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| 2/2/2019 11:00:00 AM

La inteligencia artificial cambiará nuestras vidas

En la próxima década esta tecnología relevará el 60 por ciento del trabajo. ¿Qué tan preparados estamos? ¿Qué tanto sabemos de su evolución? Por Santiago Covelli

efectos futuros de la inteligencia artificial en nuestra vida Foto: Archivo. Foto: ISTOCK

La Inteligencia artificial (IA) se ha convertido en el paradigma de la década, que nos hace pensar si somos viables como fuerza laboral para el futuro. A cualquiera le preocupa leer que, en 2018, un computador con inteligencia artificial venció en minutos a un grupo de abogados, en el reto de encontrar 30 errores de un contrato. Hizo el trabajo de 20 abogados en 26 minutos con precisión del 92 por ciento, contra 85 por ciento y una hora y media que gastó el equipo de juristas.

Esta vertiginosa evolución de la tecnología nos enfrenta a un mundo que sorprende y aterra, teniendo en cuenta que hoy más del 60 por ciento de las actividades son mecánicas, sistemáticas y repetitivas, por ende, sustituibles por una máquina.

La IA ha venido evolucionando desde 1947 cuando Alan Turing, con la máquina Enigma, desencriptó los códigos secretos alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Hoy se puede ver cuando Netflix, Spotify o Instagram sugieren contenidos, Google predice nuestras búsquedas o los asistentes de voz hacen nuestras llamadas. Y más allá, cuando comenzamos a ver noticias sobre vehículos de conducción autónoma o el caso de un computador que es capaz de predecir el alzhéimer seis años antes con un porcentaje de acierto superior a 90 por ciento.

Podcast: ¿Cómo aprenden los computadores? y que debemos saber para entenderlos

¿Qué va a ocurrir cuando estas tecnologías comiencen a impactar de forma acelerada y exponencial las labores que realizamos en el día a día, en especial en el trabajo? Sobre este escenario, consultores, futuristas y académicos han planteado posibilidades que parten de establecer que, si bien la IA va a sustituir gran parte de las tareas humanas, surgirán nuevos trabajos y mejores oportunidades.

Según el Centro para el Futuro del Trabajo de Cognizant, en la próxima década habrá ocupaciones como ingeniero de basura de datos, oficial de riesgo de máquinas, defensor de identidad virtual, diseñador de interfaces de voz, pronosticador de calamidades cibernéticas, especialista en gestión de suscripciones, entre 21 otras. Esas prospecciones se basan en la tecnología disponible hoy, pero no tienen en cuenta la realidad evolutiva del trabajo como lo conocemos ahora. Eso puede generar una interpretación incorrecta del futuro, las habilidades o carreras que necesitamos, las tecnologías y su rol en nuestra vida.

Pero, sin duda, la IA podrá asistirnos en un sinnúmero de tareas operativas y nos liberará tiempo para actividades diferentes. Aunque no por eso pasaremos a operadores de carros voladores, desarrolladores de escenarios de e.Games o consultores de granjas verticales. Es indispensable transformar la narrativa sobre el futuro de las cosas y el rol de la tecnología, debemos aprender a hablar del impacto de las nuevas tecnologías y de procesos de desarrollo evolutivo en una forma no sensacionalista. Procesos que, sin duda, requieren aprender nuevas habilidades; (ya no estudiaremos carreras).

En las próximas dos décadas la sociedad se enfrentará a una transformación radical en la forma como vivimos, como trabajamos y como nos relacionamos. Sin embargo, para ser exitosos en esa evolución no podemos embarcarnos en un mundo de conversaciones sin sentido y sensacionalistas o limitarlas a la necesidad de desarrollar habilidades como la creatividad, la empatía, la colaboración, la adaptabilidad, como establece el reciente estudio de LinkedIn Learning. Es momento de desmitificar la tecnología. Si dejamos esa conversación en manos de los tecnólogos o especialistas, no tendremos opción de plantear la evolución de la sociedad y nos enfrentaremos a un mundo sin control, ni ética en el desarrollo de los computadores, que efectivamente volverán obsoleta a más del 75 por ciento de la población global en cuestión de una década.

