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Opinión

  • | 2020/04/18 04:30

    El huevo de la serpiente

    Un huevo cuya membrana translúcida permite ver, todavía enroscado en su cáscara y a punto de romperla para desperezarse, el embrión reptiliano del fascismo.

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Las autoridades de todo el mundo están encantadas con el coronavirus: nunca habían mandado tanto. Nos tienen en un puño. Y quieren mandar todavía más. Aquí en Colombia, por ejemplo, sacan decretos de emergencia inventando multas y nuevas reformas tributarias, prolongando el servicio militar, imponiendo el reclutamiento forzoso de médicos y enfermeros, prohibiendo el fútbol, separando a los hombres de las mujeres (¿recuerdan los lectores que el autoritario alcalde Mockus se inventó una “noche de las mujeres” para una rumba sin hombres?).

Ya en algunos pueblos los alcaldes crecidos de soberbia han dictado la orden de que por su territorio no pase nadie, y compiten en los mandatos de encierro: para mayores de 65, no, de 60, no, de 55. Amplían lo obligatorio, multiplican lo prohibido. En los Estados Unidos se fermenta una crisis constitucional porque el presidente Trump asegura que él tiene “la autoridad total” para “reabrir” todos los estados de los Estados Unidos, aunque los gobernadores de los estados y los alcaldes de las ciudades se opongan. La cual autoridad es dudosa en los términos federales de la Constitución. Pero, apunta Trump, llegado el momento electoral los gobernadores y alcaldes no se opondrán justamente por motivos electorales: no serían reelegidos. Y probablemente tiene razón. Y él, por su parte, para asegurarse votos para su reelección en noviembre, hace imprimir su firma en los cheques de auxilios federales para las familias por la pandemia como si fueran regalos personales suyos, de su propia cuenta bancaria. Y a lo mejor tiene razón: se lo agradecerán también personalmente, con sus votos.

Porque más grave aun que la tentación totalitaria de las autoridades, de la que escribí aquí hace quince días, es la tentación de rebaño de los pueblos: la de aceptar, o incluso reclamar, la autoridad absoluta de un líder. “Ein volk, ein führer”, decían hace 90 años los alemanes bajo Hitler: un pueblo, un jefe. En aquella época la tentación totalitaria no vino solo de las ideologías, el fascismo, el nazismo, el comunismo soviético, sino que surgió de la crisis económica y política dejada en toda Europa, y especialmente en la derrotada Alemania, por la Primera Guerra Mundial, agravada por el crack de la bolsa de Nueva York en 1929. Y, como dijo entonces Winston Churchill, “nunca hay que desperdiciar una buena crisis”. Porque las crisis se prestan, precisamente, para el desarrollo del autoritarismo de los gobernantes. En ese momento, y contra los fascismos, también fue la crisis la que llevó a Churchill al poder. Y a un poder casi sin medida: de gobierno de guerra.

Cuando esta terminó, el pueblo inglés tuvo la inteligencia de sacar a Churchill del poder, en vez de convertirlo en un perpetuo tirano popular como habían sido Mussolini, a quien admiraba, y Hitler, a quien temía (y que terminaron fusilado el uno y suicidado el otro). Pero esa inteligencia colectiva de los pueblos no es habitual. De modo que es posible que los gobernantes fortalecidos por la crisis se resistan a abandonar sus poderes de emergencia cuando pase la emergencia.

Un huevo cuya membrana translúcida permite ver, todavía enroscado en su cáscara y a punto de romperla para desperezarse, el embrión reptiliano del fascismo.

Lo que se está empollando es, en efecto, el huevo de la serpiente, como lo muestra la vieja película de Ingmar Bergman que lleva ese título: un huevo cuya membrana translúcida permite ver, todavía enroscado en su cáscara y a punto de romperla para desperezarse, el embrión reptiliano del fascismo.

Tomo como ejemplo una “carta de lector” a El Espectador, que firma hace un par de días el coronel (RA) Hugo Bahamón Dussán, en la que pide “líderes en los cuatro campos del poder: político, militar, social y económico (…) ¡todos unidos contra el enemigo común!”.

No. Ojalá se mantengan separados los poderes, y no unidos. La fórmula de Montesquieu sigue siendo la mejor vacuna contra el virus del totalitarismo.

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