I TOOK MANHATTAN

Después de toda una vida de visas negadas Antonio Caballero finalmente conoció Estados Unidos. Estas sonsus impresiones sobre el Imperio (y las fotos que le tomó su hija Isabel)

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6 de abril de 1997 a las 7:00 p. m.

...Y por fin, visa en mano, con una bufanda y un abrigo prestados, pude salir desde Boyacá rumbo al Imperio. Nunca en la vida había tenido visa. Era un paria social. La había conseguido al fin, con mucho esfuerzo pero condicional: podían, si querían, rechazarme ala entrada, o hacerme devorar por perros policías, como les sucedía a veces a los inmigrantes miserables de principios de siglo considerados 'malos' por las autoridades del puerto de Nueva York: anarquistas capaces de asesinar al presidente o de poner una bomba en Wall Street contra el capitalismo. ¿Sería yo de los malos? Agarrada a mi mano, mi hija también temblaba: ¿Nos separarían para siempre, como a las familias de esclavos en La cabaña del tío Tom? Aspirábamos ambos a triunfar en América, Tierra de Promisión: a subir al Empire State Building, a ver 'Cats', a comer hamburguesas, a hacernos ricos en el 'país de las oportunidades' y terminar de secretarios de Estado de Estados Unidos, como Kissinger: ese otro pobre inmigrante que desembarcó allá hace 50 años sin más fortuna que su visa bien apretada en la mano sudorosa. ¿Llevas tu visa, papá?, preguntaba mi hija cada cinco minutos. Yo verificaba, y sí. ¿Llevas tú la tuya? Sí. ¿Tú crees que nos desnudarán en la aduana? Espero que no. ¿Podemos ir a la tienda de Disney en la Quinta Avenida? Ya veremos. Tú hazte la boba.Nos hicimos los bobos, y nos dejaron pasar. Ya estábamos ahí. ¿Podemos subir a la corona de la Estatua de la Libertad, papá? Claro que podemos: esta es la tierra de la libertad, justamente: Washington, Lincoln...
Después te explico. Y en un ferry tripulado por marineros barbados como balleneros del Artico surcamos la intrincada bahía, dejando a popa las grúas borrosas del puerto, los altos rascacielos de Manhattan rasgando con sus copas la neblina, como en un sueño. Delante, la solemne mole verde de la Estatua. No de la Libertad, sino de la Prohibición: lo primero que advierten los guardianes es que no se puede fumar. Allí sólo van los oprimidos y perseguidos de la tierra que ansían respirar libremente ("yearning to breathe free", dice un poema que celebra el monumento), y eso, en los Estados Unidos de hoy, quiere decir respirar aire sin humo de tabaco. De gasolina sí, pero eso es otra cosa: "Lo que es bueno para la General Motors es bueno para Estados Unidos". De modo que trepamos sin fumar los 364 escalones que llevan al mirador de la corona, venciendo el vértigo, entre los gritos locos de las gaviotas detenidas en la fuerza del viento. Y de nuevo, desde arriba, la visión onírica del racimo de rascacielos como un alfiletero clavado en la bahía, la arquitectura de araña de los puentes que cuelgan sobre la palidez del agua, las grandes chimeneas que vomitan torres de humo blanco, tan altas en el cielo como estratocúmulos. Nueva York. Mira, papá: Nueva York. ¿Cuál es el Empire State. ¿Podemos subir? Quién sabe. Esta gente es muy rara, Isabel. Prohíben todo. Volvimos a tierra firme en medio de las hordas de turistas asiáticos que con risitas púdicas se toman fotos tocados con reproducciones de la corona de pinchos de la estatua en cauchoespuma verde. ¿Me compras una, papá? ¿Te tomo una foto? Y con la corona calada hasta el entrecejo bajamos del ferry para hundirnos en las cavernas de baldosines blancos del metro subterráneo. Después de 100 vueltas y 10 cambios de línea (pero papá, ¿es que tú no conoces Nueva York?) entre la muchedumbre de pasajeros silentes, dormidos, o comiendo, o leyendo el periódico, negros o blancos, cetrinos o amarillos, cambiantes según el barrio cuyas entrañas perfora el zumbido de los vagones de plata, llegamos mi hija y yo a nuestro destino natural de colombianos en Nueva York: Queens.
