En el artículo anterior revisé uno de los debates más importantes de la educación: los modelos universitarios. Caractericé dos modelos, el sapiencial y el tendencial que, a su vez, implican muchos otros, y presenté las visiones que tienen del estudiante y de la verdad, pero también de la misión de la universidad y de la actitud universitaria ante el legado cristiano que, vale la pena recordarlo, dio origen a la idea misma de universidad. Pues bien, en esta segunda parte termino de caracterizar la universidad sapiencial y la universidad tendencial, pero respecto de sus concepciones de la investigación y la docencia.
Investigación. En la universidad sapiencial la consigna principal es la búsqueda de la verdad. La investigación sigue esta senda. Por consiguiente, hay tiempo para la maduración, para que las ideas se desarrollen orgánicamente y los intereses emanen como resultado de una comunidad de indagación y su natural curiositas.
Con el fin de alcanzar la verdad, la investigación cultiva la apertura intelectual, porque está dispuesta a revisar supuestos y aceptar conclusiones no previstas; el carácter reflexivo, puesto que ni se fascina ni se descresta con la tendencia, sino que sopesa si las tendencias acercan o alejan al hombre de la verdad; y la finalidad formativa. Esta finalidad significa que la investigación, más allá de ser un requisito para el renombre institucional o la consecución de recursos, es una actividad que, si se dirige con honestidad intelectual, ilumina el pensamiento y orienta la acción humana.
En la universidad tendencial la investigación real se sustituye por la investigación condicionada al mercado —innovación rentable—, a la ideología —confirmar premisas políticas de tendencia— o a las métricas —publicar mucho y rápido para los rankings—. Se pierde la libertad de la genuina indagación.
Según este modelo, la investigación instrumentaliza el conocimiento, o sea, manipula el saber para satisfacer métricas, tendencias editoriales y oportunidades de monetización. Su premisa de funcionamiento es: ¿para qué gastar dinero en investigaciones e investigadores que no generan beneficios económicos? Es un contexto que privilegia la quantitas.
Los investigadores dejan de leer y reflexionar, para convertirse en cazadores de recursos y gestores administrativos que consumen su tiempo llenando formatos, reportes y evaluaciones burocráticas interminables. En este contexto, la producción de conocimiento queda subordinada a indicadores, trámites y justificaciones formales, de modo que investigar ya no significa comprender la realidad, sino cumplir requisitos y asegurar fondos que sostengan la estructura institucional.
Docencia. En la universidad sapiencial el docente es, ante todo, un maestro. De ahí que sea una figura formativa, y no solo informativa, que reconoce, a través de su actividad docente, que la finalidad de la educación es la formación integral, el cultivo de la sabiduría y la trasmisión del patrimonio cultural y científico de la humanidad.
Por eso, se caracteriza por lo siguiente: rehúye del especialismo que aísla y, en cambio, inserta su conocimiento en la cultura general que integra, tal y como lo explicó José Ortega y Gasset en su texto Misión de la universidad; se identifica con la personalidad de la universidad. Para la universidad sapiencial es imprescindible que exista una correspondencia de principios entre la cosmovisión del maestro y la universidad a la que pertenece, puesto que se trata, según lo explica Alasdair MacIntyre, de construir una comunidad de amigos morales e intelectuales; finalmente, respeta el pensamiento tradicional, como morada de sabiduría y experiencia intelectual que no pueden ser reemplazadas por la sola novedad. Así, el maestro no asume un diálogo vivo con quienes han pensado antes, y construye gramáticas de sentido que le permiten comprender los problemas en profundidad y evitar la superficialidad de las modas académicas.
La autoridad del maestro no viene del éxito, sino de la verdad que encarna y que es capaz de trasmitir: “Enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano. Es buscar acceso a la carne viva, a lo más íntimo de la integridad de un niño o de un adulto. Un maestro invade, irrumpe, puede arrasar con el fin de limpiar y reconstruir” (George Steiner, Lecciones de los maestros).
En la universidad tendencial, las principales actividades del docente son cumplir indicadores, dinamizar metodologías y adaptar contenidos a las necesidades del mercado. En palabras de Nuccio Ordine: “los profesores se transforman en modestos burócratas al servicio de la gestión comercial de las empresas universitarias. Pasan sus jornadas llenando expedientes, realizando cálculos, produciendo informes, intentando cuadrar las cuentas de presupuestos cada vez más magros, respondiendo cuestionarios, preparando proyectos para obtener míseras ayudas, interpretando circulares ministeriales confusas y contradictorias”.
La autoridad del docente, o bien se esfuma —maestro y alumno son “iguales”, nadie puede guiar a nadie— o bien se convierte en imposición ideológica: el poder disfrazado de pedagogía. En ambos casos, se pierde la autoridad legítima que nace de la sabiduría y la virtud.
En síntesis, desaparece la enseñanza que transforma interiormente: “una enseñanza deficiente, una rutina pedagógica, un estímulo de instrucción que, conscientemente o no, sea crónico en sus metas meramente utilitarias, arrancan de raíz la esperanza. Millones de personas han matado las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico con una enseñanza muerta y la vengativa mediocridad, acaso subconsciente, de unos pedagogos frustrados” (George Steiner, Lecciones de los maestros).










