OPINIÓN

Andrea Padilla Villarraga

Iván, las otras víctimas

Carta a Iván Cepeda
24 de abril de 2026 a las 10:00 a. m.

Apreciado Iván:

Gracias por la conversación de hace unos días. Es bonito saber que el amor de sus tres perritas lo han hecho sensible a los animales, a sus necesidades y a su vulnerabilidad. Lamentablemente, la deuda que tenemos con ellos es enorme, pues pese a ser criaturas magníficas y sintientes que hacen parte de nuestra vida familiar, de nuestra riqueza ambiental y sociocultural, incluso de nuestra economía, su protección jamás ha hecho parte de los intereses de ningún Gobierno. Siempre se les ha tratado como bienes productivos, cosas en propiedad o recursos a nuestra disposición, pero jamás como seres vivos a cuidar, respetar y proteger por su propia dignidad.

Son tantos los frentes por atender… Aún hay más de 7 mil caballos, yeguas, mulas y burros halando carretas en condiciones inclementes; 13 mil animales silvestres son traficados anualmente en formas que reflejan la ingeniosa maldad de los delincuentes; 10 millones de cerdos, pollos y vacas son transportados año tras año a mataderos en condiciones de extrema crueldad, y en fin... Podrían escribirse historias de horror sobre decenas de escenarios en los que cientos de miles de animales capaces de sentir, dotados de conciencia, inteligentes, que aman a sus crías y con potencial para disfrutar de complejas vidas sociales, mentales y emocionales padecen diariamente, como víctimas, sin que se produzca el más mínimo gesto de empatía y de responsabilidad por parte de las instituciones estatales.

Felizmente, otras prácticas impías en las que, además de sufrir y morir animales, se envilecen los humanos y se entronan gobiernos zánganos acostumbrados a darle a la gente pan y circo, quedarán prohibidas entre quince y treinta meses. Me refiero a las corridas de toros, corralejas, peleas de gallos y al coleo que, gracias al Gobierno y a la Corte, desaparecerán. Por supuesto, si la ley y el fallo del juez constitucional se hacen cumplir durante el que podría ser su gobierno. Tendrá usted una gran responsabilidad.

Pero volvamos a sus perritas, apreciado Iván, porque nuestra conversación me dejó clara la necesidad de ahondar en la política más urgente que debe implementar el próximo Gobierno para atender uno de los fenómenos más dolorosos de nuestro país. ¿Sabía que en Colombia hay 3 millones de gatos y perros malviviendo en las calles? Puede que sean muchos más, si tenemos en cuenta que en cinco años una gata y su descendencia pueden llegar a ser 28 mil gaticos, mientras que una perra y su decendencia pueden convertirse en 5 mil cachorros. Quizás las terribles prácticas habituales de ahogamiento en ríos y enterramiento de crías al nacer han hecho lo suyo, pero definitivamente esta cifra abona a la miseria y a la violencia en nuestro país.

Hablo de animales forrados en los huesos, con las pieles desechas por hongos y sarna, devorados por garrapatas y gusanos instalados en heridas putrefactas, hambrientos, sedientos, enfermos, con virales en fase terminal, con sus genitales sangrantes por enfermedades de transmisión sexual, atropellados, agredidos de formas brutales, hembras buscando donde parir, cuyas crías no nacidas se convierten en agonías que conducen a la muerte lenta de las madres, bebés abandonados en la calle aún con el cordón umbilical, y también de la tristeza, de los ciclos de padecimiento y dolor que tal desgracia conlleva y que, felizmente, sus perritas nunca vivirán.

Ojalá en los recorridos que ustedes hacen por la Colombia que llaman “los territorios”, empiecen a ver este drama; que la compasión que les despierta la gente empobrecida se mueva también ante el sufrimiento animal. Yo lo palpo y lo asumo todos los días, al igual que cientos de rescatistas y fundaciones, pero es un hecho que sin el compromiso del estado no lograremos transformar tan pavorosa realidad. Ni siquiera, gracias a los miles de personas que se han echado al hombro la labor de rescatar: gentes pobres, casi siempre, también de clase media, que a fuerza de llenar de animales sus pequeñas viviendas o lotes arrendados han colapsado emocional y económicamente. Este es otro sector de la sociedad que también necesita apoyo, pues son madres comunitarias, a menudo acosadas, a quienes el estado indolente les ha delegado sus obligaciones.

Esterilizar no solo es un acto de amor sino de responsabilidad. Es la manera más ética y eficaz en la que lograremos atajar la natalidad desbordada de gatos y perros, y mitigar su colosal padecimiento. Además, reduciremos el impacto en la fauna silvestre, los riesgos de enfermedades zoonóticas, los accidentes viales y los conflictos vecinales. Y sin duda, seremos un país más justo y compasivo. No tema, pues la reglamentación de la ley ‘Esterilizar Salva’, de nuestra autoría, asegura procedimientos de calidad, y en Colombia contamos con excelentes profesionales en medicina veterinaria. ¿Qué falta? Voluntad política para destinar los recursos y ejecutar el programa con plena cobertura nacional. Inversión, como toda revolución social. Y mucha vigilancia para que no se roben la plata.

No soy de izquierda ni de derecha, apreciado Iván; soy defensora a rabiar del derecho de los animales a no sufrir, a vivir con dignidad y a morir en paz, como cualquier criatura humana. También, del principio de que el estado debe priorizar a los más indefensos, violentados y vulnerables. Confiamos en que su profunda empatía por las víctimas de la guerra le permitirá extender la consideración moral a las otras víctimas del abandono estatal, de la corrupción y de la crueldad.

Por supuesto, estaremos para ayudarle.

Fraternalmente,

Andrea Padilla Villarraga

La senadora animalista de Colombia