En Queens, cruzado el East River, hay nada menos que 600.000 colombianos, entre legales e ilegales: el quíntuple de los que puede haber, digamos, en Duitama. Y el inmigrante boyacense, que por carecer de visa no había esperado conocer en su vida nada más imponente que, digamos, Duitama, o a lo sumo ese barrio de boyacenses de Bogotá que llaman Duitamita, se encuentra de repente transportado a una inmensa ciudad que es como... como Duitama, digamos; o a lo sumo como Bogotá. Bombas de gasolina, talleres de repuestos, reventa de llantas y de carros usados: se habla español. Más aún: sólo se habla español. Y más allá, bajo el estruendo de hierros machacados del metro elevado de Roosevelt Avenue, fachadas de ladrillo que fingen una Duitama de cartón, acribilladas de letreros: Mejía Real State, Restrepo's Tamales Take Away, López Peluquería Hairdresser, Samper Presidente, Postobón, calzado fino colombiano, sancocho de gallina today, el Indio Amazónico: conozca aquí su suerte. En los postes de hierro anuncian clubes nocturnos donde cantan Alci Acosta (¿no estaba retirado?) y Mario Gareña (¿no había muerto?). Llamadas a Colombia, superespecial, 47 centavos el minuto. Salida de encomiendas. Y docenas de restaurantes típicos: Colombia, Casa de Colombia, Rincón Colombiano, Gran Colombia, La Pequeña Colombia, Mi Colombia, Carne sudada, fríjoles con pezuña, empanadas de pipián. Bueno. Se instala uno en Queens, en Jackson Heights, si puede, en medio del sabor y el olor de la patria, no lejos del 'Chibcha Club' donde en noches señaladas se presentan artistas que han salido en portada de la revista Elenco. Y consigue un trabajo ilegal de taxista en un Cadillac abollado de cambios automáticos: en Duitama no hay ni uno. Un cliente con una niña para el taxi -y uno frena y los recoge: esto no es Bogotá, aunque lo parezca- para ir por un ancho expressway atiborrado de camiones tremendos que allá en la tierra se llamarían dobletroques y aquí tal vez se llaman doubletrucks, a 100 por hora rumbo al puente de Brooklyn. Se atraviesan barriadas informes, cementerios luteranos de muchas cruces blancas que parecen dibujadas con tiza en el aire pesado, surcado por los vientres blancuzcos de los aviones que descienden como grandes ballenas hacia el aeropuerto de La Guardia. Lo van guiando a uno por radioteléfono: ¿me copia, me copia? Busco Water Street. A la derecha cuando llegue a Gold, hermano; cambio. Hasta que el taxi, si es que es un taxi de verdad _no es amarillo, ni lleva en el vidrio de separación (que no tiene) el nombre del chofer paquistaní o camboyano ni el letrero que prohíbe fumar, y carece de taxímetro_, llega al fin a la base del majestuoso puente hecho de piedra bruta y sutiles telarañas de acero. Estrechas calles desiertas, vastos y abandonados depósitos vacíos de muros de ladrillo rojo oscuro que tienen la belleza escueta de la necesidad, de antes de que los arquitectos racionalistas la convirtieran en virtud: es un barrio en destrucción, en recuperación, en reconstrucción; en Nueva York todo está siempre deshaciéndose y volviéndose a hacer, como la tela de Penélope. El pasajero se queda con su niña en un café arrancado de Niza o de San Remo, sobre un pontón amarrado a la orilla metálica del río, a la sombra del puente gigantesco. Afirma la sabiduría popular que cuando lo cruce una virgen se hundirá de un solo golpe, alzando una catarata de espuma. ¿Podemos cruzar el puente, papá? Ni se te ocurra. Desde el café del río se ve otra vez enfrente el haz rutilante de los rascacielos, luminoso en la bruma, al otro lado de la plancha aceitosa del East River surcada por una perezosa y larguísima barcaza. Atracados en el muelle distante se distinguen altos barcos de muchos palos del tiempo en que había barcos, y unas burbujas de nieve posracionalistas en cuyo tórrido vientre juegan squash y tenis, según parece, los corredores de cambio y bolsa. Altas torres apretadas, picudas y afiladas, borrosamente verdes, borrosamente