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| 8/2/1982 12:00:00 AM

UN GLOBO PARA HUIR

Fragmento de un libro inédita titulado "Memorias de la Cárcel"

UN GLOBO PARA HUIR UN GLOBO PARA HUIR
Un veterano al caer nuevamente a la cárcel, se recluyó en su celda casi todo el tiempo, su rostro famíliar a los guardianes fue desapareciendo bajo la barba y se puso a estudiar latín. El día en que el equipo de fútbol de la prisión tuvo como contrincantes a los seminaristas se salió con ellos, con su rostro rasurado y su sotana nueva, haciendo rebotar el balón contra el suelo al pasar frente a la Guardia Externa. Cuando al fin las pesquisas llegaron al Seminario Mayor, los seminaristas apenas si se acordaban de que habían perdido solamente por dos goles en su encuentro con los reclusos, pero ninguno sospechaba del reverendo padre visitador pontificio de prisiones que había almorzado ese día en la mesa del padre rector y que había deslumbrado al prefecto de disciplina con sus hondos conocimientos de teología moral.
Hubo alguien que se empeñó por muchas semanas en la vía aérea. Dado que soplaba siempre el viento en las terrazas y que era posible llegar a una de ellas sin ser visto, durante la noche el aprendiz de pájaro comenzó a construir cometas. Sus modelos experimentales, cada vez más aerodinámicos, llegaron a ser una de las diversiones de su patio.
Cada vez más grandes, cuando apareció una super-cometa que recordaba la forma de un vampiro con dobles alas traslúcidas surcadas de nudosas nervaduras de mimbre, hasta los guardianes siguieron con escéptica simpatía las evoluciones de la pesada máquina que no creian capaz de levantarse del fondo del patio. No recordaron que ningún artículo del código carcelario prohibiera elevar cometas.
Al fin, la máquina lanzada porfiadamente en uno y otro sentido y gobernada por varias cuerdas como un titere, se escapó de los cuatro muros y comenzó a navegar por el cielo cuadrado del patio como un ave monstruosa del paleolitico. Fue tal su fuerza que levantó a su piloto-prisionero varios centimetros del suelo y le hizo dar algunos pasos muro arriba. Los reclusos rieron. Catalogado como chiflado, el hombre de las cometas siguió con su deporte por algunos días, hasta que en todos los patios resultaron reclusos ansiosos de jugar con el viento. Los ratos soleados de la prisión se transformaron en bulliciosa fiesta de colegiales y los cielos de los patios se poblaron de cometas multicolores y frágiles como mariposas audaces contra el viento como gaviotas, sin que faltaran las cometas piratas armadas de cuchillas de afeitar. Todo el espectáculo era seguido por los cautivos con ojos nostálgicos de infancia y de libertad. El director explicó entonces por las redes del altavoces que según el espíritu de las leyes, las cometas violaban la incomunicabilidad de las prisiones con el exterior y que inclusive podían causar trastarnos a la navegacion aérea de un aeropuerto vecino. Todos comprendimos más o menos confusamente que para el gobierno las cometas no eran un juego de niños en manos de hombres privados de libertad y que había algo subversivo en toda intentona colectiva de ascenso, en todo impulso de abajo arriba, así fuera pueril o poético. Al hombre-cometa le decomisaron su gigantesco murciélago y todos lo vimos pasar arrastrado por dos guardianes, un poco tristes, como cuando sacaban un muerto.
Calladamente, el hombre-pájaro pensó entonces en el globo.
Meditando en su celda, halló que el globo tenía la ventaja de poder gobernar el descenso. Y merodeando por la prisión encontró que en los talleres había la posibilidad de obtener el hidrógeno para inflarlo. En su nueva empresa gastó sigilosamente muchos meses. Se pensó que había olvidado su manía voladora. Una noche logró quedarse fuera de su celda cuando pasaron la reja corrediza, logró transportar su equipo hasta un cierto lugar del patio, logró trepar con peligrosas piruetas hasta una de las terrazas, y logró finalmente tener todo listo para el vuelo.
Abrazado a voluminoso globo de tela negra se tendió en la terraza y contempló la más triste ciudad del mundo que estaba a sus pies. Un silencio de yermo helado, un millón de luciérnagas agonizando en un pantano inmenso. Por algunos instantes, muy arriba, en uno de los cerros que hacían masa con las tinieblas apareció una cruz iluminada presidiendo el paisaje fúnebre. El hombre-pájaro comprendió entonces que lo que debía hacer su hogar no era ninguna de las lucecitas titilantes, ni siquiera las más débiles y lejanas esparcidas al sur. Supo que para escaparse verdaderamente tendría que volar lejos, muy lejos hacia un país ignoto y soleado, en donde no estuviera levantando un patíbulo en cada cerro, un convento en cada esquina, una iglesia en cada barrio, un basurero para viviendas de pobres; un lontano país, en el que la vida no estuviera envuelta en un sudario, encerrada en los prejuicios, altos como montañas, y tejida de sordidez y de melancolía.
Decididamente, el hombre-pájaro tuvo la certeza de que en cualquier sitio en donde cayera su globo, no encontraría sino la persecución y la miseria de siempre. Solamente entonces sintió el intenso frío y añoró la tibieza de su celda.
Oponiéndose con todas sus fuerzas a la violencia del viento, infló completamente el globo, le fijó el cilindro de acero y cortó las amarras. Borradas las huellas de un acto largamente esperado que en el momento de la ejecución le pareció sin sentido, experimentó el temor del descenso, sonrió pensando en que tal vez era el único hombre que iba a correr el peligro, no ya para fugarse, sino para regresar a la cárcel. Ya en uno de los patios resbaló en una laja, y su silueta fue vista por uno de los guardianes de las gatitas que lo derribó de un disparo.

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