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Opinión

  • | 2020/01/18 03:00

    Verdades varias

    Decía el maestro apócrifo Juan de Mairena que “la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero ”. A eso respondía satisfecho Agamenón: “Conforme ”. Y su porquero alzaba el dedo para decir: “No me convence".

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*El audio de este artículo está hecho con inteligencia artificial.

El recientemente nombrado ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, anuncia en televisión que pronto tendremos “una verdad institucional” sobre el espinoso asunto de las chuzadas telefónicas de los militares a políticos, magistrados y periodistas desafectos al gobierno de Iván Duque. Lo cual significa, traducido a la lengua corriente, que lo que tendremos será una nueva mentira oficial. Porque ya el recientemente despedido “por razones familiares” (otra mentira también) general Nicacio Martínez, comandante del Ejército, negó en redondo que esas chuzadas hubieran existido. Y no hay nada más institucional que la palabra de un comandante del Ejército.

Decía el maestro apócrifo Juan de Mairena que “la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”. A eso respondía satisfecho Agamenón: “Conforme ”. Y su porquero alzaba el dedo para decir: “No me convence”.

Insistió el ministro Carlos Holmes Trujillo, hablando en la radio: “Es que yo no sé si hubo o no chuzadas. Esa verdad institucionalmente no está establecida. Aquí lo que hay es una investigación periodística”. Y prosiguió, arrastrado por la ola enloquecida del tsunami de su propia retórica: “De lo que se trata es de conocer la verdad institucional: es decir, la verdad administrativa, disciplinaria, penal y fiscal. ¿Y cómo se llega? Por las autoridades competentes. Para eso existen las autoridades competentes: para averiguar la verdad. Estamos a disposición plena de las autoridades (porque) el país necesita conocer la verdad”.

Lo malo es que precisamente la “verdad” que está en duda es la verdad que dan las autoridades. O, como la llama el ministro Trujillo, “institucional, administrativa, disciplinaria, penal y fiscal”. Solo se le quedaron por fuera los adjetivos “política” y, sobre todo, “militar”. Así como el fundamental: la verdad “oficial”.

Decía en un célebre aforismo Juan de Mairena, el maestro apócrifo inventado por el poeta Antonio Machado, que “la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”. Pero a eso respondía satisfecho Agamenón: “Conforme”. Y su porquero alzaba el dedo para decir: “No me convence”. Agamenón representa lo que el ministro Carlos Holmes llama “las autoridades competentes”: era ese jefe de los aqueos en la guerra de Troya a quien Homero da el epíteto de “rey de hombres”, es decir, la encarnación humana del poder. Su porquero, en cambio, no es otra cosa que el más humilde de sus servidores: el cuidador de sus cerdos. De ahí la satisfacción agamenónica con su propia “verdad” y el escepticismo del porquero con la que le atribuyen: esa verdad tan bonita del poder no puede ser cierta.

El general Nicacio Martínez niega que hayan existido las chuzadas. El ministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo, más cauto, dice que él no sabe si las hubo o no, y que hay que esperar a ver si “las autoridades” (es decir, sus subordinados) las niegan o las confirman. Y salta el senador uribista José Obdulio Gaviria, Pepito Grillo en el oído del expresidente Álvaro Uribe, jefe del ministro y del general, a reforzarlos a ambos diciendo que el informe en que la revista SEMANA las denuncia “es un artículo irresponsable”, hecho de simples “insinuaciones” malévolas. Es de nuevo lo ya visto, lo “déjà vu” desde que en los tiempos del primer gobierno de Álvaro Uribe se denunciaron las primeras chuzadas o escuchas ilegales de las autoridades competentes por las cuales están hoy condenadas y todavía presas altas autoridades competentes de la manipulación de la verdad como la entonces directora del DAS, que a continuación tuvo que ser disuelto. Y reemplazado. ¿Por quién? Por la policía y por los militares. Los subordinados –o tal vez no– del enloquecido ministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo.

Frente a las verdades de Agamenón, los porquerizos seguimos siendo escépticos. 

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