blancas, borrosamente acero. Ahí está Nueva York, o, más exactamente, Manhattan: soberbia y sensual como Venecia sobre su laguna retratada por Guardi en las colecciones del Metropolitan Museum. Manhattan es una larga lengua plana de roca y de acero, de hormigón y de vidrio que los Estados Unidos sacan desde las fauces del Hudson como lanzan los sapos su larga lengua súbita para atrapar una libélula posada sobre el agua: la Estatua de la Libertad, que con su antorcha eléctrica ilumina el mundo. Ese muro de luz que se refleja vagamente en el metal del río es Wall Street, la Calle del Muro: un muro de dinero contra los salvajes. En él empieza Nueva York, que se alarga, plana y cuadriculada de calles y avenidas hondas como desfiladeros, hasta el ladrillo sórdido de Harlem y el verde campus peinado y sembrado de esculturas de Columbia University, seis millas más arriba. Porque aunque la ciudad entera ocupa todo un rompecabezas de islas y de penínsulas en las bocas del Hudson, y salta al otro lado para morder las tierras de Nueva Jersey con inacabables suburbios, y ha forrado de cemento y de asfalto el Bronx, y Queens, y Brooklyn, e "incluso Staten Island", como cantaba Cole Porter cuando estaba borracho, la verdadera Nueva York está en esa lengua de piedra de Manhattan, donde está todo.
Cuando digo aquí "todo" quiero decir todo. La riqueza más insolente de la historia, la más dura miseria, las delicias, la corrupción, el lujo, la basura apilada en grandes bolsas negras, los anuncios luminosos de los 100 teatros de Broadway y de off-Broadway, las escaleras de mármol del Hotel Plaza sembradas de maletas de cuero, los largos Lincoln Continental en cuyo fondo un señor lee en el atasco el Wall Street Journal, los negros majestuosos del Harlem Harlem Harlem que cantó García Lorca, los bancos que suben hasta el cielo, las lavanderías chinas, las fruterías camboyanas abrumadas de flores, las peleas de boxeo por el título mundial de los pesos pesados. El Hotel Plaza a las 5 de la tarde, con sus viejas señoras rutilantes de joyas sorbiendo té con pastelitos al ritmo cabeceante de los valses de Strauss. (No se puede fumar). Y las galerías de arte conceptual agrupadas en el SoHo de a seis por edificio, y las miríadas de taxis amarillos, y los museos soberbios con las placas de bronce de sus benefactores, y la mole sin gracia de la ONU, translúcida como un témpano de hielo.Y mucho más. Los cafés a la francesa, las pizzerías con bombillitos de colores a la napolitana, los cabarets oscuros de strip tease en los que uno desliza billetes de 10 dólares en la ingle sudorosa de una mujer desnuda, los 1.000 kilómetros de rieles subterráneos, la inmensa Biblioteca Pública con sus 50 millones de volúmenes, los bares homosexuales del Greenwich Village, los cines, las hamburgueserías, el Lincoln Center en donde se presentan espectáculos de derviches giratorios de Anatolia o de gaiteros escoceses, las esquinas olorosas a la grasa dulzona de los perros calientes, el largo paralelepípedo de Central Park sembrado de niños, de pingüinos tan torpes como niños de bufanda y abrigo, de gente que trota al borde del agotamiento, soplando vaho en el aire transparente, las grandes tiendas de lujo, los sex-shops donde venden cadenas, los restaurantes de moda y los pasados de moda, el Empire State Building, el Rockefeller Center con su pista de patinaje en hielo, 1.000 iglesias, casi todas neogóticas, 500 sinagogas, 100 mezquitas. En las tiendas, rebajas: todo está '50% off'. Más allá, sólo las lejanías.Un celebérrimo dibujo de Saul Steinberg, que hace 30 años fue portada de la revista New Yorker y debería serlo siempre, retrata el universo: los altos rascacielos en primer plano, el río, Nueva Jersey más allá, las grandes llanuras, el lejano Oeste, el océano Pacífico más estrecho que el Hudson, y las tierras remotas, apenas emergidas y casi imperceptibles de la China perdidas en la lontananza. El mundo es sólo eso. Y entre las dos pinzas del río está La Ciudad.
