reclamos ciudadanos con sobradas razones, ante ojos y oídos tapados a nivel central. Sería más justo, ante estas emergencias del mundo rural, que el país con su antipático centralismo estuviera no solo en la emergencia sino en el cotidiano de regiones apartadas y no interconectadas. La ausencia de un Estado cercano a la vida modesta del campesino y el pescador, facilita el libertinaje de malhechores que imponen su ley de fuego y deforestación. De sur a norte, en la punta septentrional del continente, todavía hay niños y niñas Wayuu de la alta y media Guajira que siguen con hambre y con sed. No solo por culpa del Niño Caprichoso sino por afectaciones a las aguas superficiales y del subsuelo producidas por la explotación del carbón. Allí también reina la incertidumbre y los fuegos del bosque seco tropical acabando con las últimas gotas de agua del desierto.


Ya es hora de estimular y subsidiar la captación y almacenamiento seguro del agua de lluvia en épocas de Niña, previendo la escasez durante épocas de Niño Caprichoso. El Ministerio de Ambiente debería ser el abanderado de una política nacional que fomente el uso y la generación de ingresos rurales, utilizando eficientemente el agua de lluvia. Esto en el entendido de que no le quita responsabilidad a la Fiscalía General de la Nación de ejercer autoridad sobre colonos y ganaderos que provocan incendios para acaparar tierras y no dejar que se apaguen los incendios.


¿Qué salidas plantea el Plan Nacional de Desarrollo 2018-2022 para enfrentar a los niños caprichosos ante la frecuencia de tanto fuego provocado en zonas rurales? Esta pregunta deberá responderse ante la crítica situación social y climática que confirma el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), informando a sectores productivos, a la comunidad y a la opinión pública en general que, “debido a las altas temperaturas del aire, fuertes vientos y antecedentes de vegetación seca de los últimos tres meses, en la región Caribe y los Llanos Orientales se vienen presentando incendios forestales que afectan considerablemente estas zonas del país”.


Aquí añadimos a este reporte oficial meteorológico que los cambios climáticos y los avatares políticos van juntos, acentuando la crisis humanitaria y la incertidumbre. El Sistema de Información Ambiental Territorial de la Amazonia Colombiana SIAT-AC del Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas, SINCHI, reporta diariamente la gravedad de la situación. En épocas de Niño, “Se registra un total de 3689 reportes de fuegos, desde las 6:00 AM del 26/02/2019 a las 6:00 AM del 27/02/2019”.


Ese día en Guaviare se reportaron 1372 incendios, de los cuales 577 son en San José de Guaviare. En el Meta 1213 incendios y en el Municipio de la Macarena hay 560. En Caquetá reportan 846 incendios, de los cuales 614 están activos en San Vicente de Caguán. Esto sin contar otros departamentos que se suman a la tragedia de los fuegos provocados. Aquí el Niño Caprichoso tampoco es el culpable principal.

Gracias a la tecnología satelital, estas cifras denuncian con precisión el número y lugar de incendios, más no arroja datos sobre acciones del Estado y las comunidades para frenar la situación. Las acciones preventivas y curativas carecen de un monitoreo para el control social y seguimiento a acciones judiciales. La lectura de las denuncias diarias se frustra por la incapacidad de respuesta y la pasmosa indiferencia y lentitud de los entes de control.


La Fiscalía Ambiental, a quien corresponde la investigación e identificación de los criminales que incendian el patrimonio natural, peca por su lentitud. La acción estatal no es noticia, como si no pasara nada, allá en las selvas y montañas, el patio de atrás de la Colombia urbana.


Las autoridades ambientales con extensas jurisdicciones selváticas tienen que observar, impávidas y sin personal, las quemas y cambios de uso del suelo en sus jurisdicciones, sin poder actuar. En los territorios amazónicos no falta la lluvia, lo que hace mella es la ausencia de autoridad para combatir a los incendiarios. Mientras arde medio país rural con cifras aterradoras, la atención del Estado se centraliza en menesteres geopolíticos y en soluciones arcaicas como la anunciada panacea de la aspersión con glifosato. Esta sustancia química aparte de envenenar a todos los seres vivos vecinos a cultivos ilegales, ni siquiera contribuye a apagar incendios.

Con la magnitud de la deforestación inducida llega la muerte de miles de especies de flora y fauna, únicas en el mundo, que se pierden todos los días junto con el saber ancestral que conoce cada especie en cada tipo de bosque. A ese ritmo de incendios y daños generados por el Niño Caprichoso, la vida amazónica será irrecuperable en el corto plazo.

Con las políticas de permitir la domesticación de llanos y selvas y volverlas enormes extensiones de hatos ganaderos y monocultivos extensivos, la conservación y restauración de parques nacionales y de zonas de reserva forestal, parecerá un saludo a la bandera, levantando el brazo como en un desfile militar. Sigue creciendo la incertidumbre frente a la incapacidad de atender la deuda histórica de las ciudades con los territorios que proveen servicios ambientales a las ciudades y a poblados urbanos. Este gesto desagradecido va ensombrecido por más amenazas y crímenes de líderes y ambientalistas que defienden la integridad de los territorios.


El clima de incertidumbre que genera la desprotección de la población urge a proponer cambios de paradigma y de mentalidad y requiere una sobredosis de optimismo para abordar la esperanza. Con este “paradigma del desenfreno” se requiere una ruta para seguir construyendo paz, así esta palabra ya no se mencione en ningún discurso oficial. ¿Para dónde vamos con la destrucción de nuestro patrimonio natural, si la variabilidad del clima está a favor de malhechores que aprovechan para quemar y deforestar?

¿Cómo responder a unos objetivos de desarrollo sostenible, ODS, acordados en la agenda internacional al 2030, si ya las metas que se habían fijado son imposibles de cumplir? ¿Que nos va quedando del país biodiverso que deslumbró a Alexander Von Humboldt y al botánico francés Bonpland en los albores del siglo XIX? Ni qué decir si se acaban las posibilidades de una paz, así sea incompleta, pero que evidencia mayor tranquilidad en muchas zonas rurales del país. La paz, así la palabra no guste a muchos del régimen actual, es una necesidad sentida por la población que vive en las regiones más olvidadas. Si bien la población rural es hoy una minoría frente a la población urbana se evidencian los beneficios del camino recorrido.


Con la voluntad de no actuar está pronosticado que si se sigue el ritmo actual de destrucción del bosque dejará de llover, se perderá la función reguladora del clima tropical y se hará que la selva se transforme rápidamente en un gran desierto. Esta transformación será el final de la civilización contemporánea, ilustrada en “La Sexta Extinción” por la escritora Elizabeth Kugler. Como dijo recientemente el Dalai Lama, “No traeremos paz en el mundo si nos mantenemos solo rezando por él, tenemos que dar pasos para enfrentar la violencia y la corrupción que perturban la paz. No podemos esperar cambios si no tomamos acción”.

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