Hace unos cuantos años, Luis Carlos Galán se presentó por primera vez como candidato presidencial. Esto dijo en los primeros siete minutos de su primera alocución televisada. El discurso, que no tiene nada de desperdicio, lo encuentra en YouTube.
“Hoy en día, Colombia se encuentra en una de las más graves crisis. Una crisis de trascendencia histórica que se percibe en todos los aspectos de la vida de nuestro pueblo. Es una crisis que se expresa, por ejemplo, a nivel internacional porque el pueblo colombiano ha perdido influencia en el conjunto de América Latina, tiene dificultades para defender su papel como protagonista importante de la vida americana...
La crisis aparece también en todos los sectores económicos, se percibe en el receso de la industria, en el estancamiento de la agricultura, en la parálisis de la construcción. Se percibe en los propios recursos del Estado colombiano, en donde existe un déficit cuantioso sobre el cual el país no ha recibido información objetiva y ha sido ocultado por el actual Gobierno con empréstitos en el exterior que han permitido disimular el impacto de esos problemas.
Es una crisis también social que se nota en el deterioro de los ingresos de los colombianos.
Se percibe en la extensión de la miseria en las zonas urbanas y rurales, en el empobrecimiento de las clases medias y populares, en la disminución de las oportunidades de ascenso para los sectores populares del país.
Una crisis social también por los cambios en el liderazgo colectivo.
Los líderes en Colombia ahora no surgen tanto como consecuencia de una capacidad de interpretación de los problemas del país, sino como resultado de factores artificiales: o porque se hace dinero de la noche a la mañana por caminos no siempre claros o porque se manipulan los instrumentos administrativos para obtener poder político y poder electoral.
En esencia, se podría decir que vivimos una gran crisis moral.
Y la crisis moral, cuando afecta a un pueblo, se expresa sobre todo en el momento en que los intereses privados, los intereses particulares, tienden a prevalecer sobre los intereses públicos, sobre los intereses colectivos.
En medio de ese complejo panorama de dificultades, los partidos políticos se muestran incapaces para resolver esa crisis. Aparecen inferiores a sus obligaciones y a sus responsabilidades.
La crisis nacional amenaza la democracia y amenaza la libertad de los colombianos. Si esta emergencia en que se halla el país no la sabemos sortear, todos los colombianos corremos el peligro de perder en muy poco tiempo lo que se ha construido en materia de instituciones democráticas y de garantías individuales y civiles como consecuencia del imperio de un Gobierno autocrático o de una aventura anarquista.
Lo más grave es la incapacidad de los partidos para reconocer esa crisis. Para comprenderla y, por lo mismo, para afrontarla.
¿En qué están convertidos nuestros partidos? Ya no son aquellos grandes instrumentos de expresión de los anhelos populares, ya no son esas fuerzas ideológicas, idealistas muchas veces, con aspiración superior y trascendente. Los partidos se convirtieron en maquinarias electorales y burocráticas que todo lo reducen a conquistar pedazos de la administración pública para lograr, a través de ellos, condicionar a los electores.
La administración es cada día más ineficiente y menos idónea para resolver los problemas del país, para manejar los intereses del pueblo colombiano. En lo nacional, en lo departamental y en lo municipal, la administración se convirtió en el objetivo de unas roscas, de unas camarillas políticas, que no hacen otra cosa que monopolizar los instrumentos de la administración pública, luchar por este o aquel empleo secundario. A eso redujeron su acción política pensando que con ello lograrán la fuerza electoral cada dos y cuatro años. Pero no solo la administración. La contraloría o contralorías se encuentran afectadas por esa misma mentalidad y ese mismo criterio de acción política.
En esencia, toda esta crisis de los partidos se concreta en que no logran interpretar a la Nación. No pueden servir de cauce a la opinión de los colombianos…”: Luis Carlos Galán Sarmiento, 1982.
Yo tenía entonces 10 años y duele intensamente ver cómo seguimos igual. Sus palabras tienen absoluta vigencia, pues muchas cosas han empeorado. Las prácticas modernas basadas en capturar al Estado mediante billonarios carteles de la contratación que dan munición a la compra masiva de votos, elevan barreras a la libre competencia política y restringen el dinamismo empresarial, requieren la respuesta de una ciudadanía crítica, inconforme, participativa y que sale de la apatía. No vacile en expresar su voz con su voto. Vote y movilice a sus seres queridos a optar por un cambio, pues entre el continuismo y la improvisación, la democracia liberal está agonizando.