Pasado el río, Wall Street. De las tapas de las alcantarillas brotan chorros de humo blanco, como si abajo estuvieran eligiendo un Papa (puede ser). Las columnas corintias de la Bolsa donde se juega el mundo, como traídas de algún templo de la Magna Grecia, los altos bancos (el Morgan de los Morgan, el Chase de los Rockefeller), el nuevo (aunque al cabo de 20 años nada es nuevo) World Trade Center con sus torres gemelas forradas de un guante de aluminio por un arquitecto japonés, el templo (más bien dórico éste) del Federal Hall, el palazzo florentino, el Federal Reserve. Nueva York está plagada de vastos edificios filo-helénicos, seudorrenacentistas, neogóticos, posbizantinos, ultrababilónicos, hiperrománicos, de castillos franceses del Loira y réplicas ojivales de la catedral de Colonia (tuvo una vez una Giralda de Sevilla, idéntica a la auténtica, pero ya no); y las flechas de piedra de las torres y de los campanarios son más bajitas que las casas circundantes. Al pie de los acantilados de concreto, tiritando en el viento glacial que acuchilla la calle, se ven brokers en mangas de camisa, fumando a escondidas.
Sube uno Broadway arriba con la niña de la mano hacia Tribeca y SoHo, donde hay artistas y bohemios disfrazados de artistas y bohemios y un establo urbano oloroso a heno y orines con los caballos gigantes de la policía montada. Edificios a escala humana, de ladrillo quemado, cargados de escaleras de incendios como los de las películas. Porque todo el mundo conoce de sobra a Nueva York, por las películas de gángsters con Edward G. Robinson y las de muelles con Marlon Brando y las de fruterías y parques y restaurantes chic de Woody Allen. Murales y grafitos de colores en las paredes de ladrillo pintados por artistas que quieren ser famosos si los descubre un galerista, como a Keith Haring, que era quizás el peor. Tiendas que anuncian lámparas liberty y joyas art-déco en amplias banderolas, como se anuncian las exposiciones en el Palacio de los Papas de Avignon, vastas y atiborradas tiendas de ropa fina de segunda mano, blusas de organdí, cintas de seda, pantalones de falso leopardo, antigüedades, pájaros disecados, relojes de pared (50% off). Carísimas galerías de arte visitadas por largas rubias pálidas de pesado abrigo negro, por judías ucranianas se sombrerote alón, por jóvenes tímidos de gafitas redondas, por pintores barbados de chaquetón marinero, por un japonés con calculadora de bolsillo. Restaurantes de 'nuevo latino cuisine', edificios chamuscados por un reciente incendio con las ventanas selladas con tablones, hippies envejecidos que siguen en la brecha, una espléndida negra reluciente que atraviesa la calle con tranco de pantera mientras hincha y revienta grandes globos de chicle bajo su gran peluca de color azafrán. Restaurantes de manteles de cuadros, espejos turbios y pizarras con el plato del día anunciado con tiza: mexican beans, chile con carne, vinos tintos de Oregon, de California, de Burdeos. El Minueto en La mayor de Boccherini se escucha saltarín en el trasfondo, y en las cuatro esquinas de la sala cuatro televisores esperan ya encendidos pero todavía silenciosos las cuatro horas que faltan para que comience el SuperBowl.
No se puede fumar.
En un bar dominicano de ron y de café, donde el café, por alguna asombrosa propiedad atmosférica que tiene Nueva York, se sirve más caliente que la temperatura de fusión del plomo, venden tabaco. Pero no dejan fumar. "I only smoke abroad", explica una neoyorquina: sólo en el extranjero (lo cual puede querer decir que fuma cuando pasa a Long Island). Y uno sale a fumar un cigarrillo en la calle barrida por el viento, castañeteando los dientes.
