Conocí a don Germán Montoya en 1986, cuando entré al gobierno del presidente Barco como viceministro de Hacienda. Desde el primer momento tuvimos una estrecha conexión, y él tuvo a bien “adoptarme” y darme su apoyo y consejo durante los cuatro años del gobierno. En estos días, con motivo de su muerte, su actuación como Secretario General de la Presidencia ha sido el centro de los comentarios, la mayoría de las veces para magnificar el rol que ejerció. Yo lo veo de otra manera. Su único objetivo al ingresar al gobierno fue apoyar y acompañar a su amigo de muchos años, el presidente Barco, cuya visión liberal del país compartía, mediante una gestión leal, discreta y confiable. Para eso aportaba sus grandes capacidades de gestión. Sin duda, y creo que hoy eso se reconoce, Don Germán es el prototipo de lo que debe ser el Jefe de Gabinete de la Casa de Nariño: no tenía agenda ni objetivos propios, distintos a los del Presidente, y gozaba de su total confianza.
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Más que un hombre de negocios, don Germán era un emprendedor inquieto, siempre en busca de hacer cosas innovadoras. A los 27 años llegó a ser vicepresidente de Coltejer y se radicó en Bogotá para representar los intereses de la textilera. Gracias a su don de gentes y su mente ágil, rápidamente el joven paisa, que no tenía pergaminos ni abolengos especiales, se relacionó exitosamente con los exclusivos círculos de la capital. Las ganas de crear cosas nuevas lo llevaron a retirarse de esa organización, ya madura, para dedicar las siguientes tres décadas a desarrollar la industria automotriz del país, de la que se convirtió en estandarte, hasta que se retiró a comienzos de los 80.
Una vez terminó el gobierno, en 1990, viajó a Canadá como embajador, por razones de seguridad personal. Allí desarrolló una intensa actividad y, entre otras cosas, buscó entender por qué la producción canadiense de petróleo provenía en su mayor parte de pozos pequeños, casi que unidades familiares. Cuando regresó a Colombia, unos años después, se dedicó a estudiar esa industria en el país. Se dio sus mañas para preparar un libro corto sobre los campos pequeños y su potencial, y promovió la creación de Petrocolombia con algunos amigos. Allí tuve el privilegio de acompañarlo durante algunos años, tratando de ser petroleros sin plata; pero con su iniciativa y sus deseos de servir se lograron algunos hitos importantes, trabajando y cooperando con los gigantes del sector, como Transcanada Pipelines, Halliburton, Shell y BP. Por esos días, al borde de los 80 años, se convirtió en una persona respetada y querida por todos quienes actuaban en la actividad petrolera, porque él siempre ofrecía el consejo oportuno y desinteresado. Hoy, 20 años después, todavía se le recuerda en el sector con inmenso cariño y gratitud.
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De don Germán admiro muchas cosas. Su sencillez y trato amable, para con todos, sin distingos. Su talante abierto y progresista, respetuoso de las ideas ajenas, que le permitía discutir y disentir, sin ofender ni agredir, siempre con altura, humor y buenas maneras. Su apertura al pensamiento nuevo, que él buscaba entender y asimilar, por lo que prefería trabajar con personas jóvenes, ojalá muy jóvenes, a quienes animaba y estimulaba con generosidad. Y, por supuesto, su permanente preocupación por el país y el bienestar de la gente.
Sin duda se fue un colombiano ejemplar. Funcionario dedicado y discreto, sufrió en su familia los ataques aleves de los peores criminales con un estoicismo a toda prueba. Empresario exitoso y visionario, dejó una huella imborrable en quienes tuvimos la fortuna de acompañarlo y tener su orientación. Don Germán vivió largo, sembró mucho y disfrutó la vida. Descanse en paz.
