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River - Boca no cambió la historia del fútbol sudamericano, pero sí mostró su peor faceta

Por: Jaime Flórez. Buenos Aires, Argentina

Desde la víspera, en Buenos Aires se sentía una atmósfera rara. Muchos hablaban, como videntes, de que algo extraño pasaría. Y pasó, sin que hubiera un solo minuto de fútbol. Crónica de una jornada bochornosa.


"Hoy cambia la historia de la Humanidad. Hablábamos de antes y después de Cristo, y ahora vamos a hablar de antes y después del partido de River - Boca", dijo el Colorado, dueño de la tienda de souvenires más famosa del barrio La Boca y de un don para la hipérbole digno del más exagerado de los porteños. Lo dijo frente a la Bombonera, un estadio clausurado, luego de que dos días antes 50.000 hinchas desbordaran un entrenamiento, e hicieran una fiesta descomunal y vibrante de una simple exhibición en la que los jugadores xeneizes se limitaron a tocarse el balón inocuamente. El descontrol venía de la víspera.

En esta mañana, la vacía Bombonera se sentía como uno de los polos de la ciudad, el lugar donde se originó una rivalidad, un siglo atrás, entre dos equipos de aficionados que compartían las mismas calles. A 13 kilómetros, el otro polo de esa dualidad, el Monumental, ya estaba militarizado, el lugar llamado a albergar el capítulo más importante de este enfrentamiento centenario. Buenos Aires se sentía eléctrica y una deslumbrante tarde de verano parecía el escenario perfecto para un partido inolvidable.

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Mientras conducía por las calles de la Avenida de Mayo, el taxista Eduardo Basilio apagó la radio para evadir un programa deportivo más, pues había escuchado tantos que anunciaban metafóricamente el fin del mundo que ya estaba nervioso. "Mañana todo va a ser diferente", dijo, "y lo digo yo, que soy hincha de Argentinos". Cuando insiste en que algo está a punto de pasar, pero que no sabe exactamente qué, Basilio parece un personaje de aquella historia de García Márquez en la que un mujer se levanta un día con el presentimiento de que algo va a pasar en su pueblo, y se riega el rumor al punto que su fuerza termina generando un incendio y el éxodo de su gente. Los porteños parecen personajes de ese cuento. Millones de personas que no conocen los puntos medios, exagerados, apasionados, y todo eso potenciado si el tema es el fútbol.

En las semanas previas, los canales deportivos de televisión parecieron entregarle la parrilla completa al partido. Durante horas y horas de días y días, se elucubró sobre lo que podría suceder en apenas 90 minutos de juego. Se dedicaron programas enteros a discutir quiénes y en qué orden debían patear los penaltis, en caso de que, como sucedió en la Bombonera, la final definitiva también terminara empatada. La atención es tal que el G20, el evento que la próxima semana congregará a los presidentes de las potencias mundiales en Buenos Aires, es apenas un tema que se roza en el voz a voz de las calles.

Cuando Basilio estaba a 15 cuadras del estadio, encontró una barricada de policías armados hasta los dientes que detenían el tráfico. Esta zona que rodea el Monumental tiene otra cara muy distinta a la de la Boca. Casas lujosas, diseñadas en variados estilos europeos y amplias zonas verdes que contrastan con las callejuelas angostas, los inquilintatos populares y los muros desboquetados del barrio azul y oro. La popular y la élite, que alguna vez convivieron juntos.

Desde la mañana, los alrededores del Monumental se llenaron de policías que acordonaron unas 15 cuadras a la redonda la cancha. Las calles del barrio Núñez fueron bloqueadas con barandas metálicas de dos metros de altura, flanquedas por gendarmes tensionados, con sus bolillos dispuestos y sus escudos al frente. Al mediodía, las barreras se abrieron para los hinchas -socios del club en su mayoría- que tenían la entrada. Afuera, arengando y alentando, se quedaron miles más, vestidos con la camiseta de la banda cruzada. Como es rutina en un día de clásico, la mitad de los cánticos estaban dedicados a insultar a Boca.

Los aficionados colmaron los lugares de concentración de los clubes, que faltando poco más de dos horas, salieron hacia el Monumental. En ese recorrido, un grupo de aficionados atacó a piedras el bus de Boca, pese a que se había dispuesto todo un operativo policial para despejar la ruta. La respuesta de los uniformados fue usar gases para repeler a los violentos, pero los lacrimógenos terminaron afectando a los jugadores xeneizes. Tanto se habia hablado de que algo iba a pasar, y finalmente pasó.

La entrada de la plantilla de Boca al Monumental fue vergonzosa. Los jugadores pasaron alterados, congestionados por los gases. Tévez era, visiblemente, el más afectado, con la mirada gacha y un gesto de confusión. El estadio, que para ese momento estaba lleno a un 80% de su capacidad, retumbaba en cánticos de los hinchas que ignoraban el desastre que los rodeaba. La noticia tardó alrededor de media hora en regarse por la gradería. El Monumental se silenció cuando se propagó el rumor de que el partido podría suspenderse. Los escudos gigantes de los equipos, que ya estaban dispuestos sobre la gramilla, fueron recogidos.

La primera noticia oficial llegó a las 2:45 de la tarde, cuando faltaban 15 minutos para el comienzo del partido. Una cuenta de la Conmebol anunció en Twitter que el partido se "postergaba" una hora más. Pero, al tiempo, se informaba que el jugador Pablo Pérez era trasladado a una clínica. La incertidumbre continuaba.

El aliento de los hinchas se volvió intermitente. Cada tanto se animabana cantar por un par de minutos, pero las ganas se apagaban, como cruzadas con el temor. El peor escenario era que se suspendiera el encuentro y se resolviera jugar luego a cancha cerrada, como reprimenda para los vándalos. Hinchas aburridos, bostezos, preguntas.

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Era como si la denominada final del mundo no quisiera llegar nunca. Primeros fueron las debatidas reprogramaciones de los dos partidos, un mes atrás, cuando se conoció que, de jugarse cuando decía el calendario, se cruzarían con el G20. Hace dos semanas, una tormenta obligó a postergar un día el primer duelo en la Bombonera. Y, ahora, los hinchas violentos.

Lo que vino después fue un espectáculo bochornoso. Directivos de los clubes, de la Conmebol y el mismo Infantino, jerarca del fútbol mundial, negociaron durante horas. Los jugadores de Boca, encabezados por sus líderes Tévez y Gago, declararon que si salían a la cancha, lo harían obligados. Al final de la tarde, cuando se suponía que el partido ya debería haber terminado, se confirmó que se supendía. El miedo de todos, ahora, era coordinar la salida de los 60.000 hinchas que coparon el Monumental y que rompieron en chiflidos cuando la voz del estadio anunció la postergación. La denominada final del mundo no quiso ser. Y como en la historia de García Márquez, el rumor de que algo extraño pasaría se confirmó. Y no hubo ni un minuto de juego. La historia del fútbol sudamericano no se partió en dos este sábado, como esperaba el Colorado, pegado frente a su televisor en La Boca. En cambio, mostró más de su ya conocida y peor faceta.

A las 6 de la tarde, cuando ya debería haber un campeón de América, los aspersores del Monumental empezaron a regar la grama. A preparar el terreno para que, al día siguiente, tal vez suceda la que los argentinos insisten en llamar la final del mundo.