Es difícil fumar en Nueva York, incluso a la intemperie: siempre pasa por ahí una señora con perrito manoteando en el aire para espantar el humo y avergonzar al fumador. No se puede fumar en los taxis, ni en las casas _una niña de 13 años protesta: "Mamá, ¿por qué lo dejas fumar aquí? Vamos a tener que dejar abiertas las ventanas todo el invierno"_, ni en el metro, ni en los puentes, ni en los hoteles, ni en las tiendas: en Saks, en la Quinta Avenida, los cielos rasos están acribillados de millares de cabecitas de extintores que, si uno se atreviera a prender un cigarrillo, convertirían los 20 pisos de la gran tienda de lujo en una maravilla de chorros de agua a presión y chisporroteos eléctricos, y a lo mejor en un fastuoso incendio. No se puede fumar en una hamburguesería de la 51 y Madison que parece pintada por Hopper, donde hombres solos y mujeres solas tragan en silencio su hamburguesa con Coca-Cola mientras leen el periódico de tres kilos de peso. No se puede fumar tampoco en los bares, ni en las escalinatas de los museos, ni en las pistas de patinaje en hielo al aire libre, ni en las cafeterías. En Times Square, en el circo de anuncios luminosos de cines y de teatros de donde las ñoñerías del más reciente Walt Disney han expulsado al porno duro, si uno ruega e insiste puede ser que los desdeñosos camareros lo hagan pasar a un cuchitril sin aire ni ventanas en el fondo de alguna heladería: un puffing lounge para aspirar a solas unas cuantas bocanadas de humo de preso en patio de prisión. No se fuma en los cines. No se fuma en los parques. No se fuma en los restaurantes. Ni siquiera en los chinos de Chinatown, donde hasta los letreros que prohíben fumar están escritos en chino (aunque en la carta el pato lacado a la moda de Pekín se llama todavía "de Pekín", y no, como en los periódicos, de Beijing). Ni en los italianos de Little Italy, donde devoran platos humeantes de vermicelli all'aglio e olio los tíos de Robert de Niro en camisetas de punto que dejan ver las axilas peludas. Ni en el muy chic restaurante posmoderno que abrieron las modelos de moda, la Schiffer, la Campbell, la McPherson: no se puede fumar ni siquiera para cobrar aliento después de haber visto fugazmente con el rabo del ojo pasar el largo arco de ébano que es el cuerpo de Naomi. No se fuma ni aun bajo los techos amarillos de humo de tabaco de la más vieja de las tabernas de Nueva York, la Fraunces, entre banderas desgarradas de la Revolución Americana y monstruosos bisontes disecados muertos por Buffalo Bill, donde dicen que se pasea de noche el fantasma de George Washington, próspero plantador de tabaco de Virginia.Porque los norteamericanos están negando su pasado y su cultura con esa prohibición del tabaco, tan paranoica como lo fue su propia invención del hábito de fumar. Lo que durante siglos fue simplemente un placer, o en el peor de los casos una necesidad, lo convirtieron las agencias publicitarias de Madison Avenue y los estudios de cine de Hollywood en una obligación histriónica, a través de las películas de Humphrey Bogart y los anuncios del Marlboro Country: nunca nadie había fumado mientras besaba mujeres antes de ver a Bogart, ni mientras domaba caballos antes de ver anuncios de Marlboro. Ahora los mismos que lo inventaron lo prohíben. Y con eso destruyen la mitad de su cine, toda la novelística del sur _Mark Twain, Steinbeck, Caldwell, Kennedy Toole, la pipa de William Faulkner_, la pintura de humo encerrado en bares de estación de Edward Hopper, las jam sessions de jazz envueltas en humo azul, el legendario anuncio de Times Square en el que un fumador de Camel hacía diariamente mil coronitas de humo, las pipas de la paz que se fumaron con los indios, y luego fueron traicionadas, las largas boquillas de carey que usaban Cruella de Vil y Franklin Delano Roosevelt. El tabaco es América. Que Estados Unidos prohíba el tabaco es como si Europa, por razones de higiene, prohibiera el vino, desde el de mesa hasta el de consagrar. (Con la droga y la contracultura de la droga sucede lo mismo. Pero esa es otra historia.)
