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Opinión

  • | 2019/09/21 03:31

    Soy decente

    Quiero dejar constancia de que he recibido noticias creíbles que dicen que se avecina una gran campaña de desprestigio en mi contra. Sé de dónde viene, pero no temo; no tengo nada que esconder.

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Aunque me dicen Vicky, me llamo Victoria Eugenia Dávila Hoyos. Tengo 46 años, soy de Buga, católica –no fanática–, respetuosa de otras creencias, confío en que Dios no me abandona. No quiero convencerlos de que soy la mejor periodista; son ustedes los que deben juzgar la calidad de mi trabajo. Decidí escribir esta columna porque ahora en Colombia los periodistas estamos permanentemente bajo sospecha. Sé que la corrupción también ha tocado el periodismo, pero estoy segura de que la mayoría de colegas actúa con rectitud, muchos exponiendo sus vidas, siendo injustamente perseguidos, difamados y amenazados; otros jamás serán tocados por autoridad alguna porque están blindados por el poder. En lo que a mí corresponde, me han dicho que estoy al servicio de las mafias; que soy guerrillera o paramilitar, corrupta, prepago; que estoy al servicio del petrismo; que mi patrón es Uribe; que soy una tibia solapada, y muchas cosas más. Permítanme, pero vengo a hacer una defensa de mi decencia. Sí, soy decente y me he empeñado en ello desde que tengo recuerdos.

No tengo precio, jamás lo he tenido ni lo tendré. Eso sí, tengo mis convicciones y las defiendo limpiamente. No creo tener la verdad revelada, ni saco del llavero o descalifico al que no piensa como yo. No hago cálculos, soy frentera. Siempre he vivido de mi salario como periodista. Aunque no creo que hacer empresa sea malo, quiero que sepan que no soy accionista de ningún medio ni tengo oficina de asesorías o de producción, tal vez eso hable mal de mí y me obligue a decir que soy una fracasada, sin ideas. No lo sé.

No les debo a los políticos, puedo mirar a los ojos a los presidentes y expresidentes de este país porque solo he recibido de ellos entrevistas, lo propio de mi trabajo, y eso que en Gobiernos como este, el presidente no me ha dado ni una sola desde que se posesionó; llevo un año pidiéndola.

Creo en la autoridad. No apoyo ni justifico la lucha armada, sea de izquierda o de derecha. No pertenezco a ningún circulito social ni periodístico, no soy coctelera ni compinchera; soy respetuosa de mis colegas y tengo cariño sincero, en especial por los que han estado a mi lado en los momentos más difíciles. Soy grata con ellos y lo seré siempre.

No he hecho comerciales; aunque me han ofrecido sumas millonarias durante mi carrera, uno de mis jefes me enseñó que eso podría darme plata pero quitarme credibilidad. Pagué la casa en la que vivo a cuotas y cuando me quedé sin trabajo, tuve que extender el crédito por dos años más. He sido cautelosa en el manejo del dinero y lo he compartido con mi familia; he tenido la fortuna de que me paguen bien por hacer lo que más me apasiona y me gusta, por eso me sorprendo cuando veo funcionarios “emprendedores” que están millonarios con salarios que ni en sueños les permitirían amasar tales fortunas.

Quiero dejar constancia de que he recibido noticias creíbles que dicen que se avecina una gran campaña de desprestigio en mi contra. Sé de dónde viene, pero no temo; no tengo nada que esconder.

No tengo contratos, puestos o cuotas burocráticas. Mi mamá es ama de casa, tengo cuatro hermanos: un periodista, un músico y dos psicólogos, y hasta hoy ninguno de ellos ha trabajado con el Estado.

Tengo fama de brava. No soy lagarta y aunque algunos no me pasan, siento que son muchos más lo que me aprecian. Soy malhablada, apasionada, aguda en mis entrevistas, persistente, popular; valoro el cariño de la gente sencilla, amo a los soldados y policías más humildes de mi país. No tengo apellidos rimbombantes ni represento a una familia de alcurnia. No tengo amante, nunca me acosté con el jefe para ascender, jamás probé las drogas ni el cigarrillo y es muy extraño que me tome una copa. No soy mojigata, pero en la casa me enseñaron el valor de llevar una vida sana y eso les inculco a mis hijos con ahínco. No juzgo a quienes disfrutan de ese tipo de actividades, pero como periodista me siento obligada a advertirles, especialmente a los jóvenes, sobre los riesgos que corren.

He entrevistado ladrones, corruptos, matones, violadores, secuestradores y demás, nunca he hecho pactos con ellos. No he vendido o comprado una noticia, por reveladora que esta sea. No odio, aunque me señalen de tener ese sentimiento horrendo de los corruptos que denuncio. Tampoco creo que estemos condenados a amar sin reparo a los poderosos de este país, solo por ser poderosos.

Mis hijos son mi vida; mi madre y mis hermanos, mis otros amores. Estoy casada con José Amiro Gnecco Martínez, un hombre bueno que ha soportado los peores ataques por culpa de mi trabajo y que sin embargo ha guardado un estoico silencio. José estudió Medicina desde los 16 años; es un gran cirujano, no hace política, no ha cometido delito alguno y jamás ha sido investigado. Eso me basta. José, usted sabe cuánto lo amo.

Esta soy yo: una mujer normal, con errores y defectos. He sido muy feliz como periodista y también he llorado como un niño chiquito por el sufrimiento de mi gente, ante las amenazas, las calumnias y las jugadas del poder para dejarme fuera de combate. Por esta razón, hoy quiero dejar constancia de que he recibido noticias creíbles que dicen que se avecina una gran campaña de desprestigio en mi contra, planeada en lujosos restaurantes bogotanos. Sé de dónde viene, pero no temo; no tengo nada que esconder. A los que piden mi cabeza les digo que mejor respondan por sus fechorías, pongan la cara y déjenme en paz. Y por favor, a las esposas histéricas que llaman a hacerles reclamos a mis superiores por mis publicaciones, les digo que se abstengan; lucen poco democráticas y hacen quedar pésimo a sus maridos. Disimulen.

Mi respeto siempre a los periodistas decentes, por más sencillos que sean. Mi admiración a los que no tienen intereses raros o amistades poderosas que los obliguen a guardar silencio. Malos o buenos periodistas, equívocos o acertados, pero decentes. Seguiré publicando, no me dejaré silenciar.

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