OPINIÓN

Julio Londoño Paredes

¿Zanjas y muros en la periferia nacional?

En medio de escándalos palaciegos y de la violencia rampante, nos estamos volviendo famosos.
24 de abril de 2026 a las 10:00 a. m.

El presidente de Chile, fiel a sus promesas de campaña, ha iniciado la deportación, por diferentes vías, de inmigrantes en condición irregular implicados en actividades delictivas, una política en la que coincidieron varios candidatos en las pasadas elecciones. También está utilizando, al igual que Trump, la vía aérea. En el vuelo “inaugural”, la mayor parte de los deportados fueron colombianos.

Igualmente, está trabajando en el fortalecimiento de la seguridad en puntos críticos de la frontera con Perú, mediante zanjas, muros y vallas, además de la instalación de sensores de movimiento, drones, radares térmicos y torres de observación.

Ecuador no ha construido zanjas ni muros a lo largo de la frontera con Colombia, porque buena parte de ella está constituida por los caudalosos ríos Mataje, Mira, Carchi, Putumayo y San Miguel, entre otros. En lugar de muros, existen barreras naturales como el nevado de Chiles y los empinados cerros de La Oreja y de Pax.

El presidente Noboa acusa a Petro de no haber tomado acciones efectivas para impedir el paso de delincuentes a territorio ecuatoriano e inició una absurda guerra de aranceles. No obstante, es sabido que grupos armados colombianos se encuentran en zonas cercanas a la frontera colombo-ecuatoriana o sobre la frontera misma.

Un medio de difusión publicó un informe en el que se demostraba que escuelas de niños en el departamento del Cauca son usadas como campamentos de los grupos armados, así como para guardar explosivos y esconder cuerpos. Mientras que, en el Putumayo, en el sitio La Victoria, sobre la frontera común, soldados son asesinados por “lluvias de drones”.

Ni hablar de la frontera con Venezuela. No obstante que Maduro está en la cárcel y que Estados Unidos es el “Estado administrador”, la situación en Cúcuta, en el departamento de Norte de Santander y en la región del Catatumbo, es de alarmante deterioro. Los grupos armados compiten a sangre y fuego por su control. Las trochas en la frontera siguen controladas por bandidos, mientras francotiradores y drones matan a soldados, policías y a la población civil.

El ELN, que ahora es colombo-venezolano, controla enormes regiones a ambos lados de la frontera. Se está cumpliendo, de facto, “la zona de paz y de integración” acordada entre Maduro y Petro. La gente no tiene alternativa y paulatinamente se va encerrando, silenciosamente, como en guetos, para sobrevivir.

La acción contra la migración ilegal en Estados Unidos evitó que el presidente de Panamá hubiera construido, como lo anunció, un muro en la frontera con Colombia en el sector del tapón del Darién, que no conocía.

Como si fuera poco, la sucesión ininterrumpida de escándalos palaciegos y cables cruzados entre agencias personalizadas de inteligencia y gestores de paz nos colocan en primera línea en el ámbito internacional. Menos mal que, con los arranques de Trump, pasamos a un segundo plano.

Entre tanto, mientras nos escandalizamos con un tiroteo en las pirámides de Teotihuacan, pasamos de agache ante las masacres diarias en los cuatro puntos cardinales de nuestro lindo país. ¿Seguiremos así indefinidamente? ¿Será que debemos acostumbrarnos?