Pero en fin: todavía quedan algunos reductos de libertad en Nueva York. Se puede fumar en algunas mesas del Oyster Bar del Grand Central Terminal, comiendo ostras frescas de Martha's Vineyard y langosta de Maine mientras el suelo tiembla al paso subterráneo de los trenes. O en la barra de madera pulida de un restaurante encerrado en un galpón junto al Hudson, con música barroca al fondo (Vivaldi esta vez): pero sólo en la barra, y cuando uno se levanta a fumar entre dos platos en las mesas vecinas se suspenden un instante las conversaciones. O en el segundo piso de Le Colonial, bajo los perezosos ventiladores de techo de madera de sándalo, comiendo gambas en miel de caña con palillos de bambú. O en un bistró francés de Uptown, en la 58, repleto de bellas mujeres vestidas de negro, lleno de humo y con vaho en los vidrios, donde los camareros en mangas de camisa tratan con rudeza a los clientes, que para eso pagan mucho. Dicen que en Nueva York hay 17.000 restaurantes. Pero los restaurantes en que dejan fumar se cuentan con los dedos de la mano.¿Podemos ir a patinar en hielo, papá? No. Es tarde. Mañana. Y se va uno finalmente a dormir en el apartamento de un primo. Todos los colombianos tenemos por lo menos un primo en Nueva York. Y no sólo los colombianos: también los coreanos, los griegos, los italianos, los haitianos, los judíos ucranianos, los chinos, incluso los ingleses. Hablan mucho del "melting pot", el gran crisol de razas. Pero no es cierto: cada cual va por su lado. En Chinatown no hay más que chinos, y los blancos que se ven están sólo en los restaurantes, donde camareros chinos sirven la comida china preparada por cocineros chinos con productos traídos de la China. En Queens sólo hay colombianos. En Harlem sólo negros. En muchas grandes casas de apartamentos de la Quinta Avenida sólo se admiten Wasps (blancos anglosajones protestantes), excepto, claro está, para las tareas del servicio: porteros jamaiquinos, limpiadoras dominicanas. Es verdad que en las calles se ve gente de todos los colores, pero no se mezclan los camboyanos con los polacos, ni los brasileños con los irlandeses: se pueden ver blancos y negros, pero rara vez mulatos. Por eso Nueva York no pertenece a nadie _como sí pertenece, por ejemplo, París a los franceses, y en París hay que estar sin cesar pidiéndoles permiso y perdón a los franceses por no serlo: a la portera, al camarero, a la señora de los baños-. Y como no pertenece a nadie -salvo tal vez, a los negros-, cada cual tiene su propio Nueva York, que considera el único verdadero. Con lo cual, cuando uno lo visita y vuelve, todo el mundo le reprocha el no haber conocido el verdadero Nueva York. (Un paréntesis: ¿es Nueva York femenina. o es Nueva York masculino? Roma es femenina. Londres es masculino ¿Nueva York?).-¿No fue al restaurantico hindú que le recomendé en la calle 57? ¿No vio una misa gospel de negros anabaptistas en Harlem? ¿No estuvo en un antro que hay en la 43, detrás de Times Square, donde uno echa una moneda y se levanta una cortina y está una mujer tirando con un perro? Apuesto a que ni siquiera subió a la Torre Eiffel. ¿No fue a ver 'Cats'? La han visto un millón de espectadores. ¿Subió al Empire State?Sí: subí al Empire State, y la verdad es que, psché... Muy alto, sí, y por debajo del piso 102 pasan las luces rojas y verdes de los helicópteros; pero no se ven los cazas de una hélice y doble ala que ametrallaban a King Kong. En la velocidad del ascensor se pierde el respiro, y un grupo de provincianos de los Catskills con gorritas rojas suelta una risotada cuando oye una grabación que saluda a los turistas en francés, en árabe y en japonés. Y bueno, sí: hay edificios más altos, pero subir al Empire State es un deber turístico. El sol poniente, que riela de dibujos las aguas del East River. En las calles verticales, los automóviles curiosamente lentos, como desde un avión. El horizonte incendiado, rojo brasa, más amarillo arriba, luego verde, luego todavía azul y salpicado de nubecillas rosa pálido. En el río, como de estaño fundido, lentas barcazas, diminutas, y en torno el desorden vertical de la ciudad: los rascacielos apiñados como dedos de la mano, claros, oscuros, de un blanco mate de cajas de cartón, estriados como columnas o cuadriculados de miles de ventanas encendidas. A lo lejos, arriba, entre las dos tenazas de cangrejo del río que cercan la isla de Manhattan, el lago de Central Park. Y hacia abajo las altas torres gemelas y el islote minúsculo de la Estatua de la Libertad, con su antorchita.