¿Qué sabemos hoy?

La IA es una realidad y será uno de los principales ejes disruptivos de la cuarta revolución industrial. Tres factores estratégicos harán la diferencia. El primero, simplificará las actividades diarias del hogar, por ejemplo. Según Samsung, gastamos semanalmente más de seis horas en microtareas solo de la casa, que reemplazarán modelos de microdata en los que la IA se adaptará a las necesidades del hogar. La nevera o la lavadora establecerán patrones de comportamiento específicos para cada consumidor.

El segundo factor será la inteligencia asistida, una plataforma como Jarvis (Ironman) para cada uno. Esa herramienta potenciará las capacidades humanas a niveles nunca vistos y nos asistirá de una forma determinante en nuestro trabajo, al revolucionar el desarrollo de las microhabilidades o el procesamiento masivo de información. Por ejemplo, nos permitirá análizar el consumo de los hogares en tiempo real para determinar flujos de producción y distribución masivas. Esta situación plantea retos como la flexibilidad de producción, los cambios abruptos en la distribución o los modelos de comunicación y comercialización, variables determinantes en el futuro del trabajo.

La IA podrá asistir a los médicos para generar análisis y diagnósticos mucho más precisos.

Esa realidad llegará acompañada de cambios en nuestra vida, como en los soportes médicos, por ejemplo. En caso de problemas de salud nuestro Jarvis personal podrá recoger datos en tiempo real y enviarlos a un algoritmo manejado por el médico para mejorar la capacidad de diagnóstico e incluso para suministrarnos medicamentos sin que estemos presentes.

Los médicos del futuro ya no tendrán que pasar años aprendiendo de memoria millones de datos, sino entender cómo la IA podrá asistirlos para generar análisis y diagnósticos mucho más precisos. Incluso, una rama de la ciencia se encargará de desarrollar modelos de interacción entre las personas y sus asistentes personales. Probablemente, los doctores tandrán un centro de operación y monitoreo en el que analizarán en tiempo real a sus pacientes y los asistirán remotamente. Los médicos brindarán un soporte clínico y psicológico al manejo de las enfermedades, pero quizás ya no habrá que ir tan a menudo a visitar el consultorio.

El tercer factor estará asociado a las actividades en las que la IA podrá realizar tareas mucho mejor que los seres humanos, como en el caso de los abogados. Simplemente, no hay cómo detener este proceso. Entonces tendremos que establecer las reglas éticas que regirán las capacidades de las máquinas y su alcance, conversación que los Gobiernos y las empresas hoy no contemplan. Eso está dejando a las compañías de tecnología avanzar sin un marco ético o unas líneas de desarrollo. Cuando nos reemplacen, seguramente ya será muy tarde para comenzar a hablar.

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Vienen décadas muy retadoras que sin duda generarán altos niveles de angustia en quienes hoy no conocen las nuevas tecnologías. Sin embargo, estamos en un punto de inflexión en el que toda la sociedad debe conversar sobre el tema en su día a día para poder determinar la evolución del trabajo y las habilidades que necesitaremos para los próximos cinco años. Debemos comenzar a pensar en el corto plazo y en nuestra capacidad de desarrollo evolutivo, para reinventarnos cada cinco años. Si nos quedamos en la conversación de los 10 o 20 próximos años, es muy probable que cuando llegue la hora no tengamos el tiempo ni la capacidad de prepararnos y nuestro futuro quedará comprometido.

En las decisiones que los actores tomen en el próximo lustro quedará claro qué tan competente u obsoleta será la fuerza laboral del futuro. Sin duda, la IA solo ayudará a quienes comprendan cómo hacerla parte de su vida, pero no a quienes simplemente dejen que los reemplace.

EDICIÓN 1996

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