Desde el nivel de la calle la visión es distinta. En las esquinas, donde se abren las calles perpendiculares como altísimas cavernas, el puñal del viento. Viejecitas rizadas de naranja que se ayudan las unas a las otras, como escarabajos, a bajarse de un taxi (el promedio de edad de las viejecitas neoyorquinas es de 93 años: todas llevan diamantes). Pescaderías coreanas con medusas y anguilas. McDonald's que huelen a McDonald's. El cielo amarillo entre los edificios. Basuras sin recoger en bolsas negras de plástico. Un indigente con sida en una caja de cartón, llorando. Limusinas de 20 metros de largo, negras como catafalcos, y a veces blancas. De todos los edificios cuelgan grandes banderas de barras y de estrellas, como en un cuadro impresionista del 14 de julio en París. Taxis amarillos, oscuros, camiones chatos y blindados que transportan billetes, un gordo en bicicleta. Los gordos son muy gordos en Nueva York, y los altos son altísimos, sobre todo cuando además son negros. Tiendas de licores. En las esquinas, puestos de salchichas humeantes. La mazorca iluminada de la cúpula del edificio Chrysler. Camiones de empresas que fabrican ojos de vidrio o maquinaria para el control de inundaciones. Una sinagoga con amplio toldo en la puerta, como un hotel de lujo: sólo falta el rabino en uniforme galoneado. En el piso 30 de un edificio, un balcón renacentista de filigrana de mármol de Siena. Palacios venecianos sobre el Gran Canal. La catedral de Saint Patrick, que se distingue de la de Colonia en que está llena de curas irlandeses que tienen un hermano policía. Rascacielos de bronce o de ladrillo, de mármol o de piedra rosada, o forrados de vidrio, o de acero, o de un cobre verde agua cambiante, y rematados por cúpulas, por antenas, por agujas, por altos tejados de pizarra, por gárgolas de piedra. Un Castello Sforcesco igual a los de los Sforza en Milán: debe de ser de alguno de los Sforzas de aquí, de un Astor o de un Carnegie. Calles londinenses con fachada eduardiana y reja negra. Altas casas holandesas. Castillos medioevales de Escocia en el pináculo de un edificio, como en la cima de una roca.Y millones de transeúntes que andan a gran velocidad, hablando solos, y siempre cargados de paquetes. Jóvenes en patines de ruedas en línea, viejas de sombrero de fieltro con una pluma de aigret (en el Museo de Historia Natural pueden verse los aigrets embalsamados, sin sus plumas), rubias lánguidas de morral a la espalda. Una negra rubia, de bronce pulimentado como la Negra Rubia de Brancusi en el Museo de Arte Moderno. Un ejecutivo con cartera negra y walkman. Un negro con un gorrito. Un negro con una gorrita de visera. Un negro con una capucha. Un negro con un gorrito de lana sobre un gorrito negro parecido a un caftán y encima un capuchón. Fruterías. Panaderías, con panes de mil formas. Droguerías llenas de frascos de multivitaminas. Grandes tiendas fastuosas con un mendigo en la puerta. Museos con un mendigo en la puerta: el bloque ciego del Whitney, la concha helicoidal del Guggenheim que Frank Lloyd Wright le robó a algún molusco de los mares del Sur, las puertas acristaladas del MOMA con gente haciendo cola para entrar a ver las Señoritas de Avignon de Picasso, un Ferrari rojo, una silla de la Bauhaus, una cafetera escandinava, un enredo de entrañas electrónicas de computador, 20 naturalezas muertas de Braque, una exposición temporal con los mediocres cuadros que hacía de Kooning cuando cambió el alcohol por el Alzheimer. No está -pues anda de gira- la Lección de piano de Matisse. ¿Y para esto vino uno a Nueva York?
Los museos: son demasiados, y tienen demasiadas cosas. Va uno al Guggenheim (hay dos), y le arrojan a la cara 175 Kandinskis. Pretende uno ver en el Metropolitan el Juan de Pareja de Velázquez, y no consigue pasar de las salas que exhiben las felicidades de piedra pulida de las Cícladas: inagotable Metropolitan, con sus estatuas monumentales de la decimooctava Dinastía y sus retratos de George Washington y sus máscaras funerarias de oro del Perú, sus Tizianos, sus Goyas, sus Rembrandts, sus Cézannes, sus cinco Vermeers, y que por añadidura se da el lujo de organizar una exposición de Tiepolo repleta de triunfos venecianos. Y el Whitney. Y la colección Frick. Y otra vez el MOMA. Y nuevamente el Metropolitan, que ya llamamos familiarmente el Met, y aún falta mucho. Y los esqueletos de dinosaurios del gigantesco Museo de Historia Natural, como un vasto depósito de taxidermista que alberga las hecatombes de animales salvajes legadas por los "grandes cazadores blancos" de que hablaba Hemingway. El más depredador de todos ellos está ahí, en bronce, el propio Nemrod que, según Darío, donde ponía el ojo ponía la bala: Teodoro Roosevelt a caballo, igual a Cosme de Medici esculpido por Giambologna, con dos revólveres cargados al cinto. Lo flanquean, a pie, un negro y un indio semidesnudos (aunque no van encadenados). Tras la tercera visita al Metropolitan sale uno a descansar a la amplitud verdegris de Central Park, entre las ardillas que saltan en las ramas desnudas del invierno. El aire es frío, pero no sopla el viento. Mamás con niños, papás con niños, niños solos que patinan con rodilleras y casco de cuero de boxeadores en entrenamiento, gente que lleva en traílla grandes perros de labor o de presa, que en Nueva York son perros de apartamento, siguiéndolos con una palita para recoger la caca. Gente con uniforme de hacer jogging haciendo jogging, que es un ejercicio visiblemente malsano: hay que ver esas caras coloradas, ese aliento entrecortado, ese puf, puf. En el Zoo, osos polares que se aburren y leones marinos que dormitan tumbados en la roca, como viejos perros viejos. Bailarines de todas las edades que bailan en patines extrañas danzas balinesas. Coches blancos tirados por caballos blancos. Estatuas de bronce de benefactores decimonónicos entre las grandes rocas grises de pedernal que afloran bajo la alfombra de hojas secas, tan aburridos sobre sus pedestales como los osos polares. Un monumental gordo en patineta, con parka azul eléctrico, mallas ajustadas de ballet y gorrito de pompón. Vendedores de crack, de cocaína, de marihuana, de píldoras de éxtasis. Una mamá joven que empuja a sus dos gemelos en un columpio, como si quisiera desnucarlos. Desde muy lejos llega el apagado estrépito del tráfico. El cielo es azul pálido. Las agujas desnudas de los árboles chispean en el aire glacial. En el lago los cisnes blancos se reflejan en el agua gris, y parpan de frío los patos con la cabeza azul hundida entre los hombros. En torno a un obelisco rosado del faraón Tutmosis, traído desde Egipto por el comodoro Vanderbilt, dos ancianos dibujan en el aire los lentos movimientos de la gimnasia china. Pasa, al paso, una bella mujer entristecida. Cae la tarde en un resplandor de pálidos colores. Si no hubiera todo lo demás, la gente iría a Nueva York sólo por el esplendor de los atardeceres.Se alza un vientecillo que enardece de hielo las orejas, y uno cruza la calle para refugiarse en el bar cálido del Metropolitan Club. (Un paréntesis: la calefacción en invierno en Nueva York es siempre excesiva: a ver si hacen algo.)Del guardarropa donde se dejan al pasar la gabardina y la bufanda emana una fragancia cara de abrigos colgados. El hondo bar del club es como un útero materno, forrado en damasco rojo hasta las molduras de los techos, espejeante de